
Hay dos indicadores que han generado mucho optimismo en las últimas semanas: superávit financiero y acumulación de reservas. Siendo que el déficit público es la madre de la mayoría de los desequilibrios y el desastre cambiario era el más urgente de los problemas a solucionar, es difícil no ser optimista. ¿Tenemos la cabeza fuera del agua entonces? ¿Es motivo de festejo? Todavía no. No porque los datos no sean positivos sino porque todavía no se sabe cuan sostenibles son.
Veamos el frente fiscal. El Estado logró en enero recaudar más de lo que gastó, inclusive considerando intereses de deuda. Hace más de diez años que Argentina no alcanza estos niveles de disciplina fiscal. Sostenible o no, el hecho de que se haya fijado como meta, es indudablemente una señal positiva. Sin embargo, hay que analizar cómo se cumplió esta meta. No es solo una cuestión ingresos mayores a gastos sino una cuestión de diferencias en velocidades de ajuste. Los ingresos tributarios tienen alta correlación con la inflación y un ajuste más inmediato que los gastos.
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Luego del salto cambiario del 13 de diciembre y la desregulación de precios de muchos bienes y servicios, la economía se vio ante un salto de nominalidad veloz que estuvo, adicionalmente, acompañado por aumentos impositivos. Por otro lado, el Estado tiene componentes del Gasto Público que aumentaron muy por debajo de la inflación. Por ejemplo, la fórmula vigente de movilidad jubilatoria prevé el próximo ajuste recién en marzo. Este descalce de ajuste representa más de 46% del Presupuesto. Este es uno de varios conceptos que se vieron ajustados a velocidades menores que los ingresos o directamente, quedaron congelados.
Con el frente cambiario sucede algo similar. Las exportaciones se liquidan más rápido que las importaciones. Hoy en día, la mayoría de los bienes y servicios importados tienen un régimen de pago en cuotas, por lo que la aparente acumulación de reservas se beneficia de otro descalce. El saldo de la balanza comercial de enero fue positivo por aproximadamente USD 800 millones, pero el BCRA sumó reservas netas por más de USD 3.200 millones, aun incluyendo pagos de deuda. Está claro que la balanza comercial puede no ser la única fuente de divisas, pero semejante disparidad no es sostenible. Esto implica que se está generando una nueva deuda de importadores con proveedores o casas matrices.
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A este fenómeno hay que sumarle la dispar velocidad de ajuste del tipo de cambio oficial y la inflación. El nivel de 800 del 13 de diciembre escalando al 2% mensual está siendo consumido por una inflación que, aunque descendente, transita a una velocidad que lo dejaría cerca de 500 en términos reales a fines de marzo. Esta ancla nominal está funcionando para contener la inflación, pero no por mucho tiempo más. El sector agroexportador probablemente demande en abril un tipo de cambio más competitivo para la liquidación de la cosecha gruesa, afectado también por el eternamente partidario precio de la soja. Con estos niveles de tipo de cambio libre, el régimen de liquidación con 20% libre no solo no es suficiente para el sector, sino que atenta contra la genuina acumulación de reservas.
Se desactivó una inminente hiperinflación, por lo que el equipo económico merece reconocimiento y, lógicamente, hasta ahora hemos presenciado la aplicación de medidas de contención más que un modelo integral macro. No descorchemos todavía; si bien los indicadores muestran señales positivas, la sostenibilidad de estos logros aún está por determinarse.
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*el autor es CEO Max Capital Asset Management
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