
A lo largo de mi vida profesional, he visto pasar muchas fórmulas mágicas sobre liderazgo, productividad, motivación. Algunas funcionaban y otras solamente engatusaban. Sin embargo, hay un elemento que se repite una y otra vez como imprescindible: el autoliderazgo. No se lidera bien lo externo si no hay dominio interno, y ese dominio no sale de doctrinas vacías, sino de una praxis consciente: conocerse, motivarse y luego liderar a otros con autenticidad.
Conocerse no es un acto de vanidad, ni de autoayuda hueca, sino de eficiencia. ¿Qué hago bien? ¿Dónde flaqueo? ¿Qué valores me mueven? Los equipos que mejor responden son aquellos en los que sus líderes saben cuáles son sus fortalezas, cuáles sus limitaciones, y actúan en consecuencia; que no pretenden suplir lo que no tienen, sino que potencian lo que sí poseen y buscan rodearse bien para lo demás.
Una guía práctica para conocerse puede incluir:
- Mapear los valores centrales: cuáles son los principios que uno no negocia (honestidad, responsabilidad, respeto, servicio, eficacia).
- Reconocer los sesgos y limitaciones: ¿soy impaciente? ¿me cuesta delegar? ¿evito confrontar?
- Feedback externo: pedir devoluciones sinceras, recibir críticas y reconocer errores.
- Reflexión sistemática: diarios, cartas, mentorías, autoevaluaciones periódicas.
Este autoconocimiento genera humildad, claridad en la toma de decisiones, y evita el desgaste constante de fingir o aparentar lo que uno no es. Una vez que uno se conoce, debe motivarse de adentro hacia afuera. No dependo de estímulos externos, sino de propósitos que den sentido.
Algunas claves para mantener la motivación:
- Fijar metas reales y retadoras: no se trata de objetivos imposibles, sino de aquellos que exigen esfuerzo, compromiso y crecimiento.
- Descomponer grandes sueños en pasos pequeños: así no se desmoraliza uno ante la magnitud de lo que falta por hacer.
- Celebrar los logros menores: reconocer progresos intermedios sostiene la moral.
- Cuidar el equilibrio personal: sin salud física, emocional y mental, no hay motivación duradera.
- Recordar el propósito cuando vienen los reveses: escribirlo, tenerlo presente, volver a él.
Ahora bien: habiendo desarrollado el autoliderazgo, la capacidad de liderar a otros crece no como un privilegio, sino como una responsabilidad. Aquello que diferencia a un buen líder de uno extraordinario es cómo hace para que los demás brillen, no para eclipsarlos.
Para esto, hay que mantener una comunicación clara y honesta: decir qué se espera, por qué, con qué recursos. No hay peor desmotivación que trabajar sin entender lo que se pretende. Hay que delegar con confianza: si uno no confía, no delega; si no delega, se sobrecarga; si se sobrecarga, todo falla. Delegar implica acompañamiento, no abandono.
Se debe dar el ejemplo: coherencia entre lo que se pide y lo que uno hace. Si un líder exige puntualidad, debe ser puntual; si quiere mejora continua, debe estar dispuesto a aprender.
También es importante fomentar la participación y la corresponsabilidad: no se trata de imponer, sino de construir colectivamente. Cuando quienes trabajan sienten que aportan, que sus ideas importan, el compromiso es real.
El autoliderazgo no se trata de sentirse superior, ni de usar el liderazgo como trampolín, sino como servicio público y colectivo. Quien se conoce, se motiva y lidera bien a otros construye instituciones más fuertes, equipos más leales y sociedades más justas.
En el futuro que merecemos, cada trabajador, cada dirigente, cada ciudadano debe asumir que liderarse es empezar por sí mismo: vigilando su conducta, su palabra, su compromiso; que motivarse no es esperar que los demás lo hagan, sino encender la chispa propia; y que liderar a otros no es imponer sino acompañar, no es mandar sino inspirar.
Ese es el desafío. Esa es la urgencia. Ese es el legado que podemos dejar si nos atrevemos a liderar desde adentro hacia afuera.
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