
En un excepcional artículo de Claudia Peiró, publicado recientemente en este diario, el embajador Archibaldo Lanús desarrolla una concepción de nuestros valores y logros a lo largo de la historia, asentada en sus profundos conocimientos, evitando las limitaciones que imponen las visiones resentidas y superficiales. El embajador, cuya amistad me honra, supo transitar con grandeza la importancia de nuestros aportes a la historia diplomática del continente latinoamericano desde nuestro Premio Nóbel Carlos Saavedra Lamas hasta la brillante intervención del Canciller de Perón entre 1946 y 1949, Juan Atilio Bramuglia, en la crisis de Berlín de 1947. Gracias a su mediación, pudo resolverse la primera crisis mundial de la posguerra que hubiera podido derivar en un conflicto nuclear.
Por otro lado, el periodista Carlos Pagni entrevistó el lunes pasado al ex presidente uruguayo Julio María Sanguinetti, quien desde otra posición ideológica expresó la madurez del diálogo político como esencia de la democracia y la relevancia de su coincidencia con el ex presidente José Mujica, con quien escribió un libro que fue presentado en la Argentina.
Al embajador Lanús su trayectoria le permite desarrollar una mirada que supera ampliamente las diferencias ideológicas. Por su parte, Sanguinetti nos recuerda que Europa obtuvo entre finales del Siglo XX y comienzos del XXI el mayor nivel de integración social de la historia universal, aunque admite la dificultad de sostenerla en nuestros tiempos. En ambos pensadores, el conocimiento y la sabiduría son sin duda alguna los motores de su recuperación del humanismo, ese conjunto de valores que ubicó a Occidente en la vanguardia de la humanidad. Además, ambos reivindican a la política y al Estado, que de ese arte resulta, como centrales para la construcción de procesos productivos y distributivos indispensables en función de la incorporación de la totalidad de los habitantes.

Un sistema político requiere de la continuidad en el sostenimiento de sus decisiones fundamentales, por lo cual el error de suponer que la imposición de un rumbo determinado exija la eliminación del oponente es cuestionar la esencia de la democracia. En Chile, un gobierno conservador viene a sustituir a uno progresista, y nos llama la atención la convocatoria de sus representantes -Kast y Boric- al diálogo y la colaboración. La riqueza de ideas y la voluntad de trascender marcan la entidad del pensamiento y el accionar político en democracia.
En síntesis, los entrevistados señalan que este sistema solo puede llevarse adelante entre adversarios, siendo su consolidación imposible entre enemigos. No hay persecución ni espionaje que lo convaliden. Importa resaltar que en las entrevistas a Lanús y a Sanguinetti, la profundidad y solidez de los conceptos por ellos vertidos nos llevan a cuestionar la pequeñez y mediocridad de la vida cotidiana actual de nuestro país dado que la ausencia del Estado y la disolución del opositor resultan absolutamente impensables en su concepción de la Argentina como miembro significativo del continente latinoamericano. Asombra, entonces, la contundencia de su concepción que incluye el desalojo de la confrontación como requisito para la evolución de un pensamiento nacional, de un sentido de patria, sin caer jamás en las limitaciones del economicismo ni en la estridencia descalificatoria. De esta concepción se desprende que la auténtica ética surge de la voluntad de ir más lejos en los logros colectivos mientras la corrupción se impone cada vez que la codicia del capital concentrado intenta sustituirla.
En ambos casos, nos encontramos ante personalidades que enfatizan el valor del conocimiento, de la coherencia, de los valores patrióticos y democráticos, del respeto por los organismos internacionales, de la relevancia de la diplomacia para relacionarse en forma civilizada con el resto del mundo como virtudes clave de la política latinoamericana, valores que asombran por su ausencia en nuestro lamentable y preocupante presente.
Para quienes soñamos con una América Latina libre y digna, Brasil y México siguen expresando con altura y firmeza, a través de sus respectivos presidentes Luiz Inácio Lula da Silva y Claudia Sheinbaum -verdaderos estadistas- la rebeldía contra la imperialista doctrina Monroe y sus rastreros seguidores actuales de nuestro país y de la Región.
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