Todos jugamos más de lo que pensamos

Cada uno de nosotros tiene un costado de gamer en su interior y, aunque no lo notemos, la vida cotidiana y los videojuegos están mucho más conectados de lo que imaginamos

Los videojuegos han pasado de ser una simple actividad recreativa a convertirse en un fenómeno mundial y en algunos casos, en un deporte profesional reconocido.
Los mecanismos que sustentan los videojuegos se han infiltrado en nuestras vidas cotidianas
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¿Te considerás un gamer? Para muchos, la respuesta inmediata podría ser “no”. La palabra gamer evoca imágenes de personas con auriculares frente a pantallas brillantes, inmersas en mundos virtuales donde la realidad parece ser secundaria. Sin embargo, en este Día Internacional del Gamer, hay una verdad más amplia y quizás sorprendente que merece ser reconocida: todos jugamos, incluso cuando no nos damos cuenta.

El término gamer ha cobrado fuerza en las últimas décadas, en paralelo con la creciente popularidad de los videojuegos. Pero aunque no todos tengan una consola con joysticks o pasen horas en competiciones online de juegos de trivia, fútbol o puntería, los mecanismos que sustentan los videojuegos se han infiltrado en nuestras vidas cotidianas, transformando incluso las actividades más ordinarias en experiencias que se vuelven más ágiles y livianas a partir de los recursos que ofrecen los juegos.

Imaginemos esto: acumular puntos en un programa de recompensas del supermercado para obtener descuentos en tu próxima compra, o usar una app de preguntas y respuestas para medir cuánto has estudiado antes de un examen importante. Tal vez intentás superar tu propio récord de pasos diarios con una aplicación de fitness o buscás completar las metas semanales en una app de idiomas para alcanzar una medalla digital. ¿Te suena familiar? Estas actividades, aunque alejadas de la idea convencional de “juego”, se basan en los mismos principios que los videojuegos: desafío, recompensa, niveles, progresión, competencia, entre otros.

Este fenómeno no es nuevo, aunque ha adquirido una forma más concreta en los últimos años. Desde la aparición de los primeros videojuegos en las décadas de 1950 y 1960, como “Tennis for Two”, de William Higinbotham, y “Spacewar!”, de Steve Russell, los videojuegos han ganado terreno. Sin embargo, fue con el lanzamiento de “Pong” en 1972 y la posterior popularización de consolas como la Atari 2600 cuando comenzaron a penetrar en la cultura de masas.

A medida que los videojuegos se convirtieron en una industria multimillonaria, superando a las de la música y el cine juntas, los elementos de los videojuegos comenzaron a aparecer en otros contextos. En la primera década de los 2000, conceptos como la “gamificación” -el uso de elementos de juego en situaciones no lúdicas- empezaron a ser implementados en marketing, educación y salud.

Ya no se trataba solo de entretener; se trataba de motivar e involucrar, de hacer que la gente participe más activamente en tareas que de otra manera podrían parecer rutinarias o aburridas.

Así, hoy en día, cuando canjeás rápidamente los puntos de tu banco antes de que se venzan, o cuando te esforzás por asistir diariamente al gimnasio para entrar en el sorteo mensual, estás jugando. No porque busques diversión, sino porque las estructuras del juego están diseñadas para mantenernos comprometidos y motivados, casi sin que lo notemos.

En un mundo cada vez más interconectado, donde el Internet de las Cosas nos mantiene unidos a la tecnología en cada aspecto de nuestras vidas, los mecanismos de los videojuegos se han convertido en parte integral de nuestra rutina diaria. Todos, en cierta medida, somos “gamers”. Jugamos cuando aceptamos un desafío, cuando buscamos una recompensa, cuando competimos o cuando intentamos progresar en cualquier aspecto de nuestras vidas.

Entonces, este 29 de agosto, mientras algunos celebran con consolas y computadoras (o con cartas de truco), quizás sea un buen momento para celebrar sobre cómo jugamos todos, a diario, sin siquiera notarlo. Porque, al final del día, los videojuegos nos han enseñado que la vida también puede ser un juego: uno en el que la recompensa no siempre es tangible, pero donde el desafío es lo que nos mantiene en movimiento.

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