
Históricamente, la sociedad argentina ha sido testigo y, en ocasiones, víctima de oscuros episodios en los que el poder se ha corrompido y utilizado de manera despiadada contra los ciudadanos. El infame periodo de la dictadura militar de los años 70 y principios de los 80, con sus secuestros, torturas y desapariciones, está tatuado en la memoria colectiva. Nació, entonces, el “Nunca Más”, un clamor surgido de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), que se convirtió en emblema de resistencia y en símbolo de la lucha contra el olvido y la impunidad. Pero, ¿podemos afirmar con certeza que hemos aprendido del pasado? ¿Estamos listos para afrontar los nuevos desafíos y abordar las formas más sutiles y arraigadas de abuso de poder?
En 1990, Luis Barrionuevo articuló una frase que se ha grabado en el subconsciente argentino: “Hay que tratar de no robar por lo menos dos años”. En ese momento, muchos se rieron, otros se indignaron, pero lo cierto es que esta confesión, torpe por cierto, dejó al descubierto la corrupción que ya carcomía el tejido de nuestra nación. Lamentablemente como sociedad hemos naturalizado la corrupción en todas sus formas. El affaire “Chocolate”, en la legislatura de la Provincia de Buenos Aires, es uno de muchos que aún siguen ocultos.
Muchos recordarán el episodio protagonizado por José López y su intento de esconder bolsos repletos de dinero en un convento. Parecía una parodia sacada de una película de comedia, algo propio del humor inglés de Benny Hill. Sin embargo, era real, y dejaba al descubierto el cinismo con el que algunos actores políticos operaban. El colmo de esta saga de desvergüenza pública lo proporcionó el ex intendente de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde. Al exhibir, o permitir que se exhibiera, un ostentoso estilo de vida, mostró una actitud que rozaba la parodia: ¿cómo podría un servidor público llevar una vida de lujos y excesos con un salario que debería estar acorde a la legalidad?
Ahora bien, si el “Nunca Más” se levantó como un estandarte contra las atrocidades del terrorismo de Estado, ¿no es acaso hora de que la sociedad argentina se levante en contra de otro flagelo, quizás más sutil pero igual de dañino? La corrupción en el Estado, que socava la confianza ciudadana, dilapida recursos y perpetúa la desigualdad, merece un enérgico “Nunca Más”. Un llamado que trascienda los discursos y se traduzca en acciones concretas, leyes más estrictas y una sociedad comprometida en vigilar y denunciar.
No basta con indignarse frente al televisor o hacer chistes irónicos en las redes sociales. La corrupción es una enfermedad que debe ser erradicada con la misma determinación con la que luchamos contra las dictaduras del pasado. Así como hubo un tiempo en que los argentinos dijimos “Nunca Más” al terrorismo de Estado, es hora de que digamos “Nunca Más” a la corrupción. Porque nuestra democracia, nuestra sociedad y nuestro futuro lo demandan.

El episodio Insaurralde puede compararse en su magnitud al insólito incidente de la quema de un cajón fúnebre por Herminio Iglesias, del 28 de octubre de 1983, evento que marcaría la derrota electoral del peronismo y el ascenso de Raúl Alfonsín. En el contexto actual Insaurralde es, sin duda, el Herminio Iglesias del peronismo, en plena campaña presidencial, nos ha mostrado a todos los argentinos como los funcionarios presumiblemente corruptos se dan una vida de lujo a costa de quienes dicen representar.
Lo que resalta es que la sombra de la corrupción, ese espectro que, aunque no siempre visible, permanece omnipresente en la conciencia colectiva, ha sido nuevamente desenterrado. Con un nuevo debate en puerta, la pregunta que surge es si, en esta ocasión, los candidatos se enfrentarán al problema de forma decidida y transparente. ¿Nos detallarán cómo pretenden atacar este flagelo que mina la confianza pública si son elegidos?
El panorama no es alentador, con un sinfín de causas en proceso que involucran desde la Vicepresidenta en adelante. No estuvo exento el actual presidente, Alberto Fernández, quien se encontró en el ojo del huracán tras el episodio en la “fiestita” de Olivos. Ese momento reveló al país una faceta desconocida de un hombre que accedió a la presidencia por una decisión mediada más por el impulso de Cristina Kirchner que por méritos propios. Hoy claramente es el presidente que no preside, absolutamente olvidado en su propio espacio político.
La conexión con el “Nunca Más” es clara: así como en su momento, la sociedad argentina exigió memoria, verdad y justicia, hoy exige transparencia, responsabilidad y, sobre todo, un compromiso genuino para erradicar la corrupción. La pelota está en el campo de los candidatos. Es su momento para demostrar que entienden y respetan la magnitud del llamado del pueblo. La historia y la sociedad están observando. Esperamos acciones que estén a la altura del desafío.
La ostentación de riquezas inexplicables por parte de numerosos funcionarios, ya sean nacionales, provinciales o municipales, así como de líderes sindicales, es una herida abierta en la confianza pública y la moral de la nación. Cuando se observa un patrimonio que no se corresponde con los ingresos declarados o con la trayectoria laboral conocida, la sombra de la duda se cierne no solo sobre el individuo en cuestión, sino sobre todo el sistema que lo permite.
Esta situación, que se perpetúa como una suerte de tradición tácita, es mucho más que una simple anomalía. Es un reflejo de una cultura donde la corrupción parece haberse normalizado, donde el “robo para la corona”, como se le ha denominado, ha dejado de ser una excepción para convertirse en regla para algunos.
La inflación de tres dígitos, los más de 19 millones de compatriotas viviendo en la pobreza, y el dólar casi 900 pesos son el rostro humano de esta problemática. No son simplemente cifras o estadísticas, sino el testimonio viviente de un sistema que ha sido manipulado y explotado en beneficio de unos pocos, en detrimento de la mayoría. Esta situación, que se ha arraigado en lo que algunos llaman el “ADN nacional y popular”, no es el legado que Argentina merece ni el que aspira a dejar a las futuras generaciones.
El debate presidencial de hoy se presenta no solo como una oportunidad para que los candidatos expongan sus propuestas y visiones sobre el país, sino también como un espacio primordial para demostrar un genuino compromiso con la transformación y la integridad. En un contexto donde la corrupción y la falta de transparencia han socavado repetidamente la confianza del pueblo, es esencial que los aspirantes a la máxima magistratura del país tomen la delantera, enfrentando estos temas con sinceridad y determinación.
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