
Todo parece indicar que el mejor escenario al que puede aspirar este Gobierno es el de transitar el resto de su mandato al borde del precipicio. Caer en él significaría una crisis política y económica con un impacto incalculable sobre la estabilidad institucional del país. El Gobierno no tiene tiempo, ni coherencia, ni convicciones como para construir un programa que permita comenzar a transitar una salida a la crisis en la que estamos sumergidos y es por eso que todas las decisiones políticas y económicas tratan de sostener el peligroso equilibrio que significa caminar al lado del abismo.
Ahora bien, en las últimas semanas, comienzan a darse algunos movimientos que hay que seguir con cuidado porque podrían estar “avisando” que el mencionado equilibrio está amenazado. En primer lugar, el kirchnerismo a través de Máximo Kirchner cuestionó el Acuerdo con el Fondo Monetario Internacional que ha sido el salvavidas al cual se aferró el Gobierno para ir “tirando para adelante” la crisis económica. El ministro Sergio Massa había contado con el silencio de esa fracción del oficialismo, pero esta propuesta pudiera ser un primer movimiento en sentido contrario.
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El reciente documento de Juntos por el Cambio reclamando al Gobierno respecto al peligro de seguir incrementando la deuda en pesos y la bomba de tiempo que ésta administración le está dejando al próximo gobierno, también ha sido, en segundo lugar, un cambio importantísimo en el “microclima” de la política argentina. Hasta el momento la oposición no había sino “colaborado” con la fracción más “promercados” del Gobierno. Dando quórum y votos en el Congreso para aprobar el Acuerdo con el FMI pese a la defección del kirchnerismo y llamándose a silencio a partir de allí.
El reclamo de JXC cambia ese escenario y todo indica, entonces, que de aquí en más la oposición tendrá una actitud mucho más exigente sobre el laissez faire del que ha disfrutado hasta ahora la conducción económica. Frente a esto el Massa solo fue defendido por su subalterno, el viceministro Gabriel Rubinstein.
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En los últimos días el Presidente ha decidido convocar a una Mesa Política para analizar la estrategia electoral del Peronismo. Obviamente no era esto lo que le estaba pidiendo el kirchnerismo cuando le reclamaba una mesa política para discutir la gestión misma del gobierno de aquí a las elecciones. Esta picardía del Presidente no ha tenido una buena acogida en los Gobiernos provinciales que están entrando en pocas semanas en sus procesos electorales y es bastante incierto el rumbo que tomará si es que se concreta. En tercer lugar, entonces, vemos este movimiento donde el Presidente pretende que participen, el kirchnerismo, Gobernadores, Intendentes, sindicatos, y movimientos sociales, pero no queda claro que pueda salir de ahí.
Por último, es necesario analizar lo que puede ocurrir con el putsch que el kirchnerismo ha lanzado contra la Justicia. Por ahora la ofensiva se ha concentrado en el Juicio Político a la Corte Suprema, desde la Comisión de Juicio Político de la Cámara de Diputados. La oposición y los medios de comunicación le han quitado importancia a esta movida, aduciendo que no podrá llevarse exitosamente al recinto, porque no tienen los votos necesarios. No habría que descartar, sin embargo, que el Gobierno busque otros caminos, institucionalmente muy discutibles para “lastimar” a la Corte y así relanzar su ataque al Poder Judicial antes de conocerse los fundamentos de la condena a Cristina Fernández de Kirchner en el Juicio de Vialidad y el fallo de Casación respecto al llamado a Juicio Oral de las causas de Hotesur, Los Sauces y Memorándum con Irán.
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En resumidas cuentas, estamos demasiado cerca de las elecciones como para suponer que se podrá sostener un status quo como el que se ha mantenido desde julio del 2022, son demasiado profundos los desacuerdos políticos y tanto más frágiles los equilibrios económicos. Nos esperan tiempos difíciles.
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