El VAR y la caverna de Platón

Lo que se cobra a través de este sistema de video aplicado al fútbol resulta de la interpretación de imágenes de dudosa precisión. ¿Por qué? Es sencillo de explicar

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Los audios del VAR en el gol anulado a River ante Vélez por mano de Suárez

En un mundo donde el simulacro se constituye en realidad, el VAR no está exento.

Los que nos pasamos parte de nuestra vida en una isla de edición o en un control con diez o más cámaras sabemos que un ojo no avezado en la lectura de imágenes en movimiento, con sus respectivas ralentizaciones y pausas, puede equivocarse fácilmente en la lectura de la acción real que es filmada. La mayoría de las veces tendemos a equivocarnos por el solo hecho de que la realidad no es lo que se ve: está mediatizada digitalmente por el ángulo en que se ubican las cámaras, por el tipo de teleobjetivo utilizado y por la cantidad de cuadros por segundo con la que es filmada. Sin entrar en especificaciones técnicas, el tema principal es comprender que es imposible conocer verdaderamente los movimientos con la escasa e imprecisa información que les llega a los árbitros a través de la actual tecnología.

Dar en lo cierto en situaciones más finas es una tarea imposible hasta para los expertos, por un principio básico: lo que vemos en un monitor no es lo que realmente sucedió. Es apenas un registro. Por lo tanto, lo que se cobra a través del VAR resulta de la interpretación de imágenes de dudosa precisión.

¿Por qué? Es sencillo de explicar. Si el operador de video te congela la imagen en un cuadro determinado, la jugada puede “parecer” off side. Sin embargo, la misma imagen, desde otro ángulo y en el mismo cuadro, puede hacer “parecer” lo contrario. Si a esta decisión, se le suma el momento exacto en el que partió la pelota para cobrar una posición adelantada fina, con la precariedad del VAR, dictaminar “justicia” es una tarea utópica. Así como el avance tecnológico trajo más certidumbre en algunos aspectos del desarrollo humano, en el caso del fútbol vino a complicarlo todo porque su exactitud no está garantizada. Por lo tanto: se presta a muchas interpretaciones equivocadas.

Me cuesta comprender que, con el dinero que mueve el fútbol, no se hayan desarrollado instrumentos fiables para no tomar decisiones injustas. Pienso en la tecnología GPS que posee cualquiera en su celular, en la precisión de los instrumentos de navegación modernos y no puedo dejar de sorprenderme cuando veo a ese grupo de personas desconocidas, dentro de una isla de edición mirando monitores de video —en la misma cancha o a kilómetros de donde suceden los hechos— pensando que están tomando decisiones correctas. Con la obsoleta tecnología del VAR están expuestos a equivocarse feo, porque por ahora lo que pueden ver desde esa cueva no es otra cosa que “sombras de la realidad”. La pregunta es si preferimos que se equivoquen los árbitros como antes y mantener el espíritu histórico del juego, o desnaturalizar el fútbol con el VAR y aguantar el gol atragantado hasta que unos señores —varios minutos después y tras un largo diálogo al que no tenemos acceso— nos digan si finalmente podemos liberar el grito sagrado.

(*) Especialista en medios audiovisuales, ex director artístico de Telefe (2000-2010)

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