
1810. El mismo año en que el avance de Napoleón sobre la península ibérica expandía las ideas republicanas y esa ola llegaba a estas playas con la rebelión de Saavedra contra el virrey, en la Cámara de los Comunes de Londres tenía lugar un debate sobre el aumento de los precios del pan y del oro, que en aquella época era lo que para nosotros es hoy el dólar. Según datos del progresista Galbraith, en 1798 el trigo en Inglaterra costaba seis chelines nueve peniques el bushel, mientras que en 1799 pasó a valer once chelines y al año siguiente, 16. La carrera alcista de los precios siguió en los años siguientes, castigando a los más pobres por el trigo y a los más ricos por el valor del oro (que también se disparaba) y eso motivó la reunión de los parlamentarios que crearon una comisión para analizar el alto precio del… oro. ¿Qué había pasado?
Para controlar a Napoleón, el primer ministro británico William Pitt no había parado de aumentar el gasto del gobierno. Primero había apretado a los directores del Banco de Inglaterra para que le dieran préstamos, luego había creado un impuesto a los patrimonios y en 1797 suspendió la convertibilidad entre los billetes del banco y el oro, para así poder imprimir más billetes que el oro del que disponía. Empezó Pitt poniendo en circulación unas monedas españolas que el gobierno había rapiñado, pero luego el banco empezó a imprimir nuevos billetes sin ton ni son. Ahí fue que aumentó el precio del trigo, del pan y del oro. ¿Había subido el oro o se habían depreciado los billetes? El comité de la Cámara de los Comunes concluyó que el oro había aumentado medido en billetes, por una emisión excesiva de billetes y recomendó ir en un período de transición de dos años a una nueva convertibilidad. No hay magia. En el mismo sentido, antes de dejar el Senado, propuse un proyecto de creación de una nueva moneda, con un período de transición en el que su valor estaría atado al de varias monedas extranjeras, para luego volver a flotar libremente.
Pasaron unos años desde el debate inglés de 1810, y cuando nosotros entramos en guerra con el Brasil, el gobierno nacional de Rivadavia también previó la suspensión de la convertibilidad en oro de los billetes de la Provincia de Buenos Aires y para que fueran aceptados por la gente, les dio a esos billetes la garantía de la Nación. Pero al menos Rivadavia tomó la precaución de agregar en su proyecto de ley que no se emitirían más que los muchos que ya existían.
Poco antes de eso, en 1825, el Congreso General Constituyente en el que participaban Laprida, Gorriti, Agüero, Frías y Vélez Sarsfield, entre otros, trató un proyecto del gobierno nacional del general Las Heras sobre deuda. Los mismos temas nos persiguen y nos mantienen enredados por una cuestión muy sencilla: en 1825, como ahora, no se puede gastar siempre más de lo que se tiene. Como decía Las Heras, el general del ejército de San Martín y de la independencia americana, la deuda es hija del déficit y había que endeudarse para pagar el déficit de las primeras etapas del gobierno nacional, “hasta que por un aumento progresivo de la riqueza pública puedan formarse rentas que igualen los gastos ordinarios, y acelerar la producción por la introducción de nuevos capitales, aumentando la materia imponible, en vez de multiplicar impuestos que disminuyan los capitales productivos que hoy posee la nación”. Para tener crédito, decía Las Heras, “es preciso empezar por pagar a sus acreedores” pues “el Estado que paga sus deudas se enriquece”, y agregaba que “para que el crédito crezca y el poder de contribuir se aumente, conviene mucho fomentar la actividad productiva de la industria, facilitando capitales.”
Como se ve, hay poco nuevo bajo el sol. Cientos de años después, necesitamos un programa de estabilización y crecimiento, bajando el gasto y los impuestos para aplicar capitales a la creación de nuevos puestos de trabajo. Como entonces, debemos recuperar la confianza en nosotros mismos y en nuestra capacidad de competir con nuestros productos en el mundo, porque de esa manera vamos a reconstruir la confianza en la Argentina como el territorio en el que nuestros hijos pueden progresar. Es la hora de apostar por las instituciones que dan previsibilidad a la inversión para crear trabajo y apostar a lo que nos hizo un país de grandes clases medias: la educación de calidad y la capacitación para el empleo.
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