Apenas comenzaba el año 2018 cuando el entonces senador Miguel Ángel Pichetto señalaba un error de concepción del gobierno, por entonces de Cambiemos: “Algunos ministros creen que gobernar es hacer una ley, pero en la Argentina sobran leyes”, dijo en aquel momento. De allí era evidente concluir que para él gobernar es otra cosa.
Seis años después, ahora desde su banca de diputado y desde la presidencia de un bloque necesario para los acuerdos parlamentarios, Pichetto se ha convertido para el todavía amateur oficialismo en un exégeta de lo que realmente es necesario para gobernar.
En la admonición que les hacía a sus futuros socios políticos en 2018, Pichetto no definió qué es lo que él sí considera que es gobernar, pero lo hizo hace pocos meses, cuando volvió a advertir, ahora al gobierno actual: “Hay que construir mayoría parlamentaria para poder gobernar cuatro años. Si el gobierno no va a un camino de coalición, tendrá dificultades”.
En estas últimas semanas, el equipo presidencial pareciera haber empezado a entender que no es lo mismo presidir el país que gobernarlo. Por eso, de a poco, se van acallando los argumentos de que con los votos de las urnas se pueden justificar las acciones de gobierno, y empieza a haber signos de que gobernar, como sugiere Pichetto, es otra cosa.
Llegar con la propia idea y amoldar la realidad a martillazos es un ideologismo. En el otro extremo, no tener ninguna idea previa sobre la realidad es puro pragmatismo; y hay quienes dicen que la posición intermedia entre ambas, se llama populismo. Desde cualquiera de estas miradas, ya lo sabemos, se puede edificar un gobierno.
En el ala ejecutiva, el primero en abandonar el ideologismo que era omnipresente en el discurso del gobierno fue el ministro de Economía, Luis Caputo, al desregular un mercado para luego volver a regularlo porque interfirió con sus números e intereses. A tal punto volvió sobre sus pasos que él mismo puso una fórmula para la actualización de las tarifas de las prepagas.
Siguiendo con Economía, los aumentos de tarifas empezaron a golpear a los sectores de más altos ingresos, pero el gobierno demora la quita de subsidios al consumo medio y bajo, también interviniendo en un mercado que, como el de las prepagas, puede “equivocarse” si el Estado no lo sigue mirando de cerca.
En el ala legislativa, Martín Menem, pero debemos sumar a Guillermo Francos, Karina Milei, Santiago Caputo, Nicolás Posse, tejieron una ley posible, recortada, administrada. Ya se ha abundado lo suficiente en este punto.
El resultado de estos virajes es que está emergiendo una etapa distinta de este gobierno, una que se caracteriza por haber empezado a comprender que el sistema democrático está basado en la tensión de fuerzas, y no es la dictadura de las mayorías. Es el “factor Pichetto” de la política: volver al sistema y acudir al que hay que acudir cuando es preciso gobernar en serio, más allá del estilo, la agresión, la burla, y otras inconsistencias.
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