Las ideologías, como tantos aspectos de la vida, tienen momentos de lucidez. A veces maduran, y otras, simplemente terminan en la peor de las decadencias. La Argentina arrastra una división desde siempre. Las polémicas entre Sarmiento y Rosas o las propuestas de Juan Bautista Alberdi son recuerdos que hoy sólo se expresan como tristes máscaras sin sentido. Hemos menospreciado la discusión, el disenso, la argumentación, nos hemos empobrecido culturalmente, hemos sustituido las palabras por palabrotas e insultos, y el doble sentido malintencionado y grotesco ha ocupado el lugar del discurso presidencial a imitar por muchos de los votantes de este régimen que hoy nos gobierna.
El peronismo murió con Perón. Luego, tuvo dos traiciones. Sin duda alguna, la peor fue la de Menem, tanto que hoy sus enemigos sueñan con imitarla. Más adelante, vinieron los Kirchner con los lógicos tiempos de Néstor y los desvíos de su heredera, Cristina. Ambos extremos se imaginan dueños de una expresión cultural. Cristina, de un peronismo al que sacó del espacio de los humildes, y Milei, de un conservadurismo al que dejó al margen de la cordura.
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Sin embargo, en nuestra historia política, hubo momentos de encuentro, el último gobierno de Perón fue uno de ellos. Entonces, la cultura era una sola: la democracia por integración social. Pero sobrevendría el declive, y esa memoria de la patria quedaría reducida a la ocupación de oportunismos varios.
Raúl Alfonsín fue sin duda el fundador de una democracia sin confrontaciones. En realidad, en ese sentido, fue el último que le otorgó al sistema un contenido de respeto hacia los adversarios y de incorporación de los más vulnerables. Pero sus detractores terminaron triunfando, y se impuso el lamentable modelo menemista cuyas consecuencias continuamos pagando y volveremos a pagar gracias al presidente que hoy lo emula.
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El Estado es para toda la humanidad la concreción de un destino colectivo que cada cultura sabe adaptar a su identidad, a sus posibilidades y a sus necesidades. La política es la expresión de la voluntad de quienes son capaces de trascender expresando las necesidades colectivas. La suma de las codicias individuales puede dar grandes riquezas, pero sin duda su peor consecuencia se advierte en injusticias enormes. La pretensión que tienen el kirchnerismo y Milei de ser portadores de identidades culturales es tan caricaturesca como la imposibilidad de sus propuestas de lograr la más mínima estabilidad en nuestra sociedad.
Ricardo López Murphy, un histórico economista radical coherente, expresa con claridad que un proyecto que necesita vivir del endeudamiento carece de lógica desde su inicio. Duele la expansión de la pobreza, y mucho más la perversa vocación de los gobernantes, de disimular sus daños con supuestos números que dicen estar combatiéndola, sin que, por otra parte, les importe en lo más mínimo el estado en que viven millones de conciudadanos que, en su desesperación por llevarse algo parecido a una comida a la boca, revuelven tachos de basura.
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La dictadura solía distribuir y pegar una oblea con el contenido “Achicar el Estado es agrandar la nación”. Después de la innumerable cantidad de desaparecidos, tomamos conciencia de que cuando hablaban de la nación, sólo se referían al conjunto de intereses que los llevaban a reprimir toda expresión de protesta, sindical, estudiantil, de los jubilados, la que fuera.
El presidente Milei habló muy tempranamente del Premio Nobel que a su juicio merecía; hoy sus pretensiones de líder mundial se limitan de manera risible. En alguna medida, podríamos pensar en solicitar el Nobel de la Alcahuetería para entregárselo al mediocre empleado de Vialidad que dio la orden de destruir el monumento del escritor Osvaldo Bayer. En ese mero gesto queda al desnudo la barbarie que nos habita, tema al que me referí en mi artículo de la semana pasada. Lo que sucede es que la indignación ante esta barbarie libertaria no se atenúa ni disminuye fácilmente. Por el contrario, persiste.
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