
Cuando Javier Milei abrazaba efusivamente a Volodimir Zelensky, prometiendo apoyo a Ucrania y acusando a Rusia de haber iniciado la guerra al invadir a su vecino eslavo, era evidente que no entendía la contradicción de esos pronunciamientos con su devoción a Donald Trump. Tampoco parecía entender que su única afinidad con el magnate neoyorquino es algo que ambos tienen en común con Vladimir Putin: el ultra-conservadurismo.
En lo económico, el líder republicano se parece más al jefe del Kremlin: pragmáticos que apuestan a un capitalismo plutocrático, donde los mega-millonarios norteamericanos y los “oligarcas” rusos se sientan representados por el gobierno que, a su vez, los resguarda con proteccionismo contra los productos extranjeros.
El ultra-conservadurismo de Trump, Putin, Viktor Orban (primer ministro de Hungría) y la neonazi alemana Alice Weidel, entre otros, es antiglobalista. Milei no parecía tener una posición al respecto, pero estaba claro que el jefe de la Casa Blanca en algún momento lo dejaría colgado del pincel en el escenario de la guerra Rusia-Ucrania.
La fascinación de Milei con Trump y con Elon Musk parecía más encuadrada en el cholulismo reaccionario que en una mirada atenta al escenario internacional. Desde esa suerte de club de fans, Milei actuaba como si Putin fuera comunista y Zelenski estuviera en la misma vereda de Musk y Trump.

Pero sobre el oscuro vínculo entre los jefes del Kremlin y la Casa Blanca se sabía desde que Trump compitió en las primarias republicanas del 2016. Lo describió el dossier de Christopher Stelee, un ex agente de la inteligencia británica que, al jubilarse en el MI6, creó una agencia privada y, a pedido de republicanos, primero, y demócratas después, investigó los negocios del magnate inmobiliario en Rusia y sus viajes a Moscú.
Mientras su campaña sufría el ataque masivo de los hackers del gobierno ruso, lo señaló Hillary Clinton en el debate electoral. Desde entonces, apareció entre líneas en los principales diarios norteamericanos. Incluso lo sugirieron dirigentes republicanos, con John McCain prohibiendo desde su lecho de muerte que dejaran entrar a Trump a su funeral, de manera clara y contundente por el ex vicepresidente Dick Cheney y el Clan Bush. También lo denunció John Bolton, viejo halcón conservador que fue su consejero de Seguridad. Y lo advirtió Kamala Harris cuando, como Hillary ocho años antes, la entonces vicepresidente de Biden lo describió en la cara del mismísimo Trump como una suerte de marioneta de Putin.
El propio Trump, en las primarias republicanas, evidenciaba admiración al jefe del Kremlin y elogiaba el modelo político que había instaurado en Rusia. Ese modelo es autocrático, con un presidente cuyo poder está totalmente por encima de la Duma (poder legislativo) y del Poder Judicial, la libertad de prensa no existe y son inexorablemente asesinados quienes denuncien al presidente, lo cuestionen o puedan aglutinar mayorías opositoras.
Esa posición de Trump se hizo visible también en la cumbre del 2018 en Helsinki, donde acusado por denuncias en Estados Unidos de que Putin lo había ayudado a llegar a la presidencia con sus hackers atacando la campaña demócrata y con los expertos en redes del Kremlin lanzando olas de fake news que lo favorecían. Después de su reunión con Putin en la capital de Finlandia, cuando le preguntaron sobre el tema los periodistas, Trump hizo una afirmación absurda: “Rusia no tuvo injerencia en el proceso electoral norteamericano. Se lo acabo de preguntar al presidente Putin y él me dijo que no”.
Parecía una escena de los Monty Python. Y si algo faltaba para que Milei se diera cuenta de que sus eufóricas adhesiones lo dejaban mal parado en el escenario mundial, aunque reciba ovaciones de las tribunas ultraconservadoras, llegó el impúdico salto de Trump a la trinchera de Putin, desde donde disparó a mansalva contra Zelensky, contra Ucrania y contra Europa.
Incluso antes de regresar al Despacho Oval, Trump había empezado las acciones a favor de Rusia. Los legisladores trumpistas llevaba largos meses bloqueando los envíos de armas y la financiación a Ucrania para que pueda sostener su resistencia contra el ejército invasor. Desde entonces, los ucranianos empezaron a perder terreno y los rusos a avanzar en sus conquistas. Y volvió a la Casa Blanca prometiendo que cortaría de cuajo la asistencia al país invadido, lo cual, estaba claro, imposibilitaría la continuidad de su lucha contra una fuerza multitudinariamente superior en efectivos militares, a su vez reforzados por los diez mil soldados norcoreanos que le envío a Rusia Kim Jong Un.
Todo eso estaba a la vista. También que Elon Musk, otro ídolo del presidente argentino, comparte con Putin posiciones como el antifeminismo, el antiglobalismo, el antieuropeísmo y la homofobia, además de haber apoyado, igual que el presidente ruso, a la ultraderecha alemana que lidera Alice Weidel, para que se convierta en la segunda fuerza más votada del principal país europeo.
En Europa, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y demás países exponentes del capitalismo liberal-demócrata no sorprendió que Trump incurriera en el absurdo de acusar a Zelenski de dictador y de haber iniciado la guerra. Pero recién en ese momento, Milei entendió que su apoyo entusiasta a la causa ucraniana, estaba a contramano de sus ídolos ultraconservadores norteamericanos. Y no tuvo más alternativa que dar el incómodo y bochornoso giro copernicano en la votación de la ONU.
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