
Desde hace semanas ya, la Federación Rusa ha estacionado amenazadoramente lo que luce como una inusual y enorme concentración de efectivos y pertrechos militares pesados en la cercanía de las fronteras de Ucrania.
La OTAN, los Estados Unidos y las principales potencias europeas siguen con muy visible preocupación lo que está sucediendo en ese lejano rincón del mundo, que ha tomado el aspecto de un verdadero y peligroso polvorín.
La fragilidad caracteriza al actual “status quo” y nadie descarta la eventualidad de un nuevo zarpazo militar ruso, a la manera de lo ya sucedido en la península de Crimea.
El conflicto en Ucrania, que aún luce en estado “híbrido”, puede de pronto escalar rápidamente y transformarse en una explosión de consecuencias impredecibles.
Las conversaciones mantenidas con una obvia sensación de urgencia entre los líderes rusos y los países occidentales no han logrado avances significativos de ningún tipo. La sensación prevaleciente es, entonces, que una sola e inesperada chispa puede, de pronto, encender un incendio bélico de grandes proporciones.
Para la Argentina que, cabe admitir, hoy es bastante intrascendente ante el mundo, que la ve apenas como una incorregible incumplidora en materia de deuda externa, empeñada en no bajar jamás su gigantesco gasto público y en vivir, cual malcriado, siempre más allá de sus posibilidades reales, lo que sucede en torno a Ucrania es, sin embargo, bien serio.
Primero, porque el mundo, con muy buenas razones, no descuenta ya el alineamiento automático argentino con Occidente. Nosotros tampoco. Puede, o no, ocurrir.
La inepta administración del presidente Alberto Fernández parece haber generado ya muchísima desconfianza en el exterior, con sus dobles discursos y con su constante falta de claridad en materia de objetivos y definiciones centrales.
Segundo, porque resulta entonces casi imposible tratar de predecir, más o menos acertadamente, hacia donde finalmente apuntará la actual administración de la Argentina, si eventualmente estalla un conflicto militar importante en Ucrania. Y qué es lo que nuestro muy poco idóneo gobierno nacional intentará hacer, eventualmente.
Algunos creen que simplemente “mirará para otro lado”, tratando de no involucrarse en modo alguno. Como ha sucedido ya muchas veces. Haciéndose, una vez más, “el sota”.
Ocurre que su posición no parece ser, en modo alguno, decisiva para el complejo conflicto ucraniano en particular, aunque pueda, de pronto, serlo para la extraviada actual política exterior argentina, en su conjunto.
Puede que así sea, finalmente. Pero es bien previsible que deberemos enfrentar presiones fuertes que nos llegarán desde China, Rusia y los EEUU, presumiblemente.
Si ello sucede, podríamos quizás asumir nuevamente la poco atractiva posición de “sepulcro blanqueado”, como está sucediendo hoy; perdiendo así aún algo más de la recortada influencia externa que aún nos queda.
Mal momento, queda visto. Que, sin embargo, puede obligar a nuestras autoridades a sacarse los antifaces y actuar sin disimulos ni excusas que puedan eventualmente transformarse en posiciones imposibles.
En otras palabras, a “sacarnos el antifaz” con el que, sin demasiada elegancia, tratamos hoy de confundir tanto a propios, como a extraños. Lográndolo, cabe admitir, con alguna frecuencia.
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