
Para mi la Argentina es el mejor país del mundo para vivir por muchísimas razones pero si sólo tuviera que reducir esa lista a dos, sin dudas diría que es por la salud y la educación pública.
Ambas son un verdadero orgullo nacional, expresan una decisión que tomamos hace muchísimas décadas, de que ésta iba a ser una tierra de progreso y movilidad social ascendente. Y para cumplir esa promesa los argentinos le garantizamos a cualquiera que eligiera habitar nuestro suelo dos cosas: que no se iba a morir sin recibir atención médica y que iba a tener oportunidad de progresar en la vida a través de la educación, desde el jardín de infantes hasta la universidad. Esto, que no pasa en todo el mundo, es una decisión profunda, casi unánime, es parte de nuestra idiosincrasia, y se lleva con orgullo en el corazón de cada argentino por nacimiento o adopción.
Acá no le negamos salud ni educación a nadie, no porque estemos obligados por algún convenio de reciprocidad sino porque eso elegimos como pueblo desde nuestra Constitución Nacional y lo consideramos un valor.
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Tal vez lo hacemos porque la mayoría de nosotros reconoce que este país se forjó con el trabajo de millones de inmigrantes. Para muchísimos de nosotros esos hombres y mujeres fueron nuestros abuelos y en mi caso también mi madre.
Estoy convencida de que en Argentina no segregamos ni discriminamos a los inmigrantes porque todos nos sentimos hijos y nietos de personas dignas que vinieron hasta aquí en barcos o en micros a perseguir un sueño de progreso. Somos sus herederos.
En nuestro país, como lamentablemente no sucede en otros lugares del mundo, en una generación o incluso antes estás completamente integrado y eso es una maravilla, alcanza con prender la televisión y ver el caos que viven otras sociedades que no quisieron o no supieron integrar a sus inmigrantes para valorar lo que nosotros hacemos bien.

Por eso quisiera que rápidamente salgamos de un debate más propio de otras realidades, un debate sesgado y prejuicioso, que siembra sentimientos de odio, discriminación y xenofobia para dividir lo que está unido, en un país que lo último que necesita son más divisiones. Y al contrario apostemos por más y mejor educación pública, por más y mejor salud pública y por volver a ser un país donde los jóvenes quieran progresar y no uno de donde quieran irse por falta de oportunidades.
Volvamos a ser un país de inmigración y no de emigración. Cuando escucho algunas voces o leo comentarios en las redes sociales sobre los inmigrantes no puedo dejar de pensar en mi hermana y mis sobrinitos, que como tantos miles de hijos, hermanos, amigos de los que están leyendo esta columna emigraron de Argentina en los últimos años y lo último que quisiera para ellos es que se sintieran discriminados en el país que eligieron para progresar, que se los mirara con desconfianza, que se pensara que fueron a sacarles oportunidad de educación o atención sanitaria a otros. Como yo, estoy segura, la mayoría de los argentinos no quisiéramos eso para nuestros afectos y por ende tampoco lo promoveríamos para los que eligen habitar el suelo argentino, por un año, por diez o para toda la vida.
Somos mucho mejores que este debate plagado de clichés y desinformación y que estoy segura no representa el sentir profundo de millones de argentinos.
En tiempos de crisis económica y social, en lugar de intentar capitalizar el enojo y la frustración buscando chivos expiatorios de nuestros males, elijo transmitir la certeza de que podemos salir adelante si nos decidimos a volver a tener un proyecto de país compartido, con menos enfrentamiento entre argentinos y aprovechando las inmensas oportunidades que el mundo le ofrece a nuestros productos y a nuestro talento. Vamos a recuperar la Argentina de la paz, el trabajo y el progreso. Cada día falta menos.
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