Al despuntar los sesenta y durante largo tiempo y gran éxito, Marisol, la niña prodigio española, adorable, alegre, pícara, encarnó un personaje que produjo un boom como no se había conocido nada parecido en los tiempos del implacable, aflautado y cruel Franco, Caudillo de Dios por la Gracia de Dios.
Nacida en Málaga en una corrala -un conventillo-, con poco en la olla y grandes fatigas para poner algo dentro, en una barriada con predominio gitano, aunque la niña era paya, pero con el modo de sus vecinos en tanto a canto, puntos de vista sobre el mundo y maneras. Vista la gracia de su hija Josefa (Pepa Flores/ Marisol, luego) la madre arriesgó, ilusionada, arrimarse a la televisión: fue llamada para un espectáculo de canto y baile que iba a rodar por España en escenarios variados. El agente y productor con más peso y poder, Manuel José Goyanes, detectó aquel encanto y aquel talento, y Marisol quedó bajo su paraguas.
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“Un rayo de luz”, la primera película, resultó explosiva: una era se iniciaba y quedaba en la línea con niñas estrella, incluida en la lista de Shirley Templo, Judy Garland, Brooke Shields –12 cuando rodó Louis Malle “Pretty Baby”-, Andrea del Boca, suenan las campanitas de la memoria. Podemos agregar -y lo que quieran, desde luego- a Natalie Portman cuando integró la historia de una niñita huérfana que se une con afecto, tal vez límite, a un asesino profesional, ya camino de una gran actriz y productora.
Marisol-Pepa resultó un gran negocio, se hizo muy famosa en el mundo, de tal manera que, como un tesoro guardado, se le dio a vivir en una casa bonita de la colonia Del Viso, elegante punto de Madrid. Cuando la visitaba la madre, debía comer en la cocina, el método de romper vínculos para pasar a ser propiedad.
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La chiquita deslumbrante era melancólica y sin afecto real, sufrió, durante las películas de cines llenos, siempre abusos, vejaciones, personas importantes del régimen –había en Del Viso otras artistas infantiles o con la aspiración de serlo algún día-: en ocasiones se les ordenaba que se desnudaran como un espectáculo abominable.
Todo ello se reveló en la entrevista y pequeño ensayo entremezclados por Francisco Umbral, gran maestro de la lengua, renovador y a un tiempo clásico de un estilo deslumbrante y descontracturado, que en gran medida fue la gran voz que pedía la transición desde el franquismo hacia la monarquía parlamentaria y democrática. Marisol, ya Pepa Flores, lo contó con todo detalle. Puede encontrarse en la Fundación Francisco Umbral donde, no recuerdo, estará “Las perversiones de Francisco Umbral”, de este esforzado escribidor.
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Sin embargo –tratemos de descifrar el hecho- se casó con Carlos Goyanes, hijo de su descubridor y manager. Quizás la unión sellaba el tiempo de Marisol y la puerta abierta a la libertad. Quizá le resulta urgente cambiar de piel, volver a la querencia. Símbolo terremoto fue la tapa de “Interviú”, la publicación fuera de toda calificación y una creación espectacular donde se vio como en un asombro y goce colosales a Marisol, Pepa, desnuda en el esplendor de su belleza poco comparable. De niña a mujer, también subrayaba el tránsito histórico. Se aseguró que era una sesión pactada. Ella lo negó sin énfasis. Ese número de Interviú alcanzó el millón de ejemplares, un vendaval de morbo comprensible.
Después de un amor leve y tierno con Joan Manuel Serrat –cuenta en “Lecturas” de España Pilar Eyre, periodista mayor y novelista- Pepa vivía en Madrid con una amiga azafata. Se dispusieron al restaurante de Antonio Gades, pizzería y cosas generales con toda la movida madrileña dentro cada noche. Pepa llevó botas altas, pintalabios marrón, melena suelta, minifalda, todo bajo el gobierno de sus grandes ojos azules. Allí estaba Antonio Gades, enjuto, fibroso, resumaba virilidad y seducción mientras fumaba uno de sus ochenta cigarrillos diarios. Pepa, hechizada: un golpe de amor y deseo inmediato que iba a convertirse en entrega absoluta, endiosamiento, irreversible como un parto.
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Ya entonces el universo íntegro se rindió frente al gran arte de Antonio Gades. “Fue tan fuerte que me mareé al encontrarlo y tuve que sentarme. Antonio es lo único que importa, más que mi trabajo, que mis hijas, que mis padres, que yo misma”.
Gades estaba a centímetros de consagrarse el bailarín más asombroso, formaba en el comunismo –en el casamiento tuvieron como padrino a Fidel Castro-, de modo que Pepa Flores, sin mayor experiencia política y labrada durante la dictadura, cruzó el puente y adhirió a las ideas de revolucionarias de Antonio. Declaró mil veces “quiero hacerme viejita con Antonio”.
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Sin embargo, ambicioso, necesitaba subir más y aceptó la dirección del Ballet Nacional. Esa distancia condujo a Pepa Flores a un cuadro de anorexia y la desgarradura existencial que le produjo un dolor innombrable: Gades no ocultaba su proximidad con Daniela Frey, millonaria suiza dueña de los cines y sus conexiones en Francia.
Tal fue la proximidad que el bailarín abandonó a Pepa Flores sin más y partió con la empresaria, lo que significó la amputación de un sueño absoluto sin que imaginara que terminaría.
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Antonio murió a los 65 por un cáncer prolongado. Pepa vive casi como jubilada con su pareja actual y 75. Retirada de la vida pública con su pareja Massimo Stacchini, no ha sido olvidada. En todo caso, propongo escucharla en ”Háblame del mar, marinero”, con esa voz grave y la letra del Rafael Alberti: hace bien.
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