
Estados Unidos gasta algo más de 16 puntos en relación con el PBI en salud, siendo el primer país a nivel mundial, bastante lejos de los europeos, que erogan algo más de 10 a 12%. Estructura institucional le sobra. Tiene, supuestamente, el más moderno sistema de salud, con seguros privados que penalizan al enfermo y hacen que el sano pague incentivado impositivamente, con seguros estatales como el Medicare -para ancianos- y Medicaid -para pobres-, tremendamente burocráticos y dispendiosos, con hospitales estatales para veteranos de guerra e indígenas y una agencia estatal para medicamentos -FDA- todopoderosa, que regula y prohíbe drogas según criterios muy especiales, habiendo cometido errores históricos garrafales.
Como si todo esto fuera poco, el país cuenta con médicos superespecializados en gran número, una tecnología de altísimo nivel de avanzada y una infraestructura sanitaria privada muy extensa.
Las reformas en el sistema tampoco han faltado. La más conocida y reciente, es el “Obamacare”, promovido por Hillary Clinton y luego ejecutado por el ex presidente Barack Obama, dirigida a estatizar más el sistema, tratando de garantizar con precios mínimos, un acceso más igualitario a los servicios, al estilo de Canadá, donde es muy común la lista de espera hasta para una cirugía de apéndice o escasean los tomógrafos.
Sin embargo, el “health status” -es decir, el balance o estado de salud- de la población norteamericana, es cada vez peor, en las últimas cuatro décadas. Más recursos o más reformas no necesariamente significan algo mejor. Los americanos nacen y viven menos que otros pueblos similares. La pandemia de Covid-19 puso al desnudo este sombrío panorama. Hubo altas tasas de contagiados y muy significativas en muertos, comparados con otros países equivalentes en desarrollo, más allá de la reacción tardía o no de Trump y la diferencia en el tratamiento del virus por parte de los 50 Estados.
En efecto, incluyendo la elevadísima tasa de muertes por agresión física, la población americana está cada vez más aquejada de enfermedades crónicas viejas, como la hipertensión y la diabetes, pero también de nuevas, como el Alzheimer, Parkinson, el autismo y la obesidad, la cual -tal vez- haya demostrado como ninguna, que si no se encaran políticas públicas con miradas integrales que hagan hincapié en la dieta y la guerra contra la “comida chatarra”, alimentos con hormonas y pesticidas, más los antidepresivos, los norteamericanos seguirán empeorando en su salud.
Por ello, Robert F. Kennedy Jr. es una “bocanada de aire fresco” para el sistema, en la segunda asunción de Trump. Su conciencia ambientalista le garantiza un posicionamiento más equidistante de los poderosos lobbies tradicionales del sistema: laboratorios, profesionales, empresas de seguros, etc.
Por propia experiencia, él, mejor que nadie, sabe cómo viven los nativos con su longevidad saludable, sin vacunas, ni leche pasteurizada, comida rápida ni tampoco stress, en las montañas o bosques. Él, mejor que nadie, sabe cómo construir y mantener vínculos familiares sólidos, a la manera de pequeñas comunidades, extiende y mejora la vida. Él, mejor que nadie, cohabitó en pueblos pequeños sin comer más que frutas y verduras agroecológicas. Él, mejor que nadie, sabe que la luz solar en la cumbre de una montaña o al borde de un río o el mar, no solo mejora la piel del ser humano, sino que además contribuye a un metabolismo óptimo.
Por ello, se pondrá del lado de “la gente” y al igual que su padre y su tío que lucharon contra las grandes corporaciones de defensa y de la burocracia, Kennedy embestirá contra los aquellos poderosos lobbies de la salud institucionalizada, que necesitan que “el sistema” siga demandando infinitos recursos estatales o privados, independientemente de sus magros resultados.
Ojalá que el nuevo Secretario de Salud, en esta valiente cruzada, tenga el éxito que aquellos no tuvieron, porque de ser así, nacerá una verdadera revolución a nivel global: la del autocuidado personal.
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