
El liderazgo del Papa Francisco dejará una huella no solo en la Iglesia, sino también en millones de personas de distintas religiones –o incluso sin religión– alrededor del mundo. Para los argentinos, además, su papado tuvo un valor particular. Un compatriota de Flores, que viajaba en subte y tomaba café en los bares y llegó al Vaticano con un mensaje de cercanía y humildad.
Tuve una relación cercana con el Papa Francisco durante mis años como Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Fue un vínculo de respeto mutuo y colaboración. Eran tiempos difíciles, en los que el kirchnerismo lo había elegido como uno de sus enemigos principales.
Recuerdo nuestra última conversación antes de su viaje a Roma para el cónclave de 2013. Me dijo que a la vuelta se jubilaría y que quería conocer a mi hija Antonia. Nunca volvimos a vernos en Buenos Aires. Días después, lo elegirían Papa.
Presencié su misa de inicio de pontificado en Roma, invitado por él personalmente. La ex presidenta Cristina Kirchner había decidido que yo no formara parte de la delegación oficial. Era una situación absurda, ya que Jorge Bergoglio era obispo de la Ciudad de Buenos Aires, de cuya administración yo estaba a cargo. Francisco se ocupó personalmente de darme un lugar.
Recuerdo que la mañana de la ceremonia el tráfico estaba trabado y estábamos a punto de llegar tarde. Cuando ya parecía imposible, apareció la caravana del Presidente de Chile, Sebastián Piñera. Le dije al chofer: “¡Siga a ese auto!”. Así, como en una película, llegamos a tiempo. “Qué bueno que vino —me dijo Francisco—, ¡pero no me la trajeron a Antonia!”. Desde luego, nos volveríamos a ver ya siendo yo Presidente, en Santa Marta y con Antonia.

No siempre coincidimos. Durante mi gobierno, decisiones como habilitar el debate sobre el aborto generaron tensiones con sectores de la Iglesia. Pero esos desacuerdos no afectaron el respeto personal que tuvimos.
Siempre vi su vocación como la de un pastor que quiere contener a su rebaño. Y cuando esto implicó tender puentes con aquellos que tanto lo habían atacado en el pasado, algunos lo interpretaron como una toma de posición ideológica de su parte.
Es cierto que cada palabra suya, cada gesto, cada persona a la que recibía y lo que luego cada una de esas personas declaraba, era interpretado en nuestro país de mil maneras. Nuestra relación también fue leída por muchos en clave política. En lo personal, en los diferentes encuentros que tuvimos su actitud fue positiva, nuestros diálogos se mantuvieron en el mismo tono, más allá de las interpretaciones políticas que se hacían a veces después.
Hoy elijo recordarlo como un argentino que dedicó su vida a servir a los demás, sin dejar a nadie atrás. Un pastor que llevó a la Iglesia hacia una nueva etapa, con gestos y palabras que marcaron un cambio de época.
Su figura generó adhesiones y debates, también respeto, reconocimiento y admiración. Su recorrido dejó enseñanzas que muchos sabrán valorar como parte de una etapa significativa en la historia de la Iglesia, de nuestro país y del mundo.
Gracias, Francisco. Que en paz descanses.
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