
La muerte del ayatolá Alí Khamenei en los bombardeos conjuntos de Estados Unidos e Israel sobre Teherán el 28 de febrero dejó abiertas más preguntas que certezas sobre el futuro del régimen iraní. En medio de la confusión informativa de las primeras horas, el analista internacional Fabián Calle, profesor universitario y ex asesor del Ministerio de Defensa argentino en cinco gestiones de gobierno, ofreció un análisis que distingue entre lo militarmente inevitable y lo políticamente incierto.
La operación —denominada “Furia Épica” por el Pentágono— arrancó tras el colapso de una ronda de negociaciones en la que participó Rafael Grossi, director del Organismo Internacional de Energía Atómica. Grossi había señalado días antes que la mayor parte del material nuclear iraní seguía en grandes cantidades pese a los ataques previos de junio de 2025. Según Calle, Washington llegó a esa mesa con dos exigencias que Irán no podía aceptar: el cese total del enriquecimiento de uranio, incluido el de uso civil, y limitaciones severas sobre su arsenal de misiles balísticos. “Es la única gran arma disuasiva que tiene Irán”, explicó el analista en Infobae en Vivo. Al fracasar las conversaciones, la respuesta militar fue inmediata.
El ataque mató a decenas de altos funcionarios iraníes, entre ellos el comandante de los Guardianes de la Revolución, el jefe del Estado Mayor, el ministro de Defensa y el asesor de seguridad Ali Shamkhani. El régimen iraní declaró 40 días de luto nacional. Sobre lo que viene, Calle fue tajante desde el inicio: “El aparato militar ofensivo y en gran medida defensivo iraní va a ser destruido en los próximos 30 días. Eso es inevitable”. Lo que no considera inevitable es que esa destrucción provoque un cambio político interno.
La distinción es central en su análisis. “Una cosa es que no tengas misiles balísticos ni aviones de combate”, explicó, “y otra cosa es que no tengas tipos subidos a un camión con ametralladora que controlan una manifestación”. Para Calle, la caída de un régimen requiere una condición específica que por ahora no se verifica en Irán: “Para que estos regímenes caigan tienen que tener una fractura en el aparato militar y represivo. Tiene que haber una ruptura”.
Calle también cuestionó la lectura occidental sobre la composición política de la sociedad iraní. El segmento urbano y juvenil que reclama un cambio de régimen, dijo, “es muy chiquito, es muy chico” en un país de 92 millones de habitantes formado históricamente en el nacionalismo. “La juventud iraní puede no ser religiosa, pero probablemente sea nacionalista”, advirtió. Y planteó una pregunta que ningún escenario de transición ha sabido responder: “¿Quién se pone la camiseta de ser el presidente amigable con Israel, la dirigencia política que acepta las indicaciones de Israel?”.
La complejidad operacional del conflicto quedó en evidencia en los días siguientes. El lunes, el Mando Central de Estados Unidos confirmó que tres cazabombarderos F-15E Strike Eagle fueron derribados sobre Kuwait en un incidente de fuego amigo: las defensas antiaéreas kuwaitíes los confundieron con objetivos iraníes. Los seis tripulantes eyectaron y fueron rescatados en buen estado. Es la primera pérdida de F-15 en combate de la historia. Para Calle “muchas de estas monarquías no están preparadas para una guerra en serio”.
La represalia iraní apuntó deliberadamente a la infraestructura energética regional, exactamente como Calle describió su estrategia: “Irán tiene algunas semanas más para patear, para seguir lastimando”. Qatar, el mayor productor mundial de gas natural licuado, paralizó su producción tras los ataques de drones iraníes sobre sus instalaciones de Ras Laffan y Mesaieed, y los precios del gas en Europa respondieron con alzas de entre el 45 y el 54%. La refinería de Ras Tanura de Saudi Aramco también fue atacada y suspendió operaciones. Sobre el estrecho de Ormuz, Calle fue gráfico: “Lo mirás y parece la Panamericana un viernes a la noche. Están todos parado de un lado, todos parado del otro y nadie lo cruza”.
Pero la clave interpretativa más profunda que ofrece el analista no es táctica sino estratégica. En su lectura, todas las acciones de Washington convergen en una sola lógica: “Todo lo que está haciendo Estados Unidos, todo está pensado en China”. El 90% del petróleo iraní tiene como destino el mercado chino, y debilitar a Teherán equivale a cortar uno de los principales suministradores energéticos de Beijing. “Si corrés el bosque”, resumió Calle, “el objetivo de Estados Unidos es prepararse para la gran puja con China. La única verdadera amenaza es China. Todo lo demás son minions de diferente tamaño”.
Esa lectura explica también la incomodidad del Pentágono con la escalada. Analistas militares señalaron que una campaña exclusivamente aérea orientada al cambio de régimen carece de precedentes exitosos: los dos casos históricos comparables —Libia en 2011 y Kosovo en 1999— contaron con grupos armados insurgentes sobre el terreno. Calle lo formuló con contundencia: “No hay casos de cambio de régimen por bombardeo. Hitler murió en el búnker con los alemanes peleando en las calles de Berlín. A Hussein tuvieron que invadirlo e ir hasta Bagdad. A Gadafi, lo mismo”.
El escenario más probable, en su evaluación, es un Irán militarmente disminuido pero políticamente intacto, capaz de seguir lastimando durante semanas a través de su capacidad de perturbación energética y de sus proxies regionales. Trump proyecta una operación de cuatro a cinco semanas, pero la presión interna —desde la base MAGA, que no fue convocada para guerras largas, hasta la oposición demócrata— acota el margen político. El cambio de régimen, si ocurre, tendrá que surgir desde adentro. Y para eso, recuerda Calle, hacen falta fracturas que hoy no existen.
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