El Niño y la fragilidad de nuestra fauna marina

Las presiones sobre los hábitats se suman a los cambios provocados por el fenómeno climático y exigen políticas específicas para favorecer la recuperación de las especies costeras afectadas durante periodos prolongados

Rosario Julian Mauricio, an animal welfare activist, and a friend feed coastal seabirds at a beach in Chorrillos, amid warnings from environmental groups that El Nino-driven warming of Pacific waters and shifts in marine ecosystems are reducing the availability of fish for seabirds along Peru's coast, in Lima, Peru, September 27, 2026. REUTERS/Sebastian Castaneda
Rosario Julian Mauricio, an animal welfare activist, and a friend feed coastal seabirds at a beach in Chorrillos, amid warnings from environmental groups that El Nino-driven warming of Pacific waters and shifts in marine ecosystems are reducing the availability of fish for seabirds along Peru's coast, in Lima, Peru, September 27, 2026. REUTERS/Sebastian Castaneda
Guardar

Cuando hablamos de El Niño solemos pensar en lluvias, temperaturas, agricultura o pesca. Pensamos mucho menos en aquello que ocurre debajo de la superficie del mar y, sobre todo, en los animales que dependen de ese ecosistema para sobrevivir.

Sin embargo, allí también se juega una parte importante de nuestra historia ambiental.

PUBLICIDAD

El Niño altera las condiciones oceanográficas, modifica la productividad del mar y cambia la distribución y disponibilidad de las especies que sostienen la cadena alimentaria. Para las aves guaneras y los lobos marinos, esto no es una cuestión menor: cuando la anchoveta y otras especies costeras se desplazan y profundiza, encontrar alimento se torna cada vez más difícil. Los individuos jóvenes y viejos, con menor capacidad de buceo, pueden quedar particularmente expuestos y, en determinados episodios, producirse mortalidades por inanición.

El ENFEN mantiene actualmente la Alerta de El Niño Costero. En su comunicado del 28 de septiembre, señala que el calentamiento de la región Niño 1+2 podría mantener una magnitud extraordinaria hasta enero de 2027, antes de disminuir progresivamente hacia el otoño. Es decir, no estamos hablando solamente de un fenómeno que pertenece a los libros de historia. Es una condición que nuevamente debemos aprender a observar desde el mar.

PUBLICIDAD

Mariano Gutiérrez explica que, después de El Niño de 1972 y del colapso de la pesquería asociado a la sobrepesca de aquellos años y a un Niño fuerte, se produjo un desacoplamiento entre la biomasa de anchoveta y la abundancia de aves marinas. La anchoveta logró recuperarse; las aves, en cambio, no volvieron a alcanzar los niveles poblacionales anteriores a 1972.

La explicación, por tanto, no puede reducirse a El Niño.

Fotografía dividida. Izquierda: barco pesquero con redes y pescadores bajo cielo gris. Derecha: puerto con botes, pescadores descargando peces grandes, edificios y cielo azul.
Una embarcación anchovetera muestra redes semivacías, y en un puerto peruano pescadores artesanales descargan atún y bonito, lo que indica el impacto del Fenómeno El Niño. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La propia investigación plantea que la menor recuperación de las aves también estaría relacionada con factores antropogénicos: la ocupación y perturbación de antiguas zonas de colonias, la actividad pesquera y otras presiones sobre sus hábitats. En palabras sencillas, un ecosistema sometido a múltiples presiones tiene menos margen para recuperarse cuando llega un evento climático intenso.

Los lobos marinos cuentan una historia algo diferente.

Después de El Niño 1997-98, sus poblaciones mostraron una recuperación más notoria que la observada en las aves. Una de las razones está en su mayor capacidad para acceder a distintas presas: no dependen exclusivamente de especies costeras como la anchoveta y pueden aprovechar también numerosas especies oceánicas. También poseen una mayor capacidad de buceo, lo que les permite acceder a recursos que para otros depredadores pueden resultar menos disponibles.

Pero resiliencia no significa invulnerabilidad.

Fenómeno El Niño y su impacto en la pesca. REUTERS/Sebastian Castaneda
Fenómeno El Niño y su impacto en la pesca. REUTERS/Sebastian Castaneda

Durante El Niño, el hundimiento de la oxiclina puede profundizar la distribución de especies pelágicas como la anchoveta. Cuando esto ocurre durante periodos prolongados, los depredadores que tienen menor capacidad de buceo pueden quedar en desventaja. El ecosistema sigue allí; lo que cambia es la posibilidad de acceder a las especies que sustentan a otras.

Nuestra costa tiene, además, lugares privilegiados para observar esta dinámica. La Reserva Nacional Sistema de Islas, Islotes y Puntas Guaneras comprende 22 islas, islotes y grupos de islas y 11 puntas, distribuidos discontinuamente a lo largo de la costa peruana. Su finalidad es conservar la diversidad biológica de estos ecosistemas marino-costeros y asegurar la continuidad de los ciclos biológicos de las especies que los habitan.

Cuando las condiciones oceanográficas cambian, ellas se desplazan. Durante El Niño 1997-98, por ejemplo, las poblaciones de aves guaneras de determinadas colonias del norte y centro emigraron desde sus zonas de refugio hacia el sur, donde encontraron condiciones más favorables.

Ese dato debería hacernos pensar en algo que a veces olvidamos: proteger un área no significa necesariamente que hayamos protegido el ecosistema.

Un mamífero marino asoma en el agua junto a numerosas aves acuáticas, gaviotas y patos, que flotan o están en una playa rocosa con edificios al fondo.
Un mamífero marino, patos y gaviotas se congregan en una playa urbana de Perú, un efecto del fenómeno El Niño que altera la distribución de especies y su alimento. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La conservación marina no puede limitarse a dibujar una línea en un mapa. Requiere entender qué ocurre con las especies dentro y fuera de esas áreas, cómo se mueven sus presas, qué presiones soportan sus hábitats y qué tan rápido pueden recuperarse después de una perturbación.

Y aquí aparece otra amenaza, menos espectacular que El Niño, pero mucho más persistente: la contaminación.

La contaminación por desagües y plásticos constituye una amenaza real para los ecosistemas marinos y plantea la necesidad de políticas específicas. Esta advertencia resulta particularmente relevante porque, mientras El Niño responde a una dinámica natural que debemos monitorear y anticipar, la contaminación tiene una característica distinta, pues somos nosotros quienes la generamos y, por tanto, también quienes podemos reducirla.

El Niño no es nuestro enemigo. Es parte de la dinámica natural del océano. Lo que sí puede convertirse en un problema es pretender que un ecosistema sometido a contaminación, perturbación de hábitats y otras presiones conserve indefinidamente la misma capacidad de respuesta frente a un fenómeno extremo.

Fenómeno El Niño y su impacto en la pesca. REUTERS/Sebastian Castaneda
Fenómeno El Niño y su impacto en la pesca. REUTERS/Sebastian Castaneda

Por eso, la incertidumbre sobre El Niño no debería quedarse únicamente en cuánto lloverá, cuánto calentará el mar o qué ocurrirá con la próxima temporada de pesca. También deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo hoy para que nuestras especies marinas tengan posibilidades de recuperarse mañana.

Porque cuando las aves abandonan una colonia, cuando los lobos marinos dejan de encontrar alimento o cuando la anchoveta se desplaza hacia aguas donde resulta más difícil acceder a ella, no estamos viendo solamente una alteración oceanográfica.

Estamos viendo la respuesta de un ecosistema que nos está diciendo, a su manera, cuánto puede soportar.

Jennifer Vilches

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD