
Alberto Fernández no fue líder de su tiempo, apenas condujo unos meses la cuarentena durante el miedo pandémico. Luego fue un equilibrista obsesionado con conservar el centro del cuadrilátero, perdido ante la imposibilidad de estabilizar su posición imposible. Entre la necesidad de no mostrarse como el empleado de Cristina y ser el líder de una Nación en recuperación.
No fue ni una ni la otra.
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No fue quien la dueña de la mayoría de las acciones del Frente de Todos pretendía y tampoco pudo asumir una autonomía que lo transforme en quien él mismo intentó ser.
Alberto fue el director ejecutivo del FDT a cargo del gobierno nacional, hasta la crisis de las elecciones de las PASO 2021, lugar que tuvo que ceder en la derrota a Juan Manzur, que duró poco en esa función, porque meses después ante el abismo Guzmán / Batakis llegó Sergio Massa al Ministerio de Economía, pero que simbólica y operativamente se transformó en el nuevo jefe de gabinete del gobierno y director ejecutivo del frente.
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Alberto hoy ostenta poder de daño a su propia interna (cada vez menos), entabló un camino de negociaciones internas, que ni llegaron a arrancar porque el cristinismo las frenó en seco; no cedió nada, lo acusaron de ser el máximo responsable del fracaso del gobierno.
El kirchnerismo puede perder batallas (como la de la realización de las PASO) pero no retrocederá con el presidente bajo ningún concepto.
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En el spot en el que se bajó de su aspiración a reelección construye el relato de su legado, ataca a Cristina tanto como a Macri en su discurso de descenso. Algunos dicen que fue una decisión sensata, otros la leen como un mensaje para el armado electoral propio y los menos piensan en un gesto de grandeza para atenuar la crisis cambiaria de los últimos días que causó gran temor dentro de las filas propias. Sorpresa no fue.
Asombroso fue su intención de perseverar en una batalla contra los porcentuales de aprobación del gobierno que preside. Podía ser una catástrofe electoral, aún puede serlo por una sociedad harta de dirigentes que no encuentran respuestas eficientes a los grandes problemas que aquejan a nuestra Nación.
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No serán ni Cristina, ni Macri, ni Alberto: todo un síntoma del momento que vivimos. Consecuencia de líderes con “techos bajos” por el desgaste de los magros resultados.
Los dirigentes demasiadas veces sobreestiman lo que pueden construir con sus palabras, en su discurso por sobre los hechos. El hartazgo deja huella a la larga o a la corta y las encuestas -tan desvalorizadas y atacadas- siguen jugando un papel fundamental en la toma de decisiones de los dirigentes políticos
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Alberto quería, pero no podía. Los números eran muy duros y el temor de la corrida económica lo dejó expuesto en su enorme debilidad. No fueron gratuitas sus contantes indefiniciones y vaivenes. El daño electoral hacia adentro del FDT fue constante y llamativo. Lo bajan su desconcierto, los errores no forzados, los fallidos, los números, la presión de la mesa electoral, las declaraciones de “Wado”, la posición de Massa, la pelea con Cristina, los desaciertos en sus medidas, un equipo muy reducido en la defensa del gobierno y por supuesto, el miedo económico y alguna catástrofe electoral.
En definitiva, Alberto no es noticia por una sociedad que lo bajó. Si las elecciones se dirimen entre cambio y continuidad, este dilema ha sido cerrado. Vendrá el cambio. Por adentro o por afuera, pero será cambio.
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Hubo muchos Albertos en poco tiempo. Y ese fue su principal déficit:
-Fue un buen candidato
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-Piloto de la tormenta de la pandemia
-Gran orador de temas menores
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-Articulador político moderado
-Operador de la Justicia sin buenos resultados para la vice
-Director ejecutivo del Frente de Todo sin medallas colgadas
-Defensor de la década K
-Amigo y adversario de Cristina a la vez
El “combo” presidencial no cerró. El balance fue malo. Negativo para los de adentro y los de afuera.
Hoy, su legado es “no positivo”, quizá la historia la absuelva.
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