Apenas entró en vigor la precaria tregua entre la secta islamonazi Hamas y la democracia israelí, el grupo terrorista inició el asesinato serial de civiles inocentes e indefensos palestinos. El mismo 13 de octubre, los videos y fotos son elocuentes: los encapuchados de Hamas obligaron a ponerse de rodillas a tres decenas de civiles indefensos palestinos y los asesinaron por medio del tiro por la espalda, acompañados por una multitud que vitoreaba y celebraba la masacre.
El vitoreo, en este caso, no es idéntico a la celebración. El vitoreo de la ejecución de un criminal de guerra podría representar alivio en ciertos grupos humanos. Pero la celebración, el hecho de considerar una suerte de picnic, de festival, de acontecimiento festivo, la ejecución de una persona -en este caso, de civiles indefensos e inocentes-, solo ocurre en sociedades muy degradadas, sin capacidad de diferenciación alguna entre la vida y la muerte, los derechos humanos o la profanación de estos.
Hay algo tan grave como las mismas ejecuciones y la celebración de la muchedumbre palestina de esta masacre contra otros palestinos: la presencia deliberada de niños. Cuando decimos la presencia deliberada de niños es que este 13 de octubre de 2025, Hamas y sus simpatizantes- que es la mayoría del electorado palestino de Gaza y Cisjordania-, llevó a sus niños, a sus hijos, a presenciar, también de modo festivo, cómo asesinaban a otros palestinos inocentes e indefensos.
¿Por qué los padres palestinos llevan a sus hijos a presenciar esa masacre? ¿Por qué Hamas dedica las primeras horas de autonomía y disposición del poder omnímodo en la Franja de Gaza para exponer a los niños palestinos a la masacre de otros palestinos? Es su razón de ser, es la motivación fundacional de esa secta islamonazi: manufacturar asesinos de masas.
Israel se había retirado completamente de Gaza en 2005. No hubo civiles ni soldados judíos en Gaza en los últimos 20 años. Hamas los llevó a la fuerza, tras violar a muchos de ellos, y luego para torturarlos y mostrarlos, a modo “docente”, a sus niños. Ya no tienen judíos vivos para mostrarles a los niños cómo los torturan: entonces, conservan todo lo que pueden los cadáveres de judíos y masacran a palestinos vivos, con el objetivo prioritario de mostrárselo a los niños.
No buscan un Estado, ni algún tipo de independencia, ni convivencia ni prosperidad. Como los nazis, sostienen una ideología escatológica sin lógica secuencial: es un nudo de Moebius de idolatría, poder y exterminio, que prioriza la aniquilación de los judíos y las democracias por encima de sus propias vidas, y tiene en la manipulación de los niños su metodología preferente y hegemónica.
La guerra interina árabe precede por lo menos en décadas a la existencia del Estado judío, que data de 1948. Nunca existió, en el mundo árabe, un modo de resolución de conflictos políticos que no fuera violento. La continua masacre entre chiitas -que se consideran descendientes directos de Mahoma-, y sunitas -que consideran que puede existir una transmisión religiosa, no directamente parental, del Islam-, es elocuente al respecto.
Pero chiitas y sunitas también pueden aliarse si se trata de masacrar a los judíos y atentar contra la democracia liberal, como lo demuestra la entente Irán (chiitas), con Hamas, que son sunitas.
La planificación y ejecución del 7 de octubre de 2023, junto con el derribo de las Torres Gemelas del 2001, el peor golpe que hayan sufrido las democracias posterior a la Segunda Guerra Mundial, es una prueba contundente de esta alianza mortífera y coyuntural. Al menor atisbo de tregua con el enemigo principal -las democracias liberales-, comienzan a masacrarse entre ellos.
En la guerra Irán/Irak de la década 1980, se mataron un millón de personas. En la guerra civil siria desde 2011, en curso hasta hoy, ya aniquilaron a un millón de personas. Los islamonazis no necesitan de la existencia de Israel para masacrarse entre ellos. Lo hacen con enjundia desde que el Mufti de Jerusalem, Amin Al Husayni, se reunió con Hitler en Berlín en 1941, y planificó el exterminio masivo de los judíos, la aniquilación de las democracias liberales y la supresión de cualquier disidencia dentro del propio mundo árabe. Aún no existía Israel. La denominación islamonazi no es una interpretación ni un adjetivo gravoso en busca de impacto: es la alianza del islamismo fanático con Adolfo Hitler, concreto, documentado, histórico.
Esta es una oportunidad única para que los estadistas libres salven a los niños palestinos del electorado palestino, y como en el fin de la Segunda Guerra Mundial, se imponga en Gaza y Cisjordania un sistema de convivencia como el que les impusieron los Aliados a la Alemania de Hitler y el Japón de Hiroito tras la victoria de las democracias.
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