
En cualquier vínculo humano la comunicación es fundamental, “todo comunica”. Y en ese todo, la palabra tiene un rol principal porque es un “contenedor de significado”. En nuestra vida las palabras, las ideas y las cosas se encuentran siempre interrelacionadas, confiriéndose recíprocamente sentido. Las palabras, no solo describen realidades, sino que también modelan y generan realidades que expresan la totalidad de nuestro carácter como individuos y como sociedad.
En este artículo nos referiremos a algunas palabras que muchas veces resultan imprecisas debido a la multiplicidad de acepciones que comprenden: política, politiquería, jugar. Según la Real Academia Española, Política es la virtud y sabiduría en el ejercicio del supremo gobierno de la Nación, cuya finalidad última es el bien común. También tomaremos de la RAE el significado de Politiquería: práctica que consiste en tratar de mantener o conseguir poder mediante licencias, falsas promesas y regalos; tratar de política con superficialidad, ligereza, intrigas y bajezas. Jugar: hacer algo con alegría con el fin de entretenerse, divertirse o desarrollar determinadas capacidades.
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Sirva esta introducción para afirmar que nos faltan personas que asuman la responsabilidad de la primera y nos agobia la multiplicidad de personajes que ejercen la segunda. Estos, que son la mayoría, juegan en el bosque mientras el lobo no está. Juegan para llegar a ser presidente, o gobernador o intendente. Y lo expresan sin pudor: “Fulano va a jugar en esta oportunidad con mengano” o “mengana no definió todavía con quién va a jugar” y, usando un lenguaje obscenamente mercantilizado, aceptan bajarse de una candidatura porque les prometen “pagarle” con lugares en la lista de diputados, o senadores, en el Parlasur o en algún Concejo Municipal.
Los que practican la politiquería en sus discursos electorales insertan palabras tan trascendentes como educación, pobreza, inflación, seguridad, salud, empleo, para hacer creer que mencionar es sinónimo de formular propuestas y mostrar proyectos. Y siguen jugando mientras el lobo no está. Pero la Política no es un juego e indigna comprobar que gran parte de la ciudadanía ha perdido confianza en ella porque muchos que dicen ejercerla carecen de lo que esta necesita para alimentarse: valores, transparencia, compromiso, sabiduría, predisposición al diálogo y al consenso. Algunos podrán decir que la permanente alusión a “jugar” no es más que una expresión poco feliz, pero la política es algo demasiado importante para una comunidad como para dejar que el sentido de las palabras sea tergiversado de tal manera.
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Y el lobo ya se ha puesto los pantalones, el chaleco, el saco y el sombrero. Porque el lobo anda rápido transitando incertidumbres, ambigüedades y complejidades. Y cuando preguntemos ¿Lobo estás? ¡Saldrá para comernos! Porque el lobo -valga la metáfora- es el Futuro. Puede ser un animal peligroso y dañino si no estamos preparados para recibirlo. Pero puede ser domesticado si, como sociedad, aprendemos a construirlo, si analizamos hacia dónde va la globalización, desarrollamos una guía para la toma de decisiones y conformamos equipos profesionales para lidiar con él y disfrutar de todas las ventajas que puede ofrecer. Y debe importarnos porque es el lugar donde viviremos el resto de nuestras vidas y vivirán nuestros hijos y los hijos de los hijos. En algunos países se han creado Comisiones Parlamentarias de Futuro; en la Argentina varios proyectos han naufragado en el Parlamento porque quienes deberían estar inmersos en ello siguen jugando e insultándose: -incluso entre integrantes de una misma coalición- (mentiroso, miserable, caradura, delincuente, fullero…) lo que es, en suma, una actitud de desprecio y subestimación hacia una ciudadanía que muestra su hartazgo inclinándose peligrosamente hacia la abstención o el voto en blanco. El dilema es claro: domesticamos al lobo o nos esperan tiempos aciagos.
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