
Jesús hizo su entrada triunfal en Jerusalén, su fama se había extendido por su predicación y sus milagros, la gente lo quiere como Rey y le da una bienvenida triunfal. Jesús pide un burro prestado, no quiere una entrada triunfal en un caballo, el burro es un animal de carga, simple y sencillo. La procesión arranca en Betfajé, siguió un camino de cornisa con vistas impactantes, hasta llegar a la cima del Monte de los Olivos. Hay una pequeña capilla construida en el lugar desde donde se tienen una de las vistas más imponentes de la ciudad, que está más abajo. La capilla se llama “Dominus Flevit” que traducido significa: “El Señor lloró”. Es descendiendo por el camino que bordea ese monte, donde la gente comienza a cortar ramas de los olivos y de las palmeras, para aclamarlo. La puerta que atravesó, es la puerta dorada, que hoy permanece tapiada.
Cada Domingo de Ramos, la iglesia conmemora este rito con una procesión, alegre y solemne, llevando ramos de olivo que después se bendicen. Una vez en la Iglesia se lee la pasión. El clima cambia de la alegría a la tristeza.
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En la Plaza de San Pedro, antes de la misa tuvo lugar la procesión desde el obelisco central de la plaza, donde las ramas de olivo fueron bendecidas. Después se trasladaron hasta el interior de la basílica en uno de los ritos más antiguos del catolicismo, que data del siglo IV y en el que hoy participaron 30 cardenales, 25 obispos y 350 sacerdotes y que había reunido a más de 60.000 fieles.
Estuve esperando las palabras del Papa para escribir este artículo pero el Papa Francisco no leyó este domingo la homilía que había preparado para la misa del Domingo de Ramos. En la apertura de la ceremonia, el Papa, de 87 años, había mostrado una voz cansada y al final de la lectura del Evangelio, cuando se esperaba su palabra, siguió un prolongado silencio tras el cual se pasó directamente al Credo.
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La decisión del Papa, que prefirió no leer la homilía para dejar un tiempo de reflexión personal, fue totalmente inesperada, ya que no estaba previsto que lo hiciese, en una ceremonia tan destacada como Domingo de Ramos y sorprendió a todos al hacerlo.
Hace más de tres semanas, el papa Francisco tuvo una gripe y desde entonces aunque ha seguido con su agenda no ha podido leer en muchas ocasiones ya que se cansa al leer largos discursos.
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El pasado miércoles, durante la audiencia general, Francisco no leyó la catequesis preparada y en su lugar lo hizo un colaborador porque, afirmó: “Todavía no puedo”, en referencia a los problemas respiratorios que arrastra. En esta ocasión no leyó el texto ningún colaborador y el Vaticano no dio ninguna explicación inmediata sobre la causa por la que Francisco se saltó la homilía; sin embargo, si hubiese pronunciado la homilía como se hace siempre, no hubiese sido noticia. Quizás podríamos aprovechar este gesto del silencio.
Nos aproximamos a un feriado extralargo, pero los cristianos no deberían pensar solo en el tiempo libre. Es un momento del año para hacer un poco de silencio en medio de tantas palabras, a veces huecas, o vanas. Entre tanto gurú que desde las redes sociales nos quiere enseñar sobre dietas, salud mental, meditación y entrenamiento corporal; es bueno volver los ojos al verdadero maestro que nos enseña que hay que morir, para vivir; que la vida es una pasantía que se acaba rápido, así como el cuerpo envejece por mas tratamientos que queramos aplicarle. ¿Cuánto tiempo le dedicamos a hacer silencio para contemplar nuestro yo interior? Sobre todo para encontrarnos con Dios que es la fuente de la verdadera alegría.
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Tras la misa, Francisco, si rompió el silencio, llevó a cabo el rezo semanal dominical del Ángelus y sus llamamientos y mensajes posteriores. Rezamos por la salud del Papa y por nuestra salud espiritual, para que la Pascua nos encuentre a todos renovados.
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