
Con la irrupción de la inteligencia artificial (IA), estamos ingresando en un nuevo paradigma de la humanidad, tal como sucedió con las revoluciones industriales. Ante el inminente cambio de era, hay quienes tienen una visión apocalíptica sobre las profesiones y las tareas que podrían ser reemplazadas; y también están quienes eligen una mirada más optimista, aquellos que ponen el foco en las nuevas puertas que se abren. El diseño no es ajeno a esto y la clave está en el ser humano.
Las IAs como una nueva revolución “virtual”
Una característica particular de esta revolución es que no se trata de objetos materiales, como la máquina a vapor o la rueda, sino que es inmaterial. En la vida cotidiana, encontramos innumerables ejemplos de productos que resuelven necesidades sin requerir elementos físicos. Alexa o Siri en nuestros hogares, otras infinitas en nuestros trabajos.
En diseño, el desafío es aprender nuevas herramientas, ampliar la caja de recursos, sumar habilidades. Pero no existen atajos ni recetas mágicas. Necesitamos hacer. En su serie AI: the beginning or the end of the designer?, el especialista Peter Smart plantea que “cuando las nuevas herramientas y la tecnología pueden extender nuestra fisiología humana, nuestras capacidades, es así como han dado origen a nuevas eras humanas”. Y es ahí donde nos transformamos.
El proceso creativo sigue siendo clave. Su valor está en la imaginación, en la imprevisibilidad y en los muchos momentos de prueba y error que ocurren antes de que algo vea la luz. Conceptualizar en etapas tempranas es una de las mayores virtudes del diseño: potencia la creatividad y nos permite visualizar posibilidades futuras.
El futuro del Diseño + IA
Smart define tres grandes roles de la IA para el trabajo de los diseñadores: como acelerador, como sintetizador y, sobre todo, como colaborador. La IA puede optimizar procesos, redefinir la forma en que diseñamos, innovamos o pensamos. Pero, aunque sea una herramienta poderosa, no puede reemplazarnos. Solo puede potenciar nuestras capacidades.
Porque diseñar no es solo resolver: es elegir, afinar, sentir cuando algo está bien o cuando no lo está. Es una conversación entre el ojo, la mente y el cuerpo. Y ahí está el límite que las inteligencias artificiales no pueden cruzar. Se dice que las IAs ya tienen “buen gusto”, un gusto suficientemente bueno. Pero las IAs no pueden tener gusto. Pueden simularlo, pero no sentirlo.
El gusto no es un algoritmo ni un patrón estadístico. El gusto se educa, se cultiva, se habita. Y para eso hace falta cuerpo: equivocarse, probar, fracasar, volver a intentar. Las inteligencias artificiales no viven en este mundo. No sienten la textura del error ni el temblor de una idea que todavía no se define. Solo pueden imitar lo que perciben de nosotros. Por eso, su gusto es una versión barata del gusto. Una ilusión convincente, pero vacía.
El gusto, funciona
Educar el gusto no es consultar modelos de IA: es habitar el problema, convivir con la duda, aprender del error. Y ese aprendizaje tiene una raíz humana que la simulación no puede copiar. La velocidad y la eficacia de la IA no nacen del gusto ni de la sensibilidad.
Lo valioso para quien diseña no es producir más rápido, sino discernir mejor. Tener gusto es saber decir “no sé”, cuando todo parece decir que sí. Y eso sigue siendo profundamente humano.
Quizás la mejor solución siga siendo la más humana.
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