
Durante los primeros días de diciembre, dos niños de comunidades originarias del Norte de Salta murieron debido a la extrema vulnerabilidad que enfrentan día a día. Ambos tenían 4 años, dos vidas que apenas comenzaban y que se apagaron en medio de una tragedia que, lamentablemente, con demasiada frecuencia pasa desapercibida en nuestro país. Hoy, mientras nos preparamos para celebrar las fiestas, estas pérdidas nos obligan a reflexionar sobre una realidad que no podemos seguir ignorando.
Estas muertes nos recuerdan la fragilidad extrema en la que viven miles de niños en el norte argentino. Es inaceptable que crezcan en estas condiciones. Como sociedad, tenemos la obligación de reflexionar sobre esta cadena de desigualdades estructurales que persiste en nuestro país y buscar soluciones reales y sostenibles.
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Los datos son alarmantes y no dejan lugar a la indiferencia. Según el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA, en el último trimestre de este año, el 65,3% de los niños en Argentina vive en situación de pobreza, y el 16,2% en indigencia. Estas cifras representan los niveles más altos en más de una década. En el Norte argentino, la crisis se agrava: en áreas rurales de provincias como Salta, el acceso a agua potable, servicios básicos y alimentos adecuados sigue siendo un privilegio inalcanzable para muchos chicos.
En Pata Pila hemos aprendido que, detrás de cada caso de desnutrición, existe una cadena de causas: falta de acceso a alimentos, agua potable, atención médica y educación. En nuestras visitas a las comunidades originarias, encontramos madres que caminan kilómetros para buscar agua, familias que comparten lo poco que tienen y niños que enfrentan cada día con una resiliencia que no debería ser necesaria a tan corta edad.
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La Navidad, para muchos, es una época de alegría, esperanza y generosidad. Pero esta generosidad no puede quedarse en los buenos deseos; debe transformarse en acción. Desde Pata Pila trabajamos en programas de nutrición que impactan a más de 1.500 niños y niñas en seis centros, cinco en la provincia de Salta y uno en Mendoza, ofreciendo programas integrales de nutrición, salud y desarrollo comunitario. Sin embargo, este esfuerzo no será suficiente si como sociedad no asumimos nuestra responsabilidad colectiva.
Cada vez que elegimos mirar hacia otro lado, perpetuamos una desigualdad que mata. La muerte de estos niños nos recuerda que el hambre no se toma vacaciones ni respeta festividades. Este diciembre, mientras preparamos nuestras mesas para celebrar, recordemos que hay miles de niños que no tienen nada que comer. Transformemos esta realidad. Participemos, donemos, exijamos políticas públicas que prioricen a los más vulnerables. Porque la Navidad debería ser una época de esperanza para todos. Pero, lamentablemente, hoy no lo es.
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