
Durante años, hablar de bullying fue casi un ritual escolar. Se hacen campañas, se arman afiches, se celebran días internacionales de la convivencia escolar. Y, sin embargo, los casos no disminuyen. ¿Qué estamos haciendo mal? ¿Qué estamos pasando por alto? Tal vez, el problema no está en lo que decimos… sino en lo que no decimos.
El bullying no es solo cosa de chicos
Una de las ideas más arraigadas (y más erradas) es pensar que el bullying es algo “infantil”. La ciencia nos muestra otra cosa: las raíces del acoso escolar son profundamente sociales, y muchas veces se gestan en climas institucionales tóxicos, jerarquías mal entendidas y adultos que miran para otro lado. Es más, muchas veces, las prácticas de exclusión, burla y violencia simbólica en contextos escolares están sostenidas por modelos que los adultos mismos replican sin querer.
Un dato que llama la atención: el 80% de los estudiantes que sufren bullying dijeron que al menos un adulto sabía lo que pasaba y no intervino (UNICEF, 2021). No por maldad. A veces, por no saber cómo. O peor: por minimizarlo.
El cerebro bajo ataque
¿Qué pasa en el cerebro de un niño o adolescente víctima de bullying? Acá la neurociencia tiene algo que decir. Estudios con resonancia magnética funcional muestran que quienes sufren acoso escolar de forma crónica desarrollan mayor actividad en la amígdala, la zona del cerebro que procesa el miedo y las amenazas, y menor conectividad en la corteza prefrontal, clave para la autorregulación emocional.
En palabras simples: el bullying modifica el cableado emocional del cerebro. Lo vuelve más sensible a las amenazas y menos preparado para responder de forma calmada. Esto no es simplemente “ser más sensible”. Es neurobiología. Y no desaparece con la frase “cuando crezcas se te va a pasar”.
El problema es que muchas veces el bullying no siempre grita: a veces susurra. Estamos acostumbrados a imaginar al bullying como un acto violento evidente. Un empujón, una burla pública, una agresión verbal. Pero cada vez más vemos que existe otro tipo de acoso, más difícil de detectar, pero igual de dañino: el bullying silencioso.
La exclusión social -que no te elijan para el grupo, que nadie te mire a los ojos, que tus comentarios se ignoren sistemáticamente- genera en el cerebro las mismas zonas de dolor que el dolor físico. Lo dijo Naomi Eisenberger, neurocientífica de la UCLA: “Ser excluido, activa en el cerebro las mismas regiones que cuando te quemás la piel”. Entonces, ¿cómo lo llamamos? Porque “cosas de chicos” seguro que no.
Me entusiasma ver que las instituciones organizan charlas sobre este flagelo. El problema es que el bullying no se soluciona con una charla de una hora.
Una charla de prevención puede abrir puertas, claro. Pero el trabajo real empieza el día después. Cuando se apaga el micrófono. Cuando el docente nota que hay risas silenciosas cada vez que un alumno pasa al frente. Cuando un directivo decide intervenir aunque “sea un tema menor”.
Pero atención: los programas efectivos contra el bullying no se centran solo en las víctimas ni en los agresores. Trabajan con los observadores, que son mayoría. Son los “testigos pasivos” que, con su silencio, avalan. Cambiar la cultura del espectador es la llave para frenar el acoso sostenido. Cuando el entorno deja de reírse, el agresor pierde poder.
Y acá es donde muchos se incomodan. Pero es necesario decirlo: el agresor también necesita ayuda. No excusas, ayuda. Existen numerosos estudios que indican que muchos estudiantes que ejercen bullying presentan antecedentes de trauma, disfunción familiar, o inseguridad emocional profunda. El comportamiento agresivo es, muchas veces, una estrategia disfuncional para recuperar poder, visibilidad o afecto. No se trata de justificar. Se trata de comprender. Porque al entender podemos intervenir mejor.
El bullying creció con la tecnología, pero no nació con ella
El ciberbullying no inventó el acoso, pero lo hizo más cruel. ¿Por qué? Porque no tiene horario. No tiene testigos. No tiene límites. Un mensaje violento en un grupo de WhatsApp, una foto humillante en redes, un comentario anónimo en una plataforma escolar… todo esto puede hacer que el hogar, que debería ser refugio, se convierta en una extensión del sufrimiento.
Y lo más preocupante: el cerebro adolescente no tiene aún la madurez suficiente para medir el impacto de lo que publica. La corteza prefrontal, responsable de evaluar consecuencias, recién termina de desarrollarse hacia los 25 años. Entonces, cuando un chico “solo hizo un chiste”, en realidad no está midiendo el daño.
Tristemente, cuando un chico atraviesa situaciones de bullying, no es solo que “le cuesta ir a la escuela” o “se siente solo”. Las víctimas de bullying tienen, en la adultez, mayor riesgo de ansiedad, depresión, trastornos del sueño, dificultades para establecer vínculos y baja autoestima crónica. Estos mismos estudios longitudinales de más de 20 años muestran que incluso cuando el bullying cesa, sus efectos emocionales pueden continuar décadas después. Lo que pasa en la escuela… no queda en la escuela.
Pero no, no es todo tarea de la escuela. El hogar también tiene un rol crucial.
Cuando en casa se valida la burla, se naturalizan comentarios hirientes o se ignora el sufrimiento ajeno, se están sembrando semillas que después germinan en el aula. La escuela puede enseñar a convivir, pero si en casa se aplaude el “sos muy sensible” o se justifica con un “así son los chicos”, el mensaje queda roto. Los chicos escuchan todo, incluso lo que no decimos. Y si no hay un modelo claro de empatía y límites en casa, es muy difícil que lo internalicen en otros espacios. Cuidar también es incomodar con límites claros, con conversaciones difíciles y con la certeza de que el respeto no se negocia.
¿Y entonces?
Entonces, dejemos de mirar el bullying como un problema del otro. Porque el bullying no se combate solo con campañas. Se combate con adultos atentos. Con adultos presentes. Con instituciones que no lo toleren ni en los recreos, ni en los pasillos, ni en los grupos de WhatsApp. Con familias que escuchen sin juzgar. Con chicos que no repitan “era un chiste” cuando en realidad lastimaron.
No se trata de exagerar. Se trata de reconocer que lo que para uno es una risa, para otro puede ser una herida.
Como educadores, no podemos prevenir cada acto de violencia. Pero sí podemos crear contextos donde esa violencia no crezca. Donde el respeto no sea un cartel pegado en la puerta, sino un valor vivo en las aulas. Donde cada alumno, sin importar su historia, sepa que va a ser visto, cuidado y defendido. Eso no es utopía. Es responsabilidad. Y debe empezar hoy. Porque cada vez que minimizamos, callamos o relativizamos, el bullying gana fuerza… y un chico la pierde.
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