
“La cancelación les va a llegar a ellos también”, me decía ayer una persona muy inteligente a la que no voy a nombrar para cuidarla. “¿Qué van a hacer cuando acusen a un hijo suyo y no tenga defensa? Es el clima que ayudaron a crear”.
Hablábamos, claro, de las ideas que ya no se pueden expresar sin riesgo. Ideas, palabras. Si alguien dice algo fuera de la norma de corrección política del momento, chau. No se lo nombra, no se lo invita. Por cuestionar que una mujer trans fuera exactamente lo mismo que una mujer biológica a la escritora colombiana Carolina Sanin le cancelaron los contratos por dos libros. Eran libros de cuentos que no tenían nada que ver con eso, pero lo que se había cancelado era a la persona. Algunas voces se alzaron en su defensa pero recibieron tales ataques que prefirieron salir de las redes. Una fue la escritora Mariana Enríquez.
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Otra forma de cancelación ataca a los personajes, a las tramas de ficción. ¿Se acuerdan cuando le cambiaron el final a la ópera Carmen? Fue en Florencia en 2018 y lo hicieron para no representar un femicidio. “No quería que el público aplauda el asesinato de una mujer a manos de un hombre”, dijo en su momento Leo Muscato, su director.
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Después vinieron muchas más de esas cosas. Acá nomás, las modificaciones a los textos de Roald Dahl -el autor de Matilda y Charlie y la fábrica de chocolate-, a James Bond -para que no tuviera alusiones raciales “ofensivas”-, a Agatha Christie -para no tener que leer más que hay “negritos” u “orientales”-.
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En esta columna voy a decir que esas modificaciones no son progresistas sino todo lo contrario. Que no nos hacen bien, que nos hacen mal. Sí, como cantaban los Redondos, que son los “buenos” los que “están rodando cine de terror”.
Por qué lo digo
En 2021 la lupa de la corrección política cuestionó el beso del príncipe a la Bella Durmiente. Ella estaba dormida, por lo tanto no lo había consentido. En ese momento, el dramaturgo Mauricio Kartun señaló por qué no conviene adaptar textos para que se adecuen a los gustos del presente. Dijo que el problema es “que borra el pasado tal como fue y le miente al presente una condición inamovible”.
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Es más, decía Kartun, en esa operación se lleva a pensar “que las cosas siempre fueron iguales, que no hubo luchas para evolucionar”.

Y no, las cosas no fueron siempre como son hoy. Hubo esclavos, y en gran parte de la historia, esclavos negros. ¿Es pecado si Dahl alude a ellos o es la oportunidad para enfrentarse a las cosas que pasaron? Se menospreciaba y se menosprecia a los gordos, mucho más si son mujeres. Se persiguió de mil maneras a los judíos, se les prohibió tener tierras, ejercer ciertas profesiones, ser presidentes. ¿Habría que aligerar ficciones en las que pasara eso?
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Hasta hace poco, una actriz de telenovelas no podía ni por asomo ser lesbiana. No digo el personaje; la actriz. ¿Puede serlo hoy?
Lo mejor que se puede aprender de la Historia es, justamente, que no es un fenómeno natural sino que está en nuestras manos, que se la puede cambiar, que -sorry, Fukuyama- la Historia nunca está terminada. Los valores de ayer -las chicas dóciles, los caballeros galantes y un poco picaflores- hoy nos dan rechazo. Pero las cosas no se modificaron solas: hubo quienes pusieron el cuerpo, quienes fueron repudiados por sus familias, quienes salieron a la calle con carteles que decían cosas que el sentido común rechazaba.
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Hubo peleas colectivas: en 1914 se consiguió una jornada laboral de 8 horas y también el siglo XX trajo el descanso semanal para los trabajadores. A comienzo de nuestro siglo se extendió en muchos países el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo. Hay una literatura que habla de cuando las cosas no eran así: del agotamiento de quienes trabajaban sin descanso, del sufrimiento de quienes eran rechazados por su opción sexual.
Hoy pensamos que tenemos un mundo mejor que ese y es mejor porque lo hicimos nosotros.
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Hace unos días estuve en el pucará de Tilcara, en Jujuy, al norte de la Argentina. Allí, en 1935 se levantó una pirámide trunca que parece maya. Lo hicieron, señala la placa, en homenaje a dos arqueólogos. La placa dice más: “De entre las cenizas milenarias de un pueblo muerto exhumaron las culturas aborígenes dando eco al silencio”. La guía, que se reconocía parte de los pueblos originarios de la zona -los tilcara, los omaguacas-, señaló que esa construcción no tenía nada que ver con la zona. Confundía y ofendía -¿qué pueblos muertos?-. Un joven turista preguntó por qué no volaban la pirámide y listo.
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Por la Historia, dijo ella. Porque permite ver cómo se fueron pensando las cosas. Porque permite ver concepciones anteriores que hoy nos parecen erradas.
Eso: no disfrazar, no mentir el pasado. Quien crea un pasado igual al presente hace pensar que el futuro es igual de inamovible. Y eso sí que no.
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