
El miedo es funcional a las peores causas. El miedo paraliza, subordina, anula. El miedo nos convierte en seres débiles, dependientes, maleables. El miedo es también un insumo de la política en sus peores versiones. Es una eficaz herramienta de campaña, especialmente útil en este tiempo de crisis económica en el que todas nuestras vulnerabilidades han sido llevadas al extremo.
El oficialismo hizo propia la estrategia del miedo. Juega fuerte a fondo. Pinta escenarios apocalípticos para nuestra cotidianeidad. No conforme con instalarnos al borde del precipicio nos advierte acerca de un supuesto empujón final para el caso de votar la opción opositora.
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Miedo a la suba del boleto de tren, al precio del litro de nafta, a la liberación de los miles de productos con precios pactados, miedo a tener que pagar el médico, a perder las escuelas, el acceso a la salud y la seguridad. Los días que nos separan del balotaje se han convertido en una suerte de tren fantasma aterrador que circula a toda velocidad hacia la nada.
Si pensamos en los miedos de este tiempo como quien está transitando un camino de doble mano también vemos venir de frente un camión irrefrenable.
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El ministro candidato apuesta al todo o nada. Con todos los fierros gubernamentales a su disposición nos propone sostener un Estado de cosas que no resiste. Infunde miedo desde otro lugar. El miedo a que nada cambie, a qué todo siga así, a que se profundice la debacle económica, la decadencia y la pobreza. Miedo a que no llueva o a que llueva más de la cuenta. Sequía o inundación, siempre en manos de Dios. El miedo a entrar en otro ciclo de populismo recargado. Miedo al massismo eterno.
Los sonidos de la campaña hacen silencio en relación a una realidad también pavorosa que incluye millones de trabajadores registrados bajo la línea de pobreza, otros tantos en la indigencia, miles de personas en lista de espera para ser operadas, otras tantas sin acceso a diagnóstico por falta de insumos, faltantes en góndolas y niños que no logran ser retenidos por la educación pública de escasa calidad en un contexto desmadre familiar y social, miedo a avance de los narcos en barrios y merenderos. Miedo a no llegar a fin de mes o de no llegar a casa.
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Hay otros miedos que infunde el candidato del oficialismo que son más difusos. Parecen no golpear en el día a día pero terminan engendrando el huevo de la serpiente. Cuestiones de las que no se habla pero que hieren de muerte a la democracia y las instituciones de la república. Fluidos cloacales que han desbordado las estructuras del poder.
Ni Sergio Massa, ni Javier Milei parecen interesados en responder cómo se paran frente a la escenas de corrupción explícita cuya pestilencia ha impregnado el tramo final de la carrera electoral.
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El destape de escándalos que aceleró la campaña no aparecen como materia que interese a los dos hombres que hoy se disputan la Presidencia de la Nación. Un espeso silencio de radio que afecta a los dos candidatos.
La red de espionaje rentado al servicio del Gobierno descubierta por la Justicia, y que involucra a un funcionario camporista de la AFIP, hizo arder esta semana pantallas y redacciones. Información ilegal, tan sucia como bien paga que alimentó el pretendido juicio a la Corte Suprema compromete a Máximo Kirchner y a La Cámpora.
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Las andanzas de “Chocolate” Rigau, el hombre que se dedicaba a ordeñar cajeros y que este viernes se negó a declarar, arrastra a hombres de la Legislatura Bonaerense cercanos a Sergio Massa. El bochornoso zafarrancho de combate que protagonizó Juan Nápoli, el banquero que dice representar a Milei ante los inversores extranjeros deja muy mal parados los valores libertarios. De todos estos asuntos no se habla.
Todos confían en el poder de fuego del candidato oficialista pero Sergio Massa no la tiene fácil. No solo porque las encuestas hablan de un escenario de paridad, de eventual empate técnico, algo que podría haber sido manipulado, sino porque las condiciones de este tramo de la campaña rumbo al balotaje son muy diferentes a las que precedieron a las generales de octubre.
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Para los allegados a Sergio Massa el argumento del macrimileísmo, en el sentido de que hay que votar a Massa para sacar al kirchnerismo del poder, es erróneo.
