Acaso a falta de una analogía superadora, la imagen de una nueva Guerra Fría aparece como una eventualidad inexorable de las relaciones entre los Estados Unidos y la República Popular China.
Hasta qué extremo se enfrentarán los dos gigantes constituye el interrogante estratégico de un enigma sin fin. Porque una vez más, el incidente en torno al globo chino detectado mientras sobrevolaba el territorio norteamericano, volvió a aumentar las tensiones en el vínculo entre Washington y Beijing.
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Los hechos parecen haber clausurado las aspiraciones de una Detente. Porque el incidente tuvo lugar cuando ambas partes parecían intentar un deshielo a partir de la cumbre Biden-Xi durante la reunión del G20 en Bali (Indonesia).
Al punto de que la detección y el posterior derribo del globo chino provocaron la cancelación del viaje a Beijing que el secretario de Estado, Antony Blinken, estaba a punto de iniciar.
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En su discurso sobre el Estado de la Unión, el primer martes de febrero, Biden aseguró que las agresiones chinas tendrán respuesta. El Presidente aseveró que procura cooperar en la medida en que pueda significar avances para los intereses norteamericanos y beneficios para el mundo, pero advirtió que “si China amenaza nuestra soberanía, actuaremos en protección de nuestro país”.
En tanto, las autoridades chinas indicaron que solo se trataba de un globo de observación meteorológico y denunciaron un uso indiscriminado de la fuerza contra una nave civil no tripulada. De acuerdo con la narrativa del Politburó del PCCH, los EEUU provocaron un golpe significativo contra los esfuerzos que se venían realizando para “estabilizar” el vínculo bilateral.
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Pero detrás de los globos, la escalada en la retórica de confrontación se produjo en medio de una circunstancia singular. Cuando los EEUU enfrentan simultáneamente a China y Rusia, con la amenaza de un balance desfavorable para los intereses de largo plazo de Occidente. Toda vez que tanto Beijing como Moscú mantienen una postura revisionista que rechaza el orden liberal surgido al fin de Segunda Guerra Mundial bajo el liderazgo norteamericano.
Pero a diferencia de la ex-Unión Soviética, China cuenta con un aparato económico capaz de enfrentar a los EEUU. Lo que fue explicado en otras palabras por el secretario de Defensa, Lloyd Austin, cuando advirtió que Beijing comanda el único centro de poder con capacidad de desafiar en palabras y hechos el liderazgo global de Washington.
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Una verdad que implica una diferencia fundamental con respecto a la Guerra Fría. La que en su día confrontaba dos realidades geopolíticas rivales que representaban modelos ideológicos contrapuestos con muy escaso nivel de interrelación.
Porque, en definitiva, la URSS encerraba una falla de matriz. En la que detrás de su omnipotente aparato militar se ocultaba una economía incapaz de producir riqueza. El imperio de Lenin y Stalin era, en última instancia, una superpotencia del Tercer Mundo. Tal como quedó demostrado cuando no logró soportar la caída del precio del petróleo a partir de mediados de los años 80. Provocando el colapso del Kremlin en medio del agobio imperial que a la larga ha derrumbado a todos los imperios de este mundo.
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Hoy, las economías de EEUU y China explican en forma combinada casi el 40 por ciento del PBI global y mantienen un grado de interrelación imposible de soslayar. Escapar a la tentación de una renovada Trampa de Tucídides constituye la prueba de fuego para sus dirigentes de hoy y mañana. En el que la modesta aspiración de evitar una catástrofe parece ser la máxima pretensión que se puede esperar, tal como explicó el especialista en China del CSIS Jude Blanchette describió en el Financial Times.
Porque en asignaturas clave como Taiwán, Ucrania, los conflictos comerciales y la competencia cibertecnológica, China y los EEUU mantienen posturas contrapuestas. Lo que nos lleva a pensar que si esta no es una nueva Guerra Fría, se le parece bastante.
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Al punto de revalorizar algunas lecciones del pasado. Como aquella que se desprende de las palabras de Richard Nixon durante su histórico viaje a China (1972). Cuando describió que el futuro del mundo sería negro si dos grandes pueblos como China y los EEUU mantenían su enemistad. Al tiempo que si se encontraban fórmulas de cooperación, ello incrementaría la chance para la paz.
El más anticomunista de los anticomunistas explicó que en este pequeño mundo, dos países de esa escala no podían mantenerse en un estado de aislamiento. “Ninguno de nosotros aspira al territorio del otro, ninguno de nosotros busca dominar al otro y ninguno de nosotros pretender gobernar el mundo”, graficó. Nixon apuntó que “hemos sido enemigos. Todavía tenemos grandes diferencias. Pero lo que nos une es que tenemos intereses comunes que trascienden a nuestras diferencias”.
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Dueño de una personalidad inigualable, plagada de contradicciones que lo elevarían a la gloria y lo sumergirán en la desgracia, Nixon murió dos décadas después de haber realizado su mayor contribución a la Historia: la apertura a China.
Junto a su tumba en Yorba Linda (California), una placa reza: “The greatest honor History can bestow is that of Peacemaker”. (“El mayor honor que la Historia puede otorgar es aquel de pacificador”).
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