
El 2 de febrero de 1943, hace 80 años, el Mariscal Von Paulus, jefe del ejército alemán, firmaba la capitulación incondicional ante el mariscal soviético Zhukov. Stalingrado había resistido durante 200 días y había ganado la batalla mas sangrienta de la segunda Guerra Mundial. Del lado alemán, habían muerto mas de 800.000 soldados. Del lado ruso, un millón y medio, entre militares y civiles. La ciudad era una montaña de escombros y hierros retorcidos.
El 23 de agosto de 1942 los nazis habían lanzado la “Operación Barbarroja”, por la cual iniciaron, a sangre y fuego, la ocupación del territorio soviético. Violaban así el pacto Ribentrop-Molotov de no agresión entre el Reich Alemán y la URRSS, que les había permitido repartirse el territorio polaco por partes iguales en septiempre de 1939.
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A partir de la derrota de Stalingrado, el poder nazi se desmoronó y empezó el camino hacia su definitiva derrota, cuando el 16 de abril de 1945. Los tanques rusos entraron en Berlín.
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La más que varias veces centenaria relación amor-odio entre Rusos y Alemanes comenzaría un nuevo ciclo: la partición de Alemania en dos -una occidental y otra oriental- el Muro de Berlin -construido en 1961-, la propuesta alemana de construir un nuevo vínculo a través de la llamada “Ostpolitik” - mirando al Este, en los 70′s - la reunificación Alemana en 1989, la diisolucion de la URRSS en 1991 y el largo proceso de reconciliación durante los gobiernos de Gorbachov, Yeltsin y Putin, en lo que parecia un camino hacia la democracia en Rusia y su incorporacion definitiva a Europa.
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Putin gozó del apoyo de la Unión Europea -que aceptó de buen grado la dependencia del gas ruso- y de los Estados Unidos - consideraban que debían jugar al ajedrez, al mismo tiempo, con el oso ruso y el dragón chino.
En los últimos 10 años de sus 20 en la cima del poder, Putín fue desmoronando las imperfectas instituciones democráticas rusas, sustituyendolas por una creciente autocracia ejercida con mano de hierro, ante un mundo occidental que miraba para otro lado frente a sus “excentricidades” -creciente dictadura interna, concentración del poder económico en manos de un grupo de secuaces del “sector privado”, cárcel y ejecuciones internas y envío de cartas envenenadas a sus rivales en en el exilio.
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Esta historia no podía terminar bien.
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Después de varias aventuras expansionistas, que fueron consentidas por occidente - control de Georgia y Bielorrusia, Chechenia, Crimea - Putin decide embarcarse en una aventura decisiva: el 24 de febrero de 2022 invade Ucrania, con el argumento de apoyar las zonas de mayoría pro-rusa y defenderlas de los “ataques del gobierno nazi” con capital en Kiev.
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El resto es historia conocida.
Mas de 13 millones de refugiados y desplazados ucranianos, mas de 150.000 muertos de ambos bandos, y una batalla que ya lleva el triple que lo que duró Stalingrado.
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Polonia, los países bálticos, Finlandia y Suecia, sienten el miedo de una posible expansion de la guerra, el mundo padece las consecuencias de los aumentos en los combustibles y los alimentos (con una duplicación de la inflación en el ultimo año) y, como si todo esto fuera poco, la permanente amenaza rusa de utilizar armamento nuclear.
Pero Ucrania es para Putín lo que Stalingrado fue para Hitler. El comienzo del fin.
La segunda Guerra Mundial duraría todavía dos años despues de la caída de Stalingrado, pero el destino del mundo estaba sellado.
Las grandes naciones - Estados Unidos y China - así como las crecientes regiones - la Unión Europea, Asia, la zona indo pacífica, Mercosur - deben seguir perfeccionando los mecanismos de gobernabilidad sostenida y sustentable para derrotar la pobreza y el narco terrorismo, así como la defensa del medio ambiente. Ya llegará el momento de recibir con los brazos abiertos a la nación Rusa.
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Lo importante es entender, como lo hicieron los EEUU, Europa y la URRSS entre 1941 y 1945, que no se podían abrir “otros frentes” frente a la amenaza nazi. Hacer lo contrario, sería caer en una peligrosa anarquía de consecuencias inmedibles.
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