
Cómo pensamos y cómo concebimos un mundo justo va más allá de lo que tengamos en la entrepierna. Nadie le exige a Milei que se disculpe por el hecho de ser “hombre, rubio y de ojos celestes” o por sus genitales, como dijo, victimizándose. Reducirlo a eso sería minimizar la gravedad de sus expresiones de odio. El verdadero problema es el país que tiene en la cabeza y que quiere (re)construir, basado en la idea de la supremacía blanca; esa jerarquización de la sociedad que pone a los varones blancos por sobre las demás personas. Esa concepción no flota en el aire. Tuvo consecuencias materiales concretas: el Holocausto, las distintas formas de apartheid, las dictaduras, la tortura física a las personas homosxuales, y hasta a aquellas que escriben con la mano izquierda.
La semana pasada, un joven en Estados Unidos asesinó a 10 personas en Búfalo, en un barrio conocido por el alto porcentaje de población negra entre sus habitantes (11 de las 13 víctimas lo son). Las investigaciones arrojaron que el asesino consumía contenidos basados en teorías conspirativas racistas y sobre supremacistas blancos, por lo que el crimen fue calificado como un “crimen de odio y un caso de violencia de extremismo racista”. Ante esto, el presidente Biden lo calificó como “terrorismo doméstico”, reconociendo que “el supremacismo blanco es un veneno”. De hecho, en los Estados Unidos, la violencia asociada al supremacismo blanco duplica la violencia motivada por otros extremismos.
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Pero la Argentina también conoce de expresiones de supremacismo blanco, producto de nuestro racismo estructural: ese veneno que se expande, como se expanden los discursos de odio en nuestras sociedades, no se limita a lo que unos políticos u otros proyectemos para las instituciones del Estado. Los discursos expresados por el diputado Milei se entretejen con el mayor repudio hacia el Estado: pretenden limitarlo, clausurarlo. Pero el Estado es la única forma que tiene la sociedad de equilibrar las desigualdades estructurales para garantizar así las mismas oportunidades para sus habitantes y una convivencia social en armonía, y en paz. Paz que no está garantizada si el Estado no se encarga de darle a cada quien la posibilidad de llevar adelante la vida que desea.
Las expresiones del diputado Milei no persiguen la libertad. Cerrar el Instituto contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo, o el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidades, es (re)establecer el supermacismo blanco, masculino y propietario. Lejos de la libertad, Milei pregona el autoritarismo de una única manera válida de ser. Todo cuadra en ese mismo esquema: un Estado clausurado, y una sociedad cautiva, dominada por unos pocos hombres blancos, para su propio beneficio, donde las grandes mayorías quedamos por fuera. Por eso es importante ir más allá de sus palabras y no solo repudiarlas, sino reflexionar sobre las consecuencias reales que tienen esos discursos de odio. Libertad es que la diferencia no se traduzca en desigualdad. Por eso, las cosas por su nombre: Milei no propone nada nuevo ni liberador. Plantea restituir el orden que, desde la Independencia, estas latitudes vienen contestando.
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