El discurso de Javier Milei en cadena nacional reafirmó su adhesión a la teoría del monetarismo. Como su referente Margaret Thatcher, está convencido de que la inflación es el resultado de un crecimiento excesivo de la cantidad de dinero y que, controlando esa cantidad, se controla la inflación. El monetarista más famoso y el economista preferido de Thatcher, Milton Friedman, decía que “la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario”.
Sin embargo, el experimento monetarista de Thatcher duró poco: comenzó en 1979, cuando asumió el gobierno, y ya había sido prácticamente abandonado hacia 1985. ¿Por qué? Porque no funcionó.
Según el monetarismo -y como repite Milei-la relación causal va “de la cantidad de dinero hacia los precios”, una idea que suele resumirse en la frase “demasiado dinero persiguiendo muy pocos bienes”. Este planteo tiene dos problemas: uno conceptual y otro empírico.
El problema conceptual es que el dinero no tiene una única definición y no está claro cuál es la relevante
El problema conceptual es que el dinero no tiene una única definición y no está claro cuál es la relevante. Milei se refiere a la base monetaria: billetes emitidos por el Banco Central más los depósitos que los bancos comerciales mantienen allí.
Pero la base monetaria no equivale al dinero que la gente puede gastar. Por ejemplo, si sumamos los depósitos en las cuentas bancarias en la Argentina, la llamada M2, el total es unas tres veces mayor que la base monetaria. En Estados Unidos y el Reino Unido esta proporción ronda las cuatro veces.
¿De dónde surge ese dinero adicional? Lo crean los bancos comerciales al otorgar préstamos, acreditando fondos sin necesidad de contar con la misma cantidad en base monetaria. El Gobierno, por lo tanto, no controla directamente la cantidad de este dinero: depende de innumerables decisiones privadas entre bancos y clientes.
Además, la relación entre este dinero más amplio y la base monetaria -el multiplicador monetario- es inestable. En Estados Unidos, por ejemplo, antes de la crisis financiera de 2007-08 esa relación rondaba ocho y luego cayó a entre tres y cuatro. En el Reino Unido superó los 20 antes de caer a cuatro. Así, la base monetaria no guarda una relación directa ni estable con el dinero que puede gastar el sector privado.
El problema empírico es aún más contundente: ni la base monetaria ni ningún otro agregado monetario muestran una relación estable con los precios. Por eso, el gobierno de Thatcher, que comenzó como gran defensora del monetarismo, lo abandonó: a comienzos de los años ochenta probó distintas herramientas y definiciones de “dinero objetivo” sin éxito. La inflación no obedeció a ningún agregado monetario.
Ni la base monetaria ni ningún otro agregado monetario muestran una relación estable con los precios
En Estados Unidos ocurrió algo similar: experimentaron con metas monetarias desde 1979 y las dejaron de lado hacia 1982. Ambos lograron reducir la inflación en el proceso, pero pronto vieron que la relación con la cantidad de dinero variaba de un año a otro. Su éxito radicó en saber cambiar de estrategia en cuanto la evidencia lo exigía.
Hoy el Bank of England -uno de los bancos centrales más respetados- no tiene ninguna meta con respecto a los agregados monetarios. Utiliza la tasa de interés como herramienta principal porque puede estimar su efecto sobre el gasto, el tipo de cambio y, en última instancia, la inflación.
Lo mismo hacen la Reserva Federal, el Banco Central Europeo y los bancos centrales de Canadá, Australia y otras economías avanzadas: controlan el precio del dinero, no su cantidad. No es una cuestión ideológica, sino técnica: la tasa de interés funciona razonablemente bien para controlar la inflación; la cantidad de dinero, no.
La Argentina puede tener sus particularidades, pero que aquí la relación entre dinero y precios fuera más estable y predecible que en otras economías sería difícil de creer.
El autor es profesor de IAE Business School, la Escuela de Negocios de Universidad Austral, PhD en Economía
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