Los que conocen bien al candidato de Unión por la Patria, aseguran que nadie más indicado que Sergio Tomás Massa para sacar de raíz a los K. Claro que para eso necesita llegar a la Presidencia. Quienes lo conocen de otros momentos políticos dan fe de que marcará el final de la dinastía kirchnerista. Le sobra paño para llevarse puesto a lo que queda en pie de la administración kirchnerista, “noquis de La Cámpora” incluídos.
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Quienes siguen el tema de cerca tienen un vaticinio. Así como en 2005 Néstor Kirchner sacó definitivamente de escena a Eduardo Duhalde, en el 2025 Sergio Massa hará lo propio con CFK y los suyos.
La eventual llegada de Massa a la Casa Rosada representa para Cristina Fernández de Kichner y su núcleo duro una tremenda incomodidad.
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El triunfo de Axel Kicillof en la provincia de Buenos Aires retempló los ánimos de los cristinistas. Haber ganado la madre de todas las batallas les garantiza un búnker desde el cual resistir. Massa, en cambio, si se impone en el balotaje, habilitaría la llegada de un tiempo nuevo en el cual serían tarde o temprano desplazados de la zona de confort.

Es probable que el kirchnerismo de paladar negro esté evaluando un triunfo de Milei como algo muy conveniente en el mediano plazo. Especulan con la idea de que al libertario le explotará todo entre las manos y que no podrá sostener la situación. Eso es para quienes habitan el planeta K garantía de pronto retorno.
La idea de tener que elegir entre Massa o Milei a muchos les causa espanto. No solo por las extravagantes ideas del libertario y la precariedad de su armado sino por las dudas que genera su ADN político.
Milei es un artefacto parido por el kirchnerismo. Una suerte de hijo putativo de CFK capaz de hacerse cargo y catalizar todos los daños y frustraciones que la era k nos prodigó. Sin las patéticas condiciones a las que la era kirchnerista deja el país no hubiera sido posible la irrupción de un producto político tan estrafalario.
El dispositivo mileísta fue perfeccionado y alimentado por la astucia massista en orden a succionar los votos potenciales a Juntos. Dividir para reinar. Una jugada muy bien pensada. Pero el seamonkey se fue de las manos y cobró vigorosa vida propia. Con el inestimable auxilio de las rencillas internas de los cambiemitas devino en Frankenstein y se metió en la segunda vuelta. Así llegamos hasta aquí.
La idea de tener que optar entre Massa y Milei causa espanto. El voto en tercera vuelta o balotaje es vivido por muchos como una encerrona desesperante.
El dilema del voto en blanco sigue abierto y despierta encendidos debates.
El voto en blanco es pensado como un refugio, como un resguardo de la conciencia. Un derecho legítimo provisto por el sistema que alivia a los desconsolados. El voto en blanco, no obstante, tiene muy mala prensa. La cuestión abre una nueva grieta.
Votar en blanco es percibido por muchos como una defección, como un acto de cobardía, para otros como un fracaso. Esto es especialmente así para los que disponen de recuerdo y conciencia de lo que significó vivir en dictadura y el gozoso regreso al tiempo de las urnas. Votar en blanco duele.
En estos días tempestuosos se han escuchado argumentos de diverso tipo en orden a descalificar el voto en blanco. Es pura tibieza, una opción cómoda y cobarde, un dejar lugar para que otros decidan por vos.
Tampoco resulta fácil optar por el “mal menor” considerando las marcas de identidad política y personal de los dos candidatos que llegaron a esta dramática elección final.
La realidad pura y dura es que, en cualquier caso, de la elección del domingo 19 se sale con un Presidente electo. Es Sergio Massa o Javier Milei. Hasta aquí llegamos luego de un proceso electoral largo e intenso pero que se jugó dentro del sistema. El balotaje nos propone una opción entre dos que han sido votados por una mayoría.
Un mito a derribar es el que asegura que el voto en blanco suma al que va en primer lugar. No es cierto. En la tercera vuelta solo se computan los votos válidos. No se tienen en cuenta ni los votos en blanco, ni los nulos. A los efectos del escrutinio el voto en blanco equivale a no ir votar. El voto en blanco tiene un valor testimonial. Expresa que ninguna de las opciones te representa. En el mejor de los casos puede servir para el análisis político pero no define nada.
