A esta altura de la soirée ya parece haberse dicho todo y se complica irrumpir con algo original sobre el Indio, sobre su muerte o sobre la mística ricotera. Kilométricas filas de fans en carne viva de distintas generaciones lloran y cantan mientras caminan hacia la despedida del ídolo en Villa Domínico, en una tarde triste que, por ahora, se aguanta las ganas de llover. Esos restos, los de ese hombre amado, permanecerán en el polideportivo Gatica del Parque de los Trabajadores “hasta que haga falta”, dijo la familia, para dar tiempo a los que llegan desde lejos o tienen dificultad para trasladarse. Emociona tanta sensibilidad y reconocimiento a los otros en aquellos que vibran con el mayor dolor por esta muerte tan pública y sin consuelo.

Así como exhibieron respeto por la emoción popular, desde el entorno del músico también manifestaron conciencia de los riesgos de la procesión multitudinaria cuando escribieron que “no será el momento de sacar afuera la rabia, ni de caer en provocaciones, sino de honrarlo; de estrechar los lazos entre nosotros”. Intuyo, por lo leído y escuchado, que hay un costado de la sociedad que vio hasta ahora frustradas sus expectativas de violencia y vandalismo, pese a que lo estimularon a viva voz. Son los mismos que, sin elementos concretos para agraviar a las multitudes dolientes, posiblemente seguirán con la cháchara acerca de la fortuna del Indio porque, ya sabemos, para ciertas personas es mucho más lógico amasar en un par de años una fortuna desde el poder político sin dar explicaciones, que ganar dinero con la música durante décadas y teniendo ideas progresistas.
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A los buscadores de cinco patas se suman los provocadores, que necesitan diferenciarse para asegurar su singularidad y, entonces, desde sus redes pulcras les piden a quienes no paran de llorar desde el viernes a la mañana que no sobreactúen su dolor. Unos y otros (sommeliers de billeteras de izquierda y catadores de emociones ajenas) parecen personas reticentes o temerosas de cualquier acción colectiva y más proclives a la indignación que al disfrute. Y los Redondos fueron, son, y posiblemente serán el disfrute, aún en la adversidad, y por algo en este velorio popular el llanto se cruza con el pogo más triste del universo.

Es increíble tener que insistir en esto, pero no hay un arte progresista o un arte peronista. Lo que hay son estéticas, por supuesto. Pero, más allá de toda ideología, hay arte o no lo hay, y el Indio Solari fue un artista inmenso que le puso letra a la realidad y a la ilusión, a la postal social y a los sueños. El Indio Solari fue un artista que llenó el vacío de sentido con poesía y con frases que ingresaron en el decir argentino. Alguien que, por si fuera poco, dio mucha, muchísima felicidad. No lo soñamos: hay música en la que nos encontramos o no y hace tiempo que a la mayoría, en este país, si hay una música que nos hace pegar un salto para bailar en argentino, con amor, con bronca, con excitación y furia es Ji Ji Ji.
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Por artista y por gurú
Además de la catarsis colectiva y de muchos textos autorreferenciales en diversos formatos, leí en estas horas muy buenas piezas de periodistas conocedores de rock y especializados en música. Es el día del periodista y aunque en el oficio vivimos una etapa difícil de hostigamiento y confianza, sigo pensando que el buen periodismo ayuda a iluminar lo oscuro y a divulgar lo complejo. Entre los materiales que leí, hay en particular una columna que me maravilló por lo que dice y por quién fue su autor. La posteó en X Eugenio Monjeau, hijo del querido colega Federico Monjeau (1957-2021), uno de los mayores críticos de música que tuvo la Argentina. Se publicó en abril de 2000, después de los shows de los Redondos en River que convocaron a 140 mil personas.

El texto es exquisito y hermoso, como exquisito y hermoso era Fede, y en particular me gusta lo que escribe acerca de las letras, de esa poesía hermética que logró llegar a tanta gente y tan diversa con versos nuevos y reversiones de grandes como Shakespeare o Borges.
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Dice Monjeau: “La oscuridad o la dificultad de las letras no parece caprichosa o producto de una subjetividad desenfrenada; esa oscuridad no tiene, por decirlo así, una forma «lisérgica» sino la forma de un enigma. Bien mirados, no debería sorprender que unos textos tan elaborados y tan oscuros tengan tamaña resonancia: su poder proviene, efectivamente, de que son textos potenciales; textos que no entregan su contenido de inmediato y que producen una fricción intensa en la imaginación de los oyentes, aparte de proveerlos de algunos versos que son, por sí solos, de un brillo o de una sugestión incomparables”.
En esa misma columna de Federico hay una frase que tal vez explique mucho de lo que en estas horas nos preguntamos acerca de las palabras del Indio y es que “Los Redondos modificaron la prosodia del rock, modificaron la manera de decir”.
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Es en esa silenciosa revolución del discurso que el Indio le dio letra a una sociedad resquebrajada y sin red que hoy lo llora por artista, por gurú y por haberles hecho llegar palabras a quienes no las tenían.
¿Aquellos que minimizan el dolor y la rabia contenida de tanta gente tienen acaso idea de lo que significa que un artista modifique “la manera de decir” de una cultura? Seguramente, no. Son los que quedaron al otro lado de la mecha.
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Pobres almas.
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