
El 21 de abril de 2025 se cumple un año de la muerte del papa Francisco. Su partida, tal vez, cerró una etapa atravesada de tensiones internas en la Iglesia, desafíos globales sin precedentes y un pontificado que dejó una huella imposible de igualar.
La pregunta es: ¿qué queda de Francisco?
Me atrevo a esbozar que la respuesta es, como él mismo, amplia y compleja, inmensa.
Francisco fue el primer Papa argentino, latinoamericano, el primer jesuita, tal vez el que más incomodó e interpeló a su propia institución. Con un estilo único, con una perseverancia inclaudicable por poner en el centro de la escena a los/as descartados/as, en ir a las periferias, con una Iglesia “en salida”, lo convirtieron en un líder único, indiscutido; también blanco de críticas y de una gran resistencia.
Durante sus doce años de pontificado publicó cuatro encíclicas que funcionan como un mapa de su pensamiento. Lumen Fidei (2013), propone la fe como una luz que orienta la vida personal y social. Laudato si’ (2015) pone el foco en el cuidado de la “casa común”, y enlaza la crisis ambiental con el sufrimiento de los más pobres.
Ya en 2020, en plena pandemia, publicó Fratelli tutti, que promueve la fraternidad universal y la amistad social como los pilares necesarios para construir un mundo más justo y solidario. Dilexit nos (2024), una vuelta al amor humano y divino, al corazón, en un tiempo que suele fragmentarlo todo.
Su defensa a las personas migrantes, su crítica a modelos económicos excluyentes, la denuncia de los abusos y la reforma en la Curia romana, fueron una revolución, una sacudida real sin precedentes para una institución con tradiciones inamovibles.
¿Qué queda de Francisco?
A nivel institucional, muchas de sus ideas siguen vigentes, aunque a otro ritmo. Otras, parecen estar en pausa, al menos por el momento.
A nivel emocional, su figura es irreemplazable. Su comunicación verbal y no verbal fueron únicas. Al revisar imágenes, homilías y gestos, pareciera que se agrandan aún más con el paso del tiempo.
Francisco tuvo una capacidad única para conectar con creyentes y no creyentes, para atraer a los/as desencantados/as. Líderes políticos, deportivos, de la realeza, referentes culturales, desfilaban para tener un momento de intercambio con él. Su forma de mirar hacía sentir al otro visto, incluso antes de decir nada.
Jóvenes y ancianos/as colmaban los lugares, veían un líder cercano, con un lenguaje tan simple que tocaba la fibra humana antes que la doctrina. Cada viaje pastoral dejó una infinidad de gestos inmortales, pero tal vez el más recordado fue la bendición urbi et orbi en una Plaza de San Pedro vacía durante la pandemia. Sigue siendo una de las imágenes más potentes del siglo XXI: un hombre solo, bajo la lluvia, interpelando al mundo entero. ¡Sin palabras!
El escritor jesuita Javier Cercas dijo: “Los líderes verdaderos no son los que imponen certezas, sino los que nos obligan a hacernos preguntas incómodas”. Francisco encarnó esa incomodidad. No buscó agradar, sino despertar. No pretendió cerrar debates, sino abrirlos.
Más allá del análisis eclesial o político, la muerte de Francisco dejó un vacío humano.
Quienes lo conocimos, sabemos de su humor particular, su forma de escuchar sin interrumpir, esa memoria asombrosa para los nombres y los detalles y de sus cartas de puño y letra cuando ya nadie escribe de forma manuscrita.
También sabemos de sus últimos tiempos signados por la fragilidad física, el cansancio, la conciencia de que el tiempo se terminaba. Seguramente por eso, se advertía una serenidad final que no se improvisa.
A un año de su partida, se necesitan voces capaces de tender puentes en un mundo cada vez más roto. Francisco no resolvió todas las tensiones de la Iglesia, tampoco pretendió hacerlo. Pero dejó algo más difícil de sostener, o como se dice “dejó la vara alta”; dejó una orientación incómoda: la idea de que la fe, como la política, como la vida, pierde sentido si no se traduce en servicio a los más vulnerables.
Tal vez por eso su ausencia se siente tanto y la siento tanto. Porque, en una época de estridencia y respuestas fáciles y rápidas, él eligió otro camino: escuchar, dudar, volver a mirar. Misericordia antes que sentencia. Ese camino no se cerró con su muerte. Quedó ahí. Menos visible, quizá, esperando que alguien se anime a caminarlo sin hacer ruido.
¡Gracias por tanto, Francisco! ¡Sigo rezando por vos!
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