El Valle de Uspallata, en el actual territorio de la provincia de Mendoza, Argentina, guarda una historia que pocos conocen: las comunidades que vivieron allí no solo aprendieron a cultivar la tierra, sino que enfrentaron crisis ambientales, enfermedades y cambios sociales sin perder sus raíces.
Científicos del Conicet de la Argentina y el Instituto Pasteur de Francia, junto con colegas de otros países, descubrieron que, durante más de dos mil años, los habitantes de la región lograron mantener un linaje que sobrevive hasta hoy, mientras se adaptaban y encontraban nuevas formas de resistir.
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La investigación abarcó un período de hasta 2.200 años, y permitió rastrear la continuidad y adaptación de las comunidades en esa zona andina desde tiempos antiguos hasta la actualidad.
El hallazgo fue publicado en la revista Nature y muestra que los descendientes de los antiguos cazadores-recolectores no desaparecieron con la llegada de la agricultura ni con la consolidación del Estado argentino.
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“El linaje habría podido seguir existiendo gracias a las redes familiares y a una movilidad basada en el parentesco”, dijo a Infobae el científico Nicolás Rascovan, investigador en paleogenómica del Instituto Pasteur.
“Esta investigación aporta pruebas que refutan narrativas que afirman la extinción de los descendientes indígenas en la región desde la instauración y el crecimiento del Estado-nación argentino”, agregó.
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La investigación contó también con la colaboración de investigadores de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y el Museo de Ciencias Naturales y Antropológicas Juan C. Moyano en Mendoza.
Además, participaron investigadores de Sudáfrica, Reino Unido, Dinamarca, Chile, Costa Rica y Austria.
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La pregunta sobre los primeros agricultores

El Valle de Uspallata se ubica en el extremo sur de la expansión agrícola andina. Su historia resulta clave para entender cómo se transformaron las sociedades del cono sur.
Los investigadores intentaron responder si la agricultura llegó por la migración de nuevos agricultores o si los pobladores locales adoptaron los cultivos y técnicas de otras regiones a través del contacto cultural.
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La investigación se propuso resolver una pregunta que divide a la arqueología: ¿el cambio hacia la agricultura fue consecuencia de migraciones o de aprendizajes locales?
A menudo, resulta difícil diferenciar entre ambas posibilidades, ya que los rastros materiales que dejan pueden ser similares.
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El objetivo principal fue reconstruir la historia de estas poblaciones, entender cómo pasaron de la caza y la recolección a la agricultura, y cómo enfrentaron los desafíos ambientales y las crisis sociales.
Para responder esos interrogantes, el estudio integró la genética, la química y la arqueología, junto con el trabajo conjunto con las comunidades indígenas Huarpe.
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Así se pudo mirar el pasado desde diferentes ángulos y conocer los modos de vida, la alimentación, la movilidad y la salud de los antiguos habitantes.
ADN, maíz y movilidad: así se escribió la historia

El análisis de ADN de 46 personas, que vivieron en el valle desde hace 2.200 años hasta la época de la expansión incaica, mostró una continuidad genética entre los primeros cazadores-recolectores y los agricultores más recientes.
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El consumo de maíz, según los isótopos de carbono y nitrógeno, cambió con el tiempo, pero alcanzó su pico entre 800 y 600 años atrás, cuando un grupo de migrantes presentó una “excepcional dependencia del maíz”.
Esos migrantes no vinieron de lugares lejanos, sino de regiones cercanas, y sus vínculos familiares con grupos locales permitieron crear una red de parentesco.
Los análisis de parentesco confirmaron que la movilidad se organizó en torno a linajes maternos, con una sola línea mitocondrial dominante.

La investigación reveló que, durante generaciones, el grupo migrante sufrió estrés nutricional, infecciones y una disminución demográfica sostenida.
La paleogenómica detectó la presencia de tuberculosis, causada por Mycobacterium tuberculosis, en el yacimiento, lo que amplía el conocimiento sobre la circulación de esa enfermedad en Sudamérica.
“La colaboración con las comunidades Huarpe fue fundamental: participaron en el diseño, la interpretación y la comunicación de los resultados”, resaltó en diálogo con Infobae el investigador en arqueología del Conicet y la Universidad Católica de Temuco, Ramiro Barberena, quien con Pierre Luisi, fueron los primeros autores del estudio publicado en Nature.
Tres representantes de las comunidades Huarpe firmaron como coautores. Su participación enriqueció la interpretación de los resultados al vincular los hallazgos con la existencia de redes sociales transandinas registradas en su tradición oral. Son las comunidades Guaytamari y Llahue Xumec.
Aprendizajes del pasado para el futuro

A partir de los resultados, Barberena explico: “Identificamos que la resiliencia de los antiguos habitantes del valle se habría apoyado en la movilidad familiar y los lazos de parentesco, que les permitieron atravesar crisis ambientales, alimentarias y de salud.
“La información reunida a partir del ADN antiguo nos da pista sobre los lazos configurados a partir de la línea materna”, agregó.
Los investigadores remarcaron la importancia de integrar distintas disciplinas y de trabajar junto a las comunidades locales para entender mejor estos procesos.
Sin embargo, reconocen que sería necesario comparar los resultados con otras regiones y que es un desafío reconstruir la complejidad social solo a partir de restos materiales y genéticos.
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