
Charlie está en su sillón. Pesa 270 kilos. El actor que lo interpreta, con un -digamos- disfraz, maquillaje y una masa de artificios para sostener el hombre inmenso que vive solo en un departamento alquilado, oscuro, del que nunca saldrá junto a él el espectador.
Charlie tiene una mirada donde la tristeza, la soledad, la inteligencia, funcionan a la vez con la herramienta esencial de los grandes actores, algo parecido a un secreto inefable. Es solo visitado por su enfermera y amiga Liz-Hong Chau -nominada- y un pastor repleto de admoniciones sobre el Cielo y la Tierra, pero, se entera uno, andaba buscando dónde ponerse en la vida después de algunos pecadotes o, si se prefiere, delitos, y anda boleado para lavarlos y volver a casa con los calzoncillos como se debe.
El director que anduvo entre el péndulo del efectismo y los efectos demasiado premeditados, y buenos momentos en “Black Swan”, con Natalie Portman en una de ballet y psicosis, con su numerito lésbico correspondiente, atormentada por una rival -blanco, negro, lago, tal cual- que la empuja hacia su patología que divide la personalidad en varias. Se llama Darren Aronofsky, audaz, culto y vivo para los asuntos ganadores y oportunos: locura, abuso, “Me too” y negocios de buen resultado. De mucha pretensión, por qué callarlo. La crítica fue muy favorable en “Requiem por un sueño” en su momento, tampoco debe callarse.
Lo cierto es que el desolado, inteligente, de inabarcable obesidad -mórbida-, que así se clasifica en ese grado, aunque toda obesidad no se cura, aunque puede controlarse, excepto en situaciones muy difíciles, como la de Charlie, profesor de literatura que sigue enseñando a distancia, se niega a ser atendido en un hospital con la urgencia de cada hora, mira porno gay y se masturba, come y come -cada noche el chico de la pizza llega siempre puntual-, es ayudado para alcanzar el inodoro, para que no falte nada.
Charlie es el hombre ballena y un ensayo clave para entender unas cuantas cosas sobre “Moby Dick”, la novela de Melville con origen en un hecho real, el del Essex, atacado por un cachalote blanco gigantesco y a la deriva. Ese juego de espejos, obesidad y ballena no es gratuito. Tiene que ver luego con la aparición de la hija de Charlie, a quien no ve desde hace veinte años: el profesor dejó todo por el enamoramiento de un discípulo, un viaje tornadizo que alimenta culpa, pero no rinde aquella decisión que mantiene viva. Al bueno de Charlie lo ponen a vomitar, tener algún desmayo, mojones de una muerte deseada que encuentra un hallazgo anímico y luminoso en un obstinado talento guardado en la memoria y tiene que ver con la hija que vuelve a verlo, repleta de furia pero con un poco de lugar para la comprensión y la piedad.
El protagonista, Brendan Fraser –Charlie- encuentra también en reencuentro con su arte, oscurecido después de los grandes éxitos de “La Momia” y “George de la selva”, y oscurecido después de accidentarse, padecer algún abuso -en cierto modo curioso, ya como actor consagrado, que le produjo una depresión negra-, casi borrado después de los 90. Pero no: en “La Ballena” se juega hasta la última molécula de arte -no todo actor es un artista- y al volver, con su más y sus menos de la dirección y la tentación de Aronofsky de pagar debajo de cinturón, con una claridad y una hidalguía infrecuentes. Clavado para el Oscar -¡Marche un Oscar para el señor Fraser!- reivindica su capacidad real, no a la oportunidad de permitirle volver al ruedo: “Al cabo, nada os debo, me debéis cuando escribo”, escribió Machado (Antonio, que tenemos dos), palabras parientes de las del actor que vuelve con gloria.
No podía faltar algún decreto con origen en la dictadura de la corrección: “Debe aprovecharse para entender que no se debe discriminar y evitar la gordofobia”. ¿Qué tiene que ver? ¿Por qué se meten en todo? ¿Por qué recortan más y más libertad? Ocúpense de sus buenas conciencias, que hay otros que se tienen que ocupar de cosas diferentes.
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