Morir en Gaza es una realidad cotidiana. La muerte ya no sorprende: irrumpe sin pedir permiso, en cualquier lugar y a cualquier hora. Se elimina la vida por la bomba o la bala, por el misil que cae desde el cielo o el francotirador escondido. Se muere en la escuela, donde los niños intentaban refugiarse y aprender a pesar del miedo. Se muere en el hospital, donde ya no alcanzan los insumos, ni el personal, ni los medicamentos. Se muere en la parroquia, donde se reza por la paz pero también se llora por los muertos. Se muere en la calle, entre escombros, y también en el hogar, ese que ya no tiene techo ni paredes.
La muerte en Gaza no distingue edad ni género. Caen niños pequeños, adolescentes, ancianos, adultos. Hombres y mujeres. Creyentes de todas las religiones y también ateos. Se muere de noche, mientras se duerme, o a plena luz del día, cuando se hace fila por un poco de pan o por un balde de agua. Porque también se muere de hambre, de sed, de desnutrición, de infecciones sin tratamiento. Se muere porque no hay antibióticos, porque no llega la ayuda humanitaria, porque no hay electricidad para sostener una incubadora.
La muerte llega con explicaciones absurdas y mentirosas: por error de cálculo, por circunstancias imprevistas, por daños colaterales. Nunca se asume la responsabilidad de la barbarie, del odio, de los intereses económicos.
Gaza está siendo sometida a un exterminio sistemático. Las cifras de muertos ya no conmueven a muchos. Pero detrás de cada número hay un nombre, una historia, un rostro, una familia destrozada. El mundo entero está mirando, pero pocos hacen algo. Los líderes mundiales no alcanzan a encontrar un camino de paz. Y lo más doloroso: no parecen querer buscarlo con verdadera decisión. Se repiten declaraciones diplomáticas, se acumulan cumbres y comunicados, pero los niños siguen muriendo.
Mientras tanto, los fabricantes de armas celebran balances multimillonarios. Sus ganancias crecen al ritmo de las bombas que estallan en Gaza y en otras guerras en el mundo. Cada proyectil vendido, cada sistema de combate exportado, lleva el sello de una industria que se enriquece manchando su eficacia con sangre inocente. Hace pocos días el Papa León XIV decía: “Tenemos que animar a todo el mundo a dejar las armas, a dejar todo el comercio que hay detrás de cada guerra; muchas veces con el tráfico de armas las personas se convierten en simples instrumentos sin valores”.
Este horror no puede ni debe justificar ninguna forma de violencia. Condenamos con firmeza el terrorismo, los atentados, los secuestros y cualquier acto de agresión contra la vida de las personas y los pueblos, vengan de donde vengan. Pero también debemos decir con claridad: nada justifica el castigo colectivo, la masacre de una población entera, la indiferencia de los poderosos ante la tragedia de un pueblo.
Morir en Gaza es hoy una sentencia dictada por la impunidad. Pero aún hay tiempo para alzar la voz, exigir el fin de la violencia, clamar por un alto al fuego duradero, por la apertura de corredores humanitarios, por el respeto al derecho internacional. Aún hay tiempo para recordar que toda vida humana es sagrada, y que el silencio cómplice de hoy puede ser la vergüenza de mañana.

Gaza no necesita más armas. Necesita justicia, agua, alimentos, medicinas, escuelas, hospitales, reconstrucción, abrazos y, sobre todo: paz.
[El autor es arzobispo de San Juan de Cuyo, presidente de la Comisión Episcopal de Comunicación del episcopado argentino y miembro del Dicasterio para la Comunicación del Vaticano]
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