
Javier Milei se define como un liberal libertario anarcocapitalista y de la escuela austríaca. En mi opinión una mezcla un poco rara.
Teniendo presente que el Presidente descubrió la escuela austríaca de economía hace pocos años -recordemos que en 2015 era asesor de Daniel Scioli en la campaña electoral vía la Fundación Acordar que apoyaba al kirchnerismo, al punto que incluso llegó a elogiar la intervención del BCRA en el mercado de cambios, siendo Axel Kicillof ministro de Economía-, tal vez no hay tenido tiempo de leer a sus autores.
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En mi opinión los dos exponentes más brillantes de la escuela austríaca son Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, este último discípulo de Mises en sus seminarios privados que hacía en Viena, antes de la llegada de los nazis a Austria.
La obra de Mises es monumental. Va desde La Acción Humana, un tratado de economía de 1.066 páginas, Socialismo, Teoría del Dinero y del Crédito, Liberalismo, Burocracia, La Mentalidad Anticapitalista, Planificación para la Libertad y sigue el listado.
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Friedrich Hayek se destaca por obras como The Constitution of Liberty, Derecho Legislación y Libertad, Desnacionalización de la Moneda, el excelente libro Camino de Servidumbre y, por supuesto, La Fatal Arrogancia, entre otros.
Además de Mises y Hayek, hay otros grandes economistas de la escuela austríaca, muchos de ellos discípulos de Mises, como Machlup, Sennholz, Kirzner, Rothbard, Hazlitt y Spadaro.
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Una biblioteca prolífera y esencial
Cada uno de ellos tiene varios libros publicados. Por ejemplo, Hazlitt, además de La Economía en una Lección, escribió uno dedicado a refutar la teoría keynesiana que se titula Los Errores de la Nueva Ciencia Económica, publicado en 1959, donde hace un detallado análisis de la obra de Keynes.
Conocer la escuela austríaca no es sencillo. Requiere de muchos años de lectura. Pero la pregunta que surge es: ¿qué opinaría Mises de la actual política cambiaria del gobierno?
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Para responder a este interrogante lo mejor es citarlo textualmente y no cometer la deshonestidad intelectual de plagiarlo.

Dice Mises en el capítulo XXXI, sección 6 de la edición de Editorial Sopec de 1968, sobre la intervención estatal en el mercado de cambios y el comercio bilateral: “Cuando las autoridades se lamentan de la escasez de divisas, de lo que en verdad se quejan es de otra cosa; a saber, del efecto provocado por su política de tasación de precios. Al precio oficial arbitrariamente señalado, la demanda excede a la oferta”.
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Luego agrega: “En el deseo de remediar la situación adóptanse medidas tendentes a restringir la demanda de divisas (actual cepo -agrego yo-). Sólo quienes vayan a destinarlas a operaciones previamente aprobadas por la administración podrán en lo sucesivo adquirirlas… serán restringidos los viajes allende las fronteras”.
“El poder público, en el caso de proseguir por el camino de la injerencia, nacionaliza el comercio exterior. Todo aquel que reciba divisas procedentes, por ejemplo, de una exportación -habrá de cederlas al correspondiente organismo al precio oficialmente fijado-”.
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El párrafo anterior describe exactamente la actual situación del comercio exterior en que el Gobierno obliga a los exportadores a vender sus divisas al BCRA al tipo de cambio fijado arbitrariamente.
Y Mises finaliza ese el capítulo XXXI con la siguiente frase: “El control de cambios no es, en realidad, sino un nuevo paso por el camino que conduce a la implantación del socialismo. Contemplado desde cualquier otro ángulo, su ineficacia es notoria”.
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De todo lo anterior, es evidente que eminencias como Mises jamás convalidarían ni el control de cambios ni el consiguiente cepo. Nada más contrario a la escuela austríaca de economía que este tipo de intervencionismo que el Gobierno se empeña en justificar con diferentes argumentos.

Es más, cada vez que se le pregunta al ministro de Economía o al presidente Milei cuándo van a eliminar el cepo, se van agregando ingredientes para decir que primero hay que removerlos Dicho de otra manera, extienden el plazo constantemente.
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Que Javier Milei, que recién conoce la escuela austríaca de economía, se diga a sí mismo austríaco, vaya y pase. Lo que es incomprensible es que economistas que estudiaron a estos autores y amigos liberales que conocen muy bien cómo funciona una economía liberal, terminen justificando el control de cambios, el cepo, la confiscación a los exportadores de parte de sus ingresos, subsidiar las importaciones con tipos de cambio artificialmente bajos y demás intervenciones.
Finalmente aclaro, que la escuela austríaca de economía no es “Palabra de Dios”, pero tampoco corresponde asignarle a esa corriente de pensamiento económico institucional medidas que, a todas luces, son intervencionistas.
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