
No cabe ninguna duda, el país está mal. Las encuestas muestran un consenso casi absoluto en este punto. Pero por sobre todo, se refleja en la realidad de cada día. La economía lleva más de una década estancada, la pobreza crece sin parar llegando ya al 50% de los jóvenes, la educación y la salud están totalmente deterioradas destrozando el futuro de los niños -y en los últimos años, de los mayores- y la gente es víctima de la inseguridad mayúscula que reina en las calles.
Con esta realidad, la conclusión obvia debería ser que la gente elegiría un camino distinto que pueda llevarnos a un cambio. En contra de toda lógica, esto no fue lo que sucedió en las elecciones. ¿Por qué la gente prefiere seguir como está en vez de apuntar hacia otro lado? Las personas no son irracionales. ¿Qué los lleva a actuar de esta manera? ¿Comodidad, miedo, hartazgo? Tenemos que entender los motivos para intentar convencer de que existe una mejor solución.
En Argentina gran parte de la población, decenas de millones entre empleados públicos, jubilados y beneficiarios de planes, recibe mensualmente un cheque del Estado que es presentado como un favor del gobierno. Este es evidente cuando, por ejemplo, los aumentos jubilatorios regulados por ley son presentados en conferencias de prensa como una dádiva del gobierno o del funcionario. Otras erogaciones, como los planes sociales, sin entrar a discutir respecto de su necesidad o no, claramente son favores a ciertos sectores. Muchos planes son asignados a punteros o líderes de organizaciones sociales para que los repartan a discreción. Lamentablemente, el receptor se vuelve, en parte, esclavo al tener que participar de marchas y devolver parte del dinero recibido a los mismos líderes que lo entregaron. Los empleados ñoquis entregan su nombre y sueldo (inmerecido) a cambio de obra social y pago de la jubilación. Todos pagamos servicios y pasajes baratos.
Estos millones de personas que reciben dinero del Estado piensan que, aunque estén mal, estarían peor con un cambio. Y tienen razón, pero sólo en el corto plazo. Los cambios son dolorosos. Pero sin un cambio seguiremos en el camino descendente hacia un país cada vez más pobre.
Para empeorar aún más la situación, el Estado benefactor (y esclavizador) financia la montaña de dádivas con una maraña de impuestos que logró aniquilar la inversión y el trabajo. Ni el rey contra quien peleaba Robin Hood hubiera imaginado un sistema tan complicado y abusivo. Este abuso tiene consecuencias: la más relevante es la falta de crecimiento y de posibilidades de nuevos trabajos; la segunda es la enorme economía informal que se elige como una opción para sobrevivir.
Se debe convencer a la población de que sólo el esfuerzo, con la promesa que no se verá apropiado por el Estado, nos llevará al bienestar que todos deseamos. Hay muchos ejemplos en la historia: los judíos cruzaron el desierto para escapar de la esclavitud de los faraones; los ingleses prefirieron sangre, sudor y lágrimas antes que ser dominados por Hitler y nuestros próceres jugaron su pellejo para independizarnos del poder colonial. Hoy, con mucho menos, Argentina podría ser un país próspero y con oportunidades para todos.
Esperemos poder discernir entre lo fácil y lo que conviene. No es tan grande el esfuerzo y es gigantesca la recompensa.
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