
El amor nace del recuerdo. Somos el resultado de miles de historias de amor. El fruto de generaciones de esperanzas y sueños de amor. Y todas ellas hablan y viven a través de nuestra propia forma de amar. La manera en que hemos sido amados, se traduce de manera inevitable en cada una de nuestras decisiones. El amor de nuestros padres, el de nuestra infancia, el de nuestra historia, se hace exégesis en nuestros labios, en nuestra propia forma de amar. El amor que llevamos en la piel y la memoria lo interpretamos a la luz de nuestras propias experiencias, éxitos y fracasos. Así es, como el amor nace del recuerdo.
El amor nace del recuerdo. Vive de la inteligencia y muere por el olvido.
A veces el amor más que de corazón, exige de razón. Espera no sólo de pasión, sino de imaginación. El amor para vivir reclama creatividad y entendimiento. El romance puede hacerse eterno sólo con dosis precisas de reflexión, agudeza e intuición. El amor vive para siempre si aprendemos a amar con sabiduría.
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Por último, muere sólo si olvidamos. Si olvidamos las promesas y los compromisos. Si olvidamos invertir en un amor maduro. Cuando la memoria elige recordar sólo los quiebres y no las certezas. Cuando olvidamos decidir en función de los mañanas que soñamos alguna vez. El amor muere cuando olvidamos el sentido y el porqué de ese amor.
El texto de la Torá de esta semana nos cuenta acerca de dos historias de amor. Dramáticamente diferentes. Son las historias del tercero de los patriarcas, Iaakov, y las dos mujeres con quien compartirá su vida. Estas dos historias se suman a las otras dos historias de amor de los primeros patriarcas. Cada una de ellas, nace desde otro recuerdo. Como si el texto quisiera intencionalmente mostrarnos que no hay una sola manera de encontrar a la otra mitad del alma.
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El primer patriarca Abraham, se casa con Sara. Sara era su sobrina, la hija de un hermano de Abraham que muere muy joven. El texto nos recuerda que se llevaban 10 años. Por lo que Abraham y Sara son de esos amores que se conocen de toda la vida. De niños ya jugaban en el jardín de su casa. Un amor que se sabe desde siempre, de esos que se construyen con los años. El uno para el otro desde el comienzo mismo.
La historia de Itzjak, el hijo de ambos y segundo patriarca de Israel, es totalmente distinta. Su padre, tal como era el mandato tradicional de la época, envía a buscarle una esposa para él desde una ciudad lejanísima, que tenga que ver con su parentela. Itzjak nunca había conocido a Rivka. Su matrimonio había sido arreglado, pero una tarde de desierto se encontraron en la mirada para no volverse a separar.
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El hijo de ellos Iaakov, es el protagonista como dijimos, de las dos últimas historias de amor. Se casa primero con Lea, en una noche de engaños donde su suegro prácticamente lo obliga a desposarla. Más tarde se casa con Rajel en una de las historias de romance más hermosas de la Biblia. Iaakov la ve, corre a su encuentro, y a la vera de un manantial llora de amor por ella. Trabajará años con tal de poder concretar sus sueños de una vida juntos. Es uno de los relatos más tiernos y románticos de todo el libro.
La Torá nos muestra cuatro parejas, con cuatro historias de encuentro diametralmente diferentes. Casi deslizando que la manera en que nace el amor, es desde el recorrido particular de cada relato propio. Que no hay una sola manera de encontrar a nuestro bashert, nuestra alma gemela. Pero que sin dudas es la inteligencia la que transforma al amor en algo vivo, en esa herramienta todopoderosa que le entrega sentido al tiempo.
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¿De qué manera descubrimos y encontramos el amor? Sólo el destino, los místicos y los recuerdos de la historias propias pueden saberlo. Pero de qué manera lo cargamos de sentido y de vida, es nuestra convicción para hacerlo crecer y madurar desde la inteligencia emocional.
El amor vive de la inteligencia. La inteligencia que comprende que así como el mundo cambia, la sociedad cambia, el clima, las amistades, la política, la salud del cuerpo y las búsquedas cambian, también el amor debe aprender a cambiar. Esos amores que como el de los patriarcas duran milenios, es el que aprende a vivir inteligentemente el cambio. Cambiar hacia un amor maduro, un amor sabio. Un amor que recuerde bien. Un amor que hace del romance, un amor real.
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Amigos queridos. Amigos todos.
El amor vive en el tiempo y el espacio.
Podemos cruzar el tiempo, aprendiendo a amar bien. A amar mejor. A amar más alto.
Y podemos entender el espacio cuando encontramos finalmente nuestro lugar en el mundo. Ese lugar donde descubrimos el paraíso.
Porque el amor sabio es el que nos hace sentir, como la primera vez, en el Jardín del Edén.
Ya lo decía Mark Twain: “Para Adán, el paraíso era ese lugar en donde estaba Eva”.
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