
El gobierno de Milei rompió el pacto moral que pensó que tenía con la sociedad. El interminable caso Adorni y la sucesión de escándalos de corrupción terminaron con la credibilidad de su discurso anti casta, porque quedó atrapado en lo peor de la política y lo que más condena la sociedad: los negociados, el aprovechamiento del Estado para beneficio personal, el enriquecimiento ilícito a la vista de todos. Lo cierto es que la gente además de sufrir la crueldad del ajuste, de haberse pulverizado el poder adquisitivo de las familias, destruido pymes y desmantelado políticas públicas, siente todo lo ocurrido como una estafa.
En el plano económico el relato se desmorona. La inflación, pese a bajar de su pico inicial sigue castigando en los precios de los alimentos, los alquileres y los servicios básicos. El dólar planchado artificialmente destruyó la competitividad exportadora. La recesión no termina nunca, el consumo está en sus pisos históricos, el desempleo formal aumenta y la actividad depende de los sectores primarios. La economía no despega porque Milei carece de una estrategia de desarrollo productivo. Sólo hay obsesión fiscal y cepo cambiario, una combinación que tiene a la economía anestesiada indefinidamente.
Milei enfermó a la Argentina. Es cierto que ya venía rota y por eso lo eligió. Pero ahora ha enfermado el tejido social, con el odio como método de gobierno. Enfermó la economía con un experimento sin sustento, y la democracia con su desprecio por el disenso y la conversación pública. Ahora la tarea es curar. Pero curar no es sólo sacar a Milei en 2027. Es salir del sistema de ideas y prácticas, del Estado capturado para los negocios de algunos, de la grieta como única narrativa posible, del ajuste sobre los mismos de siempre: los trabajadores y la clase media.
Sin embargo, frente a esto también tenemos un riesgo. No se trata de que Milei sea reemplazado en el futuro por una versión de mejores modales, un plan que, dicho sea de paso, ya estaría en marcha. Esa no será la cura. Argentina necesita un cambio de rumbo. Orden fiscal sí, pero no a costa del hambre del pueblo. Ya tuvimos superávits gemelos en contextos virtuosos. Un Estado inteligente con marcos regulatorios adecuados es necesario, pero no desregulado y privatizado sin límites. La estabilidad económica no se negocia, pero con producción, empleo y búsqueda del bienestar de las familias. El desafío es construir una economía ordenada sin romper a la sociedad. Un trabajo que requiere gran compromiso, empatía e inteligencia política.
La pregunta que surge es quién puede liderar este proceso. La respuesta inicial no está en una persona, sino en un método. La gente está harta de los de siempre. Y eso incluye al propio peronismo. Lo han dicho las urnas y lo dicen las calles. Cualquier intento de repetir fórmulas del pasado, negociación entre dirigentes o disfrazar de novedad lo que es continuidad de las mismas caras o nombres está condenado al fracaso. La renovación no puede ser cosmética: debe ser política, nominal, técnica y de prácticas.
Por eso no alcanza con hablar de unidad del peronismo o del campo nacional. La unidad suena a acuerdo o reparto entre facciones. Lo que necesitamos es una síntesis. Que es mucho más que unidad. Síntesis entre estabilidad y justicia social. Síntesis entre equilibrio fiscal y desarrollo. Síntesis entre Estado y mercado. Síntesis entre modernización y protección social. Síntesis entre producción, innovación tecnológica y trabajo.
Esa síntesis requiere nuevos protagonismos. Personas creíbles, transparentes, con capacidad técnica y vocación política. Un Estado inteligente y profesional, requiere equipos que sean lo opuesto al gobierno de improvisados y oportunistas que vemos hoy. La política exterior, por ejemplo, debe dejar de ser un circo de adhesiones emocionales y volverse una herramienta de desarrollo pragmático, multipolar, orientada al interés nacional. Lo importante ya no puede ser el show mediático, las redes o esa “trucha” batalla cultural. Lo prioritario debe ser el trabajo, la producción, las familias, el desarrollo, la justicia social.
Debemos cambiar las prioridades y las voces que las enuncian. Discursos frescos que conecten con las demandas de las distintas generaciones de argentinos, que hablen desde la autenticidad y no desde un libreto. Que tengan en claro un programa de gobierno acorde a los tiempos que corren, que miren el futuro y no el espejo retrovisor. Personas capaces de gobernar un país complejo en un mundo muy diferente al de hace veinte años. Con ejes en el desarrollo productivo, el tratamiento responsable de la deuda, el equilibrio fiscal con inclusión, la geopolítica del Sur global, un Estado inteligente, la justicia social y el crecimiento con distribución, y todo esto se traduzca en políticas concretas que la gente pueda palpar en su vida cotidiana.
Salir de Milei, sólo será posible, si construimos un proyecto común que reemplace el odio por el amor y la esperanza, el conflicto por la cooperación, la improvisación por la planificación y la corrupción por la transparencia. La Argentina está enferma y triste pero no está vencida. La cura no vendrá de más ajuste, sino de una nueva propuesta que emerja como síntesis política y social. Como vengo sosteniendo hace tiempo, más que hablar del futuro del peronismo, hay que animarse a ser el peronismo del futuro, que es simplemente, el futuro de nuestra Argentina.
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