
Uno de los emergentes estructurales de la Cuarta Revolución Industrial consiste en la digitalización de la vida humana, la cual permite que empecemos a desentrañar los alcances de nuestra condición digital.
Tal como afirma Juan Luis Suarez en el libro La Condición Digital (Trotta, 2023), la digitalización impulsa la traducción de todo lo que ya existía y el advenimiento de todo lo nuevo en términos de una ontología que crea, presenta, transporta y almacena la información mediante la combinación de bits. La digitalización no ocurre solo en dispositivos y sistemas ni opera exclusivamente en el ámbito de la información puesto que no existe una separación tajante entre la información digital y la realidad. En los procesos de digitalización la información digital es la realidad, por eso actualmente, la condición humana es condición digital.
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En los tiempos que corren mientras que las generaciones originariamente analógicas aprendieron o están aprendiendo cómo trasladar su vida de lo analógico a lo digital, las generaciones más jóvenes crecieron en un mundo digital. Los que nacimos en un mundo analógico habitamos una suerte de dualismo platónico montado en la oposición entre lo digital y lo analógico. Las jóvenes generaciones vivirán una realidad más neutra, principalmente digital, siempre que no existan “fricciones” entre la experiencia digital y la vida analógica. Fricción como sinónimo de la eliminación de toda resistencia u obstáculo entre la persona humana y el mundo digital con interfaces que hagan imperceptibles el tránsito de un mundo a otro, o bien, que le recuerden a la persona que se encuentra en el universo digital incitando al cerebro a salir de sus contornos. Por dicho motivo, una interfaz no es más que un buen lubricante que facilita el constante tránsito entre lo analógico y digital, el cual para poder cumplir la función de lubricante digital eficiente no debe percibirse.
El inexorable tránsito de la condición humana hacia la digitalidad pone en serios aprietos a las ciencias, los saberes, las disciplinas, las construcciones discursivas con una aceleración nunca vista en la historia de la humanidad. Uno de los campos donde se observa un fuerte impacto es la construcción de la subjetividad que, afincada en los moldes de lo analógico, recorre nuevos caminos en busca de un diseño distinto. Ámbito natural del desarrollo del psicoanálisis desde su nacimiento en un mundo analógico hasta este presente digital
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El principio del siglo XX asistió a una de las más notables rupturas epistemológicas de la historia de la ciencia contemporánea. En el año 1900 Sigmund Freud publicó “La interpretación de los sueños” y en el año 1904 expuso en la conferencia “Sobre psicoterapia” una descripción avanzada y completa del método psicoanalítico. La presencia del inconsciente como representaciones que no percibimos, pero cuya existencia estamos en condiciones de afirmar basándonos en indicios y pruebas de otro orden. Posteriormente, Jacques Lacan realizó una relectura de la obra de Freud y formuló como principio fundamental: “El inconsciente es un saber estructurado como un lenguaje”, que responde a una cadena de significantes relacionados entre sí a partir de la aparición de un síntoma más allá de la voluntad de la persona.
La aparición del inconsciente produjo una notable ruptura epistemológica al develar la presencia de un decir oculto más allá de los dichos conscientes. Provocó y sigue provocando el rechazo emergente de la dificultad de aceptar que las personas dicen más de lo que saben que dicen y que ese “decir adicional” no es un accidente que afecta sólo a algunas personas, sino un rasgo estructural, del cual se deduce que algo de lo dicho es por cuenta de “otra escena”.
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La práctica psicoanalítica se centra en la idea de que el espacio analítico ofrece la posibilidad de adquirir conciencia de nuestros fantasmas y conflictos reprimidos para sacar a la luz valores que hasta entonces han sido ignorados o aceptados como verdades ineludibles, y a partir de allí, poder interrogarnos sobre nuestras creencias religiosas, políticas, éticas, estéticas, así como la elección y prácticas sexuales. Su interés está dirigido al límite con el cual el lenguaje tropieza mediante un acto involuntario producido más allá de toda intencionalidad y saber consciente.
En la era analógica la presencia inesperada del inconsciente en nuestras vidas se manifestó a través de los sueños, los fallidos, los chistes, las repeticiones sin sentido, etc. La llegada de la digitalización de la vida humana comenzó a diseñar un inconsciente donde habitan trazos analógicos junto a surcos digitales.
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En muchas ocasiones, existen grandes diferencias entre cómo un sujeto se percibe en los decires analógicos y los recorridos que realiza en su condición digital. Las huellas que dejamos cuando habitamos en internet son reveladoras. Cuando alguien busca información, a la vez, genera información. El cuándo y el dónde se buscan hechos, citas, chistes, lugares, nombres, cosas o ayuda integran el campo del inconsciente en relación a los deseos, pensamientos y temores de la persona. Existen diversas herramientas tecnológicas que permiten bucear en los entramados digitales de las personas y una ciencia –la de datos- analizarlos.
En la actualidad, las representaciones que no percibimos provienen tanto del lenguaje producido en clave analógica como en forma digital. Una suerte de inconsciente mixto atravesado por la tecnología, cuya presencia no puede pasar desapercibida para el psicoanálisis, si pretende seguir ofreciendo un espacio donde las personas puedan descubrir la verdad de un deseo hasta ese momento ignorado.
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