
El cambio de autoridades que ocurrirá en enero en Estados Unidos ha fortalecido al dólar. Todavía hay bastante incertidumbre acerca de cuánto se cerrará la economía estadounidense al comercio internacional y qué hará el nuevo gobierno con la política fiscal; de hecho, al final de la presidencia de Joe Biden, la tasa de interés real es mayor que la que se observó en la primera presidencia de Donald Trump y el dólar multilateral estimado por la Fed es también más fuerte.
En cualquier caso, a valores constantes, la soja tocó mínimos durante la presidencia de Trump y la de Biden (Gráficos 1 y 2).
Pero a ello se sumó la depreciación del real, generada por factores idiosincráticos de Brasil. Estos movimientos fortalecieron el tipo de cambio real multilateral (TCRM) que elabora el BCRA, que, a fin de noviembre, se ubicaba en un nivel similar al promedio de los años 2015 o 2017, aunque todavía 15% más depreciado que en el último año de la Convertibilidad.
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En cualquier caso, la estimación del TCRM debe complementarse con otros indicadores. Si se analiza la evolución de los salarios privados y se los ajusta por la inflación estadounidense, en el último año de la Convertibilidad se pagaba un promedio de USD 1.500 por mes y en los años 2015, 2017 y 2018, incluso valores superiores.

Hoy el promedio es equivalente a USD 1.100, aproximadamente. El magro desempeño de la productividad laboral argentina no es lo suficientemente relevante para modificar este panorama.
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La mejora en la política macroeconómica puede dar lugar a entrada de capitales y, además, hay en el horizonte un shock positivo a las exportaciones por la energía, la minería y el catch-up del campo tras la ventaja que nos sacaron los vecinos por el castigo al que fue sometido por el populismo kirchnerista.
Pero se debe tener en cuenta algunos puntos:
- este año, las exportaciones medidas en dólares constantes serán alrededor de un tercio menores que los picos alcanzados en los momentos de precios récord de la soja;
- el punto de partida es un BCRA con reservas netas negativas y cepo;
- algunos de los flujos que han permitido a la autoridad monetaria comprar divisas son transitorios (como el blanqueo); y
- no parece prudente gastar a cuenta de un shock positivo por venir cuando hoy enfrentamos uno negativo.
De cualquier manera, shocks positivos a las exportaciones y un manejo prudente de la política macro pueden acotar el traspaso de una depreciación a los precios, aún en economías muy dolarizadas. Ese ha sido el caso de Uruguay en los últimos veinte años, como ilustra el Gráfico 3. Depreciaciones de más de 20% interanual tuvieron un impacto en el tipo de cambio real, pero no uno muy importante en la tasa de inflación. Y, además, el tipo de cambio real se apreció en forma sostenida cuando se mira la tendencia a lo largo de esas dos décadas.
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Es cierto que en Argentina estamos todavía lejos de esa situación, pero la mejora notoria en la política fiscal podría hacer que una depreciación del tipo de cambio impacte menos en los precios que en el pasado.
Ante un shock externo negativo, los países de la región con políticas macro ordenadas dejan depreciar el tipo de cambio nominal y ello no impacta mucho en la tasa de inflación, precisamente porque esa depreciación acolchona el impacto en la economía doméstica de tal shock.
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Se avecina un año electoral y es evidente la intención del gobierno de seguir reduciendo la tasa de inflación.
Pero si la economía requiere de un tipo de cambio real algo más depreciado, se podría mantener sin cambios el ritmo de depreciación mensual en el 2%. Ello no sería interpretado como una alteración del régimen cambiario y es posible que la inflación siga bajando, precisamente porque el shock negativo requiere de una paridad cambiaria en términos reales algo más devaluada.
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El autor el Director y Economista Jefe de FIEL. Esta nota es un anticipo de Indicadores de Coyuntura 670 de FIEL
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