
Pensar en la vocación de los jóvenes no es solo una tarea que compete a ellos, sino una responsabilidad compartida entre los colegios y las familias. Este proceso va mucho más allá de un último año de secundaria y no puede limitarse a una decisión apresurada que recaiga únicamente sobre los hombros de un adolescente que apenas empieza a definir su futuro. Si a los 17 o 18 años nos pidieran elegir algo tan determinante como de qué vamos a vivir, cómo trabajaremos o qué nos hará felices a lo largo de nuestra vida, el desafío resultaría abrumador e incluso imposible. Es un momento de grandes cambios y desafíos para los jóvenes, donde quieren disfrutar y divertirse, pero al mismo tiempo se les exige tomar decisiones cruciales sin tener aún una clara perspectiva sobre el futuro.
El problema de este enfoque radica en la falta de preparación y la falta de herramientas adecuadas para afrontar la elección. Los jóvenes, en su mayoría, no conocen en profundidad las carreras, las facultades, las profesiones o las posibilidades de inserción laboral, y tampoco tienen claro si estudiarán en su país o en el extranjero, o si optarán por la educación pública o privada. Por eso, enfocar toda la orientación vocacional en el último año de la secundaria es un error que debemos evitar los adultos, para no transmitirles esa presión a los jóvenes.
En la Red Educativa Itinere, la cual fundé, preferimos abordar este proceso de manera integral y lo denominamos “proyecto personal de vida”. Este enfoque comienza desde los 14 o 15 años, y se va desarrollando con diversas aproximaciones y actividades que buscan ayudar a los estudiantes a conocerse a sí mismos y explorar sus intereses. Para nosotros, la escuela debe ser un espacio de experiencias, un “laboratorio de ensayos” donde los estudiantes puedan descubrir sus fortalezas, debilidades, intereses y formas de aprender. Además, es fundamental que comprendan cómo se relacionan con el conocimiento y con sus compañeros.
Para lograrlo, es necesario proponer una variedad de programas y proyectos que permitan a los estudiantes trabajar tanto de manera individual como grupal, interactuando con compañeros de otros contextos y colegios, incluso en otros países. Estas actividades deben incluir temas tecnológicos o idiomas, intercambios académicos, proyectos de emprendedurismo, acción y servicio, investigación, así como experiencias artísticas y modelos de debate. Todo esto forma parte de un aprendizaje significativo, que no se limita solo a la teoría, sino que busca aplicar lo aprendido en contextos reales.
A medida que los jóvenes avanzan en su recorrido educativo, este “proyecto personal de vida” se va profundizando, especialmente en los últimos años de secundaria. En ese momento, la orientación vocacional se vuelve más sistemática e incluye la posibilidad de consultas con psicopedagogos, quienes mediante técnicas formales pueden evaluar los intereses, características y habilidades del estudiante. Es también el momento para promover visitas a universidades, charlas con profesionales de distintas áreas —algo que en la Red Itinere llamamos “desayunos con profesionales”— donde no solo se habla de las carreras, sino también de las experiencias personales y los enfoques de vida.
Es importante evitar limitar la orientación vocacional a las carreras tradicionales y habituales. Debemos esforzarnos por mostrar una diversidad de opciones, incluidos caminos no convencionales, y ofrecer a los jóvenes la oportunidad de participar en concursos, competencias y experiencias prácticas en colaboración con universidades o empresas, que muchas veces pueden resultar en becas o facilitar la transición al entorno universitario.
En resumen, la orientación vocacional es un proyecto que debe comenzar temprano, al menos desde la mitad de la secundaria, para que los estudiantes tengan tiempo de conocerse, descubrir sus intereses y desarrollar sus capacidades. Es vital tener en cuenta que las trayectorias universitarias y laborales actuales son cada vez más cambiantes y flexibles; las decisiones no son definitivas. Algunos pueden optar por carreras cortas y luego especializarse en áreas específicas, o incluso cambiar de rumbo si es necesario. Cuanto más claridad tengan los jóvenes sobre sí mismos, sus intereses, el contexto y las posibilidades laborales, más acertadas serán sus decisiones y, por ende, mayor será su satisfacción y menor el riesgo de frustración. La clave es acompañar a los jóvenes en este camino, brindándoles las herramientas y el tiempo necesarios para construir su propio proyecto de vida.
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