China y Rusia: el muro de civilizaciones

La alianza plasmada en la extensa Declaración Conjunta es el resultado inevitable de los intereses comunes de sus líderes de perpetuar sus mandatos a través de regímenes autoritarios

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Vladimir Putin visitó Beijing en
Vladimir Putin visitó Beijing en ocasión de los Juegos Olímpicos de Invierno (Aleksey Druzhinin/Kremlin via REUTERS)

La extensa Declaración Conjunta de Xi Jinping y Vladimir Putin, en ocasión de la visita a Beijing para participar de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Invierno, contiene una detallada agenda de cooperación, una visión sobre el escenario mundial y una férrea defensa de sus sistemas de gobierno. La Declaración exterioriza la consolidación de una coalición entre los dos países sin precedentes. En el apartado IV se señala que la nueva relación interestatal entre ambos es superior a cualquier alianza política y militar de la Guerra Fría y que la amistad entre los dos Estados no tendrá límites ni áreas de cooperación prohibidas, abriendo un panorama amplio para solidificar el acercamiento.

La defensa del sistema de gobierno ocupa una parte central del documento. El Apartado I expresa que ambos países tienen una “larga tradición de democracia basada en mil años de experiencia de desarrollo, amplio apoyo popular y consideración de las necesidades e intereses de sus ciudadanos”. El escrito reafirma el derecho de cada Nación a elegir la forma de democracia que mejor se adapte a su Estado basado en su sistema político y social, antecedentes históricos, tradición y características de su cultura.

El argumento para defender la existencia de diferentes formas de democracia es esgrimido también para los derechos humanos, al sostener que la naturaleza universal de esos principios deben verse a través del prisma de la real situación en cada país y que deben protegerse según la situación específica de cada uno y las necesidades de su población.

Los párrafos del Apartado I constituyen una defensa de la existencia de diferentes formas de democracia y derechos humanos en comparación con los criterios vigentes en occidente. Párrafos más adelante repite que debe abandonarse el enfoque ideológico y respetar la “soberanía, seguridad e intereses de otros países, la diversidad de las civilizaciones, y los antecedentes culturales e históricos”. Esta visión, cada día más aceptada, de construir muros entre las civilizaciones sirve para justificar las violaciones a los derechos humanos y rechazar la democracia representativa. El teórico más conocido de estas reflexiones es Alexander Dugin, quien también recorre América Latina con bastante éxito instando a crear una sociedad basada en su tradición indígena rechazando las formas impuestas por la colonización europea.

La referencia a la extensa tradición democrática y el amplio apoyo popular pareciera descartar los motivos que aún se esgrimen sobre los mil años de regímenes opresivos que justificaron en su momento la Revolución de Octubre y la proclamación de la República Popular China. Pero más llamativo aún es la afirmación de que la Nación es la que elige la forma de gobierno que más se adapte a su Estado. Esta definición trastoca el orden porque el Estado debería surgir de la voluntad de pueblo, donde reside la soberanía para la elección de la forma de gobierno.

No es de extrañar que tratándose de Putin y Xi, con poder para cambiar constituciones e instituciones, se arroguen el derecho de definir las características de la democracia o derechos humanos que mejor se adapten a sus países o expresándolo en otras palabras los rasgos que le permitan perpetuarse en el poder sin que intervenga en ninguno de los dos casos el libre ejercicio de la soberanía popular. Muchas son las referencias al “pueblo” o consentimiento de los ciudadanos, pero pareciera que siempre recurren a la tercerización de la voluntad popular para asegurarse los resultados.

Muchos afirman que Joe Biden cometió un error al no condescender a Vladimir Putin y darle un trato preferencial para evitar el acercamiento con China. Sin embargo, la alianza plasmada en la Declaración Conjunta es el resultado inevitable de los intereses comunes de sus líderes de perpetuar sus mandatos a través de regímenes autoritarios y continuar con sus políticas de expansión para “quedar en la historia”, como suele suceder con todos aquéllos que se consideran imprescindibles.

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