
La tradición no es un ancla: es una chispa. No está para detenernos, sino para encender nuevas ideas. En la gastronomía, ese diálogo se cocina a fuego lento, y muchas veces —cada vez más— lo encienden mujeres: chefs, emprendedoras, productoras, guardianas de saberes y creadoras de futuros posibles.
Solemos pensar la tradición como algo inamovible, pero en realidad es una forma de hacer que ha sabido sostenerse en el tiempo. Y el tiempo, como bien sabemos, es una convención. Una práctica puede volverse tradición en 40 años, o incluso en menos, si logra enraizarse en una comunidad, en un territorio, en una cultura.
Innovar, entonces, no es romper con el pasado, sino leerlo con otros ojos. Es reinterpretar lo que ya existe y actualizarlo con sentido. Una innovación exitosa, con el tiempo, puede convertirse también en una nueva tradición.
En las últimas décadas, la gastronomía adquirió un papel central en el desarrollo cultural, económico y turístico de las regiones. En este proceso de evolución, las mujeres desempeñaron un rol decisivo, su participación resultó clave en la preservación de las tradiciones culinarias, la innovación y la promoción de prácticas sostenibles en toda la cadena, desde la producción de los alimentos, hasta la cocina y la marca país.
Según el Global Report on Women and Tourism (ONU Mujeres), la gastronomía y el turismo son sectores donde las mujeres tienen alta participación, especialmente en pequeñas y medianas empresas, pero aún enfrentan grandes desafíos para escalar y acceder a financiamiento. En Latinoamérica, el 54% de los emprendimientos gastronómicos están liderados por mujeres, muchas de ellas trabajando en cocinas familiares, food trucks, ferias y mercados locales.
En nuestro país, más del 60% de los emprendimientos gastronómicos liderados por mujeres surgen de una necesidad y se transforman en proyectos con identidad propia que resignifican una tradición. Por ejemplo, Angie Ferrazzini creó un mercado en base a un modelo de consumo responsable y una economía sustentable. Su apuesta fue por una visión que recupera saberes del pasado y genera un vínculo entre los pequeños productores y los consumidores. O el caso de Paula Méndez Carreras, que estudió alta cocina en Le Cordon Bleu y eligió volver a lo esencial: montar un restaurante en San Antonio de Areco donde cada plato tiene huerta, flores y naturaleza. Una cocina sensible, honesta, profundamente conectada con el entorno.
Hoy, las ideas que inspiran nacen entre fuegos, huertas, hojas de cálculo y pizarras de planificación. Pero una buena idea se alimenta, se cultiva y se hace crecer.
Como lo hizo Josie Bridge, cocinera y empresaria gastronómica que llevó la cocina de autor a nuevos formatos como el catering con una mirada estratégica y una pasión emprendedora. O el caso de Melanie Wolman que creó una startup digital que ofrece productos saludables, variados y accesibles y que brinda una experiencia a sus clientes a través de información y consejos útiles sobre alimentación. Un espacio saludable que combina alimentación, sostenibilidad e impacto social.
Por ende, innovar es mirar al territorio con respeto y, al mismo tiempo, con ambición de futuro. Es encontrar una oportunidad donde antes había solo costumbre.
Cada mujer que emprende, crea o lidera en gastronomía está construyendo una nueva forma de entender el negocio. El eje deja de ser solo el producto, y se convierte en proyectos que cruzan el campo y la ciudad, lo ancestral y lo contemporáneo, convirtiendo a la gastronomía en una herramienta de transformación social, cultural y económica.
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