
Cuando terroristas de Hamas invadieron Israel e iniciaron la masacre de más de 1200 personas -a muchas de las cuales violaron, mutilaron, decapitaron e incendiaron- y secuestraron a otras 250 hacia la Franja de Gaza, aquella mañana fatídica del 7 de octubre de 2023, Ismail Haniyeh se hallaba en Doha, donde residía en un hotel de lujo. Lo acompañaban otros dirigentes de la milicia integrista palestina, entre ellos Saleh al-Arouri, el enlace de Hamas con Teherán, que tenía su base en Beirut, pero se había desplazado a Catar ese día.
Mientras seguía la cobertura de Al-Jazeera sobre la invasión de Hamás al sur de Israel, Hanyeh, vestido con traje impecable, permite ser filmado en tanto agradece a Alá el golpe que se ha asestado. Se lo ve a él y sus colegas postrarse y rezar. Dijo entonces el líder de Hamas: “Esta es una postración de gratitud por esta victoria. Alá, por favor otorga tu apoyo y gloria a nuestro pueblo y nación. ¡Alá u Akbar! ¡Alá u Akbar! Alabado sea Alá”.
Un poco más tarde ese mismo día, dirá a Al-Jazeera: “Este es un llamado a nuestra resistencia, a nuestra Cisjordania, a nuestro pueblo, a nuestra resistencia en el exterior, a nuestros aliados estratégicos, a todos los hijos de esta nación: hoy es su día. Estamos al borde de la victoria. Seamos socios en la creación de esta gran victoria, inshallah”. Poco más de dos semanas después, proclamará la utilidad política de que mueran civiles palestinos en los bombardeos de Israel: “La sangre de las mujeres, los niños y los ancianos […] somos nosotros los que necesitamos esta sangre, para que despierte en nosotros el espíritu revolucionario, para que despierte en nosotros la determinación”.
Haniyeh fue uno de los miembros fundadores más jóvenes de Hamas, en 1988, ya que cooperaba con el líder espiritual del grupo, el jeque Ahmed Yassin. Fue arrestado por las autoridades israelíes y más tarde deportado al sur del Líbano, en diciembre de 1992, junto con aproximadamente otros 400 islamistas, luego de que el grupo asesinara a seis agentes de seguridad israelíes. Bajo presión internacional, Israel se vio obligado a revocar la medida; Haniyeh regresó a Gaza en 1993 después de la firma de los Acuerdos de Oslo. Era un cuadro jerárquico de Hamas cuando el grupo lanzó una oleada de actos de terror suicida en las calles, buses, discotecas, pizzerías y universidades de Israel. Tenía una posición de liderazgo cuando el movimiento tomó la Franja de Gaza por medio de un golpe de Estado y expulsó (y en el camino mató) a funcionarios de Fatah para transformar a Gaza en una base de agresiones jihadistas contra Israel.
Tiempo después, el sunita Hamas se asoció con la república chiíta de Irán, abrió oficinas en varios países del Medio Oriente, mejoró el rango de sus cohetes, se nutrió de dinero catarí e iraní, además de desviar fondos de asistencia humanitaria internacional, para construir una sofisticada red de túneles de cientos de kilómetros de extensión, aplastó a dialoguistas, asesinó a sospechosos de colaborar con Israel, ejecutó a homosexuales, encarceló a disidentes y reprimió a las mujeres. Desde la modernista Doha, Haniyeh cultivó vínculos con Turquía, Rusia y China y consolidó la alianza con Teherán. En suma, Haniyeh fue un terrorista absoluto que lideró un movimiento jihadista híper violento al cual alió a las peores potencias revanchistas antioccidentales.
Es necesario recordar quién fue Ismail Haniyeh dada la cobertura bochornosamente adulatoria de su persona que es tendencia en los medios masivos de comunicación, especialmente en los de Occidente. Luego de que muriera en una explosión en su residencia como invitado del régimen ayatolá en Teherán, medios establecidos lo han presentado ante la opinión pública como un “mediador”, un “líder pragmático” o un “negociador moderado” entre otras caracterizaciones amables. Al observar esta cobertura extraña, Elkana Bar Eitan escribió en The Times of Israel: “No hay nada sobre sus constantes llamamientos a destruir el Estado de Israel. Ni una sola palabra sobre su papel en la masacre de Hamás del 7 de octubre. No hay nada sobre su lujoso estilo de vida, viviendo en el Hotel Four Seasons y volando en aviones privados. Ni una sola palabra sobre su corrupción en curso y cómo robó miles de millones de dólares al pueblo palestino”. “Al Qaeda y el ISIS no pueden tener ´alas políticas´ con diplomáticos terroristas vestidos con trajes caros”, notó un editorial de The Wall Street Journal. “¿Por qué debería tratarse de manera diferente a Hamás?”. “Por más frustrados que estén los estadounidenses con los ataques”, debió comentar el historiador Walter Russell Mead, “Washington difícilmente puede condenar a Israel por eliminar a tres de los principales objetivos de la lista estadounidense de terroristas globales” en alusión a las ejecuciones de Mohammed Deif de Hamas, Fuad Shukr de Hezbolá y del propio Hanyeh, atribuidas a Israel.
Es en tiempos como éstos cuando muchos editores y periodistas exhiben sus verdaderos colores ideológicos. La glorificación de un terrorista realmente cruza todo límite profesional, y no puede mezclarse con la habitual preocupación por el destino de los civiles palestinos. Esta mirada delicada, este trato cortés, hacia un asesino legendario, contrasta intensamente con la incesante crítica impaciente que le es extendida a Israel en buena parte de la órbita mediática. Aunque el espectáculo duela, es bueno que esto haya ocurrido. Expone sin tapujos los atributos morales de quienes reportan -en rigor, juzgan- a diario a Israel. Las máscaras, damas y caballeros, yacen en el suelo.
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