
En el año 2015 el relevante politólogo americano Graham Allison, con una perspectiva histórica y global, adjudicó a lo que llamó la “trampa de Tucidides”, la relativa alta probabilidad de una posible próxima “guerra” (en las todas las diversas modalidades, actuales y futuras, que pudiesen resultar) entre los EEUU y la ascendente China comunista. Lo hacía recordando que el referido historiador griego Tucidides en su “Historia de la guerra del Peloponeso”, adjudicó el conflicto bélico entre Atenas y Esparta a un postulado que indicaría que un poder militar y económico en ascenso siempre terminara rivalizando frontalmente con un poder gobernante; por ejemplo, tal como también lo hizo Alemania con el Reino Unido hace poco más de un siglo.
Rápidamente, el presidente de China, Xi Jinping, le replicó y sostuvo que “no hay en el mundo actual tal cosa como la llamada trampa de Tucidides”; pero inmediatamente también aclaró que “si los países repiten, una y otra vez, los mismos errores pueden crearse tales trampas a sí mismos”. La referencia geopolítica y estratégica internacional resultaría válida para el ya agobiante caso argentino, en el que desde la política doméstica se presentan siempre, algunas veces con las figuras de “laberintos”, de los que siempre se propone mágicamente el facilísimo “salir por arriba” y otras, las más, con las figuras de diversas “trampas”, e incluso llamando a algunas de ellas como “maldiciones”, ya sea se trate de la de los ingresos medios, de la pobreza, de los recursos naturales, de la desconfianza, del subdesarrollo sostenible, etc., todas consideradas como inexorables y perversos mecanismos exógenos a superar y, muy pocas veces, como las construcciones internas propias, como realmente lo son.
Todas estas “trampas” han sido ya muy bien descriptas por numerosos diagnósticos, tanto desde la política como desde la economía y de sus biunívocas inter actuaciones. El proceso estructural de su formato, a modo de una serie de diversas componentes de una quizás única “gran trampa argentina”, podría ser el siguiente: el gasto público argentino agregado, esto es el nacional, el provincial y el municipal, además de ser ejecutados casi siempre “pro ciclo económico” (y auto anularse en su necesaria capacidad de ser “contra ciclo”, una de las positivas características señaladas por Keynes del gasto público) resulta también siempre de una cuantía creciente en términos reales.
Así, alrededor de 2/3 partes de la composición del gasto público argentino son salarios sin ninguna conexión con su productividad económica ni social, son también insumos siempre más caros, más cantidad de jubilaciones in equitativas, más subsidios a la oferta de servicios y de bienes privados, que distorsionan gravemente a esos mercados, más planes sociales sin las simultáneas obligaciones de salud (vacunaciones) ni de educación (asistencia a las escuelas). De tal forma, quedaría solo 1/3 del gasto público destinado a las obras y a los servicios públicos, que justamente es otro principal rol del estado pues estos son complementarios de la producción de los bienes y servicios privados, descuidando así 2 de las principales finalidades positivas del estado.
Además, la referida excesiva cuantía del gasto público agregado, que ya resulta de más del 40% del PIB, desplaza del crédito, tanto interno como externo, al sector privado. Este creciente gasto público precisa así de cada vez más ingresos públicos, o sea de más presión fiscal al sector privado formal, quitándole recursos a este para ahorrar, invertir y generar empleos privados. Así, precariza el empleo y se genera un estancamiento económico prolongado, situación a la que, a su vez, siempre se responde con los controles de los precios y los inevitables racionamientos de las cantidades, los llamados “cepos”. El resultado de los últimos años es que nuestro país tiene actualmente el mismo PIB de hace alrededor de 1 década, o sea un PIB por habitante más de -12% inferior al de hace más de 10 años.
Incluso en esta fase ya avanzada del proceso de construcción de “la gran trampa argentina”, cuando la presión fiscal alcanza a los límites máximos de la tolerancia de los factores productivos privados formales, nunca se retorna a la mesura, sino que la reacción de la política doméstica es impulsar el consumo interno con aún más gasto público, financiado con emisión monetaria. A la irresponsabilidad fiscal se le suma de inmediato la irresponsabilidad monetaria. Esta mayor “ingesta” generalmente es correspondida por aún “más apetito” de gasto público desde una importante porción de la sociedad, allí no operan las características biológicas defensivas del “empacho”, la gula pública siempre puede más en este caso.
Se avanza entonces a las siguientes fases del proceso de la decadencia continúa y progresiva. Se incurre siempre en un aún mayor endeudamiento público, tanto externo como interno, y de más emisión monetaria en excesos y surge ahora también la irresponsabilidad “cuasi fiscal”, con la transformación de parte de los excesivos pasivos no remunerados (el dinero circulante) en pasivos remunerados (las letras de liquidez del Banco Central y los títulos del Tesoro nacional). Aquí es donde ya es necesario operar con la “represión económica” de cada vez más regulaciones, siempre acompañadas de las continuas alquimias de los diversos tipos de cambio de las divisas.
Ya inmersos en los contextos de una muy alta inflación, de una creciente recesión económica, del surgimiento de la puja distributiva entre los diferentes sectores, de las expectativas negativas y con la calidad institucional demolida, surge muy tardíamente la fase de los parciales reconocimientos de “la trampa ya construida” y de la necesidad de su “desarmado”. Pero ya se construyeron las rígidas estructuras económicas improductivas e ineficientes que, pese a que afectan la viabilidad del crecimiento económico del país, aún se defienden. Al borde mismo del “abismo”, surge un muy tenue reconocimiento de las causas genuinas del estancamiento económico con la búsqueda del equilibrio fiscal.
Pero, la salida de las “inflaciones reprimidas” siempre son seguidas necesariamente de periodos de “inflación abierta”, por los necesarios re acomodamientos de los precios relativos, con la inflexibilidad a la baja de muchos de ellos. Es entonces cuando aparece la hipócrita fase de la intolerancia de la política a los razonables remedios a la excesiva “ingesta de gasto público” ya efectuada y surgen ahora las llamadas “soluciones heterodoxas”, corregir los muy graves desatinos cometidos sin costos para nadie, lideradas estas propuestas por los políticos que se transforman así en “alquimistas de la felicidad”, siguiendo el lema de la política doméstica de “transformación de la realidad” o del “arte de lo (im)posible”.
Se acepta, siempre solamente cuando se está en “los bordes de los precipicios”, además solo condicionalmente y cuando los márgenes o grados de libertad son mínimos, la necesidad del equilibrio fiscal pero “sin ajuste” del sector público, son los nuevos impuestos o las mayores tasas de gravámenes al sector privado productivo formal los que deben alcanzar el nuevo nivel de gasto público, la idea original se mantiene incolumne y la “gran noria argentina” se alista para un nuevo ciclo como el descripto, cuando algún mínimo renovado margen lo permita. Así las cosas, llamadas por sus nombres, solo nos quedaría el muy merecido honrar a Carlos Santiago Nino con su nombre, a modo de un “Tucidides de esta época”, a este formato de la “gran trampa argentina”, que tan bien describió en su obra: “un país al margen de ley, estudio de la anomia como componente del subdesarrollo argentino”.
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