En la apertura del año legislativo, Javier Milei planteó un discurso en tres actos: el caos del que venimos, el reordenamiento que se propuso en el primer año de gestión, y lo que nos espera por delante. A esto último le puso un nombre: el año de la reconstrucción. Tema que pasa a ser, a partir de ahora, el centro de su narrativa.
El reordenamiento y la reconstrucción van de la mano, porque se conseguirían de la misma forma: desmontando el estado sobredimensionado que ocasionó un caos de larga duración en Argentina. Milei no dejó de ser anarcocapitalista. Su método económico es la aceleración del desmonte. Según él mismo dijo ayer, si hubiera aplicado un recorte menor, la economía hubiera caído. Puede parecer contra intuitivo, pero no. Ésa es la idea que venía trabajando con -Demian- Reidel, y que discute con la teoría de la programación macroeconómica: el paradigma de la motosierra, que si no se apaga termina con el estado, combate a la trampa neoclásica del ajuste.
Por eso, para la reconstrucción de 2025 propone profundizar el rumbo de 2024. Más reformas y desregulaciones, más política para respaldarlas , y un acuerdo con el FMI para financiar la salida del cepo. Pero una diferencia entre la estabilización ordenadora y la reconstrucción es que se miden de forma distinta. El 2024 se midió con la baja de la inflación, del riesgo país y de la brecha cambiaria. También con la caída de la pobreza, que fue -hasta ahora- lo mismo que la estabilización de los precios. Pero la reconstrucción que avizora Milei, que sería un renacimiento económico de la sociedad, no se va a ver en el consumo, las ventas o el tipo de cambio. Si Milei tiene razón, en 2025 habrá que mirar otros indicadores. Como la inversión de los que tienen con qué, o el emprendedorismo de los que trabajan.
La trama del estancamiento argentino fue en la generalización de incentivos y comportamientos anti productivos. Ricos que esconden su capital, trabajadores del sector privado que aspiran al empleo público, pobres que prefieren un plan social al trabajo remunerado. La economía estaba atravesada por racionalidades irracionales, como los productores que acopian y no venden, los múltiples “rulos” financieros de los infinitos tipos de cambios, o los comerciantes que remarcan precios “preventivamente” por encima de lo que el comprador puede pagar. La Argentina se acostumbró a vivir así por generaciones y muchos aprendieron, incluso, a lucrar con ello.
El gobierno de Macri ajustó, pero no atacó el meollo de toda esa locura. Y no movió las agujas de la inversión o la productividad. Milei fue tanto más a fondo que Macri, que las diferencias ya no son solo de velocidad: es algo cualitativamente distinto, que ataca el meollo de la cultura estatista e inflacionaria. Si Milei tiene razón, la reconstrucción comienza en la micro.
Una pregunta, casi teórica a esta altura, es si la demanda (o, dicho de otro modo, la sociedad) la “va a ver”, o necesitará que la lideren hacia el nuevo régimen económico abierto. Porque las culturas de la indexación, la desinversión defensiva o la rentita improductiva penetraron muy intensamente en Argentina. Tal vez, las elecciones sean parte de esa batalla pedagógica. En nuestra consultora comenzamos a medir el ‘emprendedorismo’ popular, integrando diversos indicadores sobre cómo la gente ve el entorno económico y qué piensa hacer con ella. La primera medición comparativa es prometedora: en febrero creció 6,3% respecto de enero.
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