Es cierto que en esta oportunidad no concurrir a las urnas o votar en blanco puede que le sume al candidato de Unión por la Patria. Sergio Massa tiene un techo que no es precisamente de cristal. Eso no significa que le aumente el porcentaje de votos obtenidos. En este caso el porcentaje no cuenta. Pero considerando que el grueso de los indecisos se cuentan entre los votantes opositores, las ausencias y nulidades serán festejadas por el massismo. Basta con un solo voto más que el oponente para quedarse con el poder.

Queda una semana por delante para decidir el voto. Es tan fuerte la impronta emocional en estas elecciones que probablemente muchos definirán en el cuarto oscuro. A la hora de definirse pesa la conciencia, la dificultad para hacerse cargo de las consecuencias de las elección. A la hora de hacer pública la decisión a muchos los abruma la vergüenza.
En las elecciones generales votó el 77,24% del padrón. Los datos que arroja el escrutinio definitivo pueden servir a modo de orientación. Unión por la Patria obtuvo 36,78%, 9.853.492 votos, La Libertad Avanza 29,99%, 8.034990 votos, Juntos por el Cambio 23,81%, 6.379.023, Hacemos por nuestro país 6,73%, 1.802.068, Frente de Izquierda 2,7%, 722.061
Haciendo un redondeo podemos concluir en que, si el 37% votó el oficialismo, el 63% restante votó a la oposición. Si restamos el 30% que votó a Milei podemos decir que hay un 33% que no se ha sentido en principio representado por ninguno de los dos candidatos que llegaron a la tercera vuelta. Son los que están en crisis recalculando el voto.
A la hora de encontrar argumentos para emitir por un voto positivo cuando se reniega de la propuesta electoral conviene tener en cuenta algunos análisis.
Un criterio tranquilizador podría ser acompañar a esa potencial mayoría que votó oposición. Ello aliviaría a los que temen a los dos candidatos pero no quieren desentenderse. Otro criterio sería votar a los que recibieron más aportes en blanco en la campaña.
Lo primero a definir por los indecisos es si van a apostar un voto a conciencia o si, por el contrario, cortarán para el lado del pragmatismo.
Las encuestas están arrojando un escenario de paridad. Siete de las que se han conocido en las últimas horas ubican a Javier Milei por encima de Sergio Massa en las preferencias. Otras tres presentan a Massa adelante. En el promedio hay una especie de empate técnico.
Si esto es precisamente así, el resultado final está en manos de los indecisos. Los consultores aseguran que no habrá mucho voto en blanco pero no tienen certeza acerca de cuanta gente optará por no ir a votar.
El destino de Massa se juega en Córdoba y en el conurbano bonaerense. En las generales el aparato peronista en la Provincia estuvo trabajando a pleno. Estaban en juego la gobernación y las intendencias. Ahora es distinto. Massa libra la propia en soledad.
Los dirigentes que patean las calles bonaerenses aseguran que la estructura no está haciendo nada para ayudar al candidato de Unión por la Patria. No hay mesas en las esquinas ni militancia.
Casi todos los consultados coinciden en que el resultado electoral es una incógnita. Saben que Massa solo cuenta con una opción, sacarle votos a Milei, es la laguna en la que puede pescar. Recuperar algunos de los que el libertario logró traccionar para su redil.
Los equipos de La Libertad Avanza, entretanto, están concentrados en las fiscalización. Cuentan con el apoyo de parte del PRO pero la tarea es ardua y sin respiro. Milei trabaja para mantener a su tropa unida. Muchos no pudieron aún digerir el ingreso de los aliados.
El debate del próximo domingo promete mostrar a los candidatos en carne viva. La atención estará puesta más en lo que hagan que en lo que digan. Con más libertad para cruzarse y moverse por el set pondrán a prueba su temple, tolerancia y autocontrol.
El león libertario se medirá con un consumado animal político y como ocurre en la selva se impondrá el más fuerte.
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