Hoy predomina la discusión sobre cuál debería ser el tipo de cambio en Argentina. Primero deberíamos entender es que el tipo de cambio es la relación entre el valor de dos monedas. En el caso argentino, puede variar porque el valor del dólar en el mundo lo hace o porque, el que se modifica, es el del peso. El precio de la divisa estadounidense lo fija la Reserva Federal y, al de la moneda local, el Banco Central de la República Argentina (BCRA). El accionar de ambas autoridades monetarias determinará en el mercado lo que vale una respecto a la otra en cada momento.
Lo otro que hace variar el tipo de cambio es la evolución de las exportaciones de bienes y servicios. Si aumenta la productividad local y se vende mucho al exterior o suben los precios internacionales de lo colocado en el exterior, la mayor entrada de divisas hará que el tipo de cambio baje, suponiendo que la moneda local mantiene su valor estable. El ingreso de capitales tiene el mismo impacto cambiario, baja el poder adquisitivo de los dólares en la economía argentina. Ambas cosas hacen que aumenten las importaciones. En el primer caso, como el país “gana” más por lo que exporta, puede gastar más afuera. En el segundo, porque hay financiamiento externo para poder comprar más cosas en el exterior.
Es absurdo decir que siempre es mejor exportar más de lo que se importa. Para que esto ocurra, el conjunto de la economía debería estar demandando menos de lo que produce; lo cual implica que su bienestar es menor al que podría ser. Es ahorro doméstico que se está yendo al exterior; ya sea porque lo está sacando el sector privado (salida de capitales) o el Estado (acumulación de reservas internacionales) o, en ambos casos, para pagos netos de deuda.
No es raro que la mayoría de los momentos con excedentes ventas externas respecto a las compras hayan coincidido con crisis o previas a ella; porque llevaron a los argentinos a ahorrar en divisas (fuga de capitales), con la consecuente baja del consumo e inversión. Eso explica las recesiones, como la que se inició 2023, durante la anterior gestión de Fernández-Massa. O sea, el temor a una debacle provocó los posteriores “ponderados” resultados “positivos” de comercio exterior, que no tuvieron nada de positivos ni de ponderables.
Es absurdo decir que siempre es mejor exportar más de lo que se importa
Por otro lado, los excesos de compras sobre las ventas al exterior dependen de que ingresen capitales y no siempre son malos. Si aumenta la confianza y entran inversiones financieras o productivas, habrá un mayor financiamiento de la demanda interna. Por ende, se importará más que los que exportemos. Mientras ese ingreso de capitales lo haga el sector privado para financiar la actividad económica, es positivo; ya que implicará más crecimiento y aumento del bienestar, presente y futuro. Si lo hace el Estado para gastar demás, como pasó en 2023 con el “Plan platita” electoral que se financió endeudando y quebrando al BCRA, el resultado negativo que se genera en el comercio exterior es efectivamente negativo. Esto quedó evidente cuando, en 2024 y para evitar una crisis, hubo que pagar la “cuenta” de ese despilfarro con un “ajuste”.
Ojo, a veces puede ser positivo que haya un exceso de ventas al extranjero. Por ejemplo, para el pago de neto de deuda o la acumulación de reservas; pero en este último caso vuelve a ser negativo si se acumulan por encima de lo razonable, ya que desfinancia la economía local.
Por lo tanto, si el BCRA tiende a estabilizar el valor de su moneda, el tipo de cambio tenderá a subir cada vez menos. Por otro lado, si hay mayor confianza que disminuye la fuga de capitales o aumenta su ingreso, el poder adquisitivo del dólar en la economía local disminuirá y presionará a la baja del tipo de cambio nominal. Lo mismo sucedería con una ganancia de productividad por mayor inversión o por reformas estructurales que aumente el ingreso de divisas por exportaciones.
Un dato relevante es que el mayor financiamiento de la demanda interna, por menor fuga o mayor ingreso de capitales, no está yendo a financiar excesos de gasto del Estado; por lo menos no los del “Nacional”, ya que tiene menos erogaciones que ingresos. Sólo se refinancian los vencimientos de capital y se pagan los intereses. Así que el que se beneficia con el mayor crédito doméstico disponible será el sector privado.
Hoy el BCRA tiene un gran control del valor del peso y va acercando cada vez más la cantidad ofertada a lo que la gente quiere tener. Por eso, la poca volatilidad de los mercados paralelos, que es donde se observa inmediatamente las variaciones del valor de la moneda local. Si hoy se unificara el tipo de cambio manteniendo las restantes regulaciones del cepo existentes, el valor del dólar se ubicaría cerca, pero por debajo de los “libres”.
Un dato relevante es que el mayor financiamiento de la demanda interna, por menor fuga o mayor ingreso de capitales, no está yendo a financiar excesos de gasto del Estado
Es lo que sucedió el 17 de diciembre de 2015, cuando el gobierno de Cambiemos salió del cepo de Cristina Fernández de Kirchner. Unificaron y, luego, se tomaron un tiempo para desarmar el resto de las regulaciones absurdas que heredaron. Es lo que habría que hacer antes de mediados de año, más si se consiguen recursos del FMI para darle liquidez al BCRA; ya que se le facilitaría sostener el valor del peso, achicando la brecha en el tiempo y unificando con un salto pequeño del dólar. Así llegarían a elecciones legislativas mostrando un escenario económico completamente distinto al previo a la asunción del actual gobierno. Con la enorme mayoría de la gente y empresas operando libremente en un mismo mercado cambiario y con un valor del dólar único no mayor al Blue actual.
Si se continúa el actual rumbo económico, es poco probable que el dólar aumente su poder adquisitivo en el tiempo. Al contrario, habrá cada vez mayor confianza en que la economía se estabilizará; lo que desincentivará comprar dólares o desprenderse de los pesos. Cuanto más se afiance esta baja de la incertidumbre, la salida de capitales mermará y se transformará en ingreso, disminuyendo el poder adquisitivo del dólar en la economía argentina. El mismo impacto tendrá la profundización de las reformas económicas generando más productividad y competitividad en el exterior.
Así que aquellos sectores que no puedan ser competitivos en este escenario, deberían invertir para ganar productividad o empezar a buscar otros negocios. Por otro lado, habrá muchos otros sectores, particularmente en los servicios, que no se pudieron desarrollar en la anormalidad que rigió durante décadas en la economía local. Ahora podrán prosperar generando cada vez más producción, empleo, bienestar y oportunidades de progreso para el conjunto de los argentinos.
El autor es economista y director de la Fundación “Libertad y Progreso”
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