
La Constitución Nacional reconoce las libertades individuales y derechos de propiedad, así cada uno se dedique a lo que le conviene mejor sin imposiciones antojadizas. Derechos que sustentaron al espectacular desarrollo económico argentino, entre 1860 y 1920. En esos 60 años, se multiplicó la población por 6 y el PBI por 17. Una nación unida por reglas estables, sosteniendo una comunidad de intereses apoyada en la igualdad ante la ley y libertad de decidir actividades, sin trabas redundantes, con plena ocupación y oportunidades. La comunidad interesada en las reglas de coordinación comunes y estables para todos; nunca en los quehaceres particulares de cada uno.
Liberados de sufrir manipulaciones abusivas cada uno elige su propio camino. Igual que las reglas del tránsito vehicular, que no varían según el propósito de viajero. El tráfico sería caótico si las normas cambiaran según el motivo de cada viaje.
Sin embargo, y aunque parezca absurdo en el tránsito, los gobernantes ordenan que las actividades económicas sean las de su preferencia. Promocionan la industria y castigan las finanzas; subsidian al Estado y sus empresas, frente a los privados. Hasta los jueces en sus sentencias imponen preferencias propias por encima de la ley justa. Liberan a delincuentes sin considerar a las víctimas, ni avisarles las consecuencias a que las exponen. Nunca encuentran ni castigan a los causantes de importantes hechos de corrupción.
Los legisladores se suman al absurdo de imponer preferencias particulares en vez de perfeccionar el tratamiento igualitario ante la ley. De ahí, la arbitrariedad y variabilidad de las leyes, empujadas también por la estafa de la inflación, decisión de los gobernantes no contemplada por la Constitución.

Con el tiempo, nos convertimos en una sociedad donde la competencia es por complacer a los gobernantes, no por mejorar ingresos en igualdad de reglas. Nación anquilosada por normas tan arbitrarias y variables como las preferencias de los gobernantes. En el Estado prevalecen las simpatías personales de los jerarcas sobre la competencia de los aspirantes a los empleos.
Los gobiernos incentivan qué actividades proseguir, qué bienes comprar, ocupaciones tener, hasta qué medios de transporte e información utilizar. Subsidian y castigan a empresas, personas, según preferencias, con normas sesgadas. No importa sean eficaces. Diferencian impuestos, tipos de cambio, hasta determinan precios desiguales para el mismo bien, en regulaciones particulares del BCRA y mercados. Una cotización diferente para la moneda extranjera, según destino. $100 vale el dólar para pagar importaciones, inversiones, $200 para un viaje de placer y pagos no favorecidos.
Hasta hace poco competían distintas aerolíneas privadas, ahora prevalece Aerolíneas Argentinas, protegida de la competencia y subsidiada con unos 500 a 800 millones de dólares anuales, aunque faltan las divisas. Tanta escasez que ahora prohíben a los bancos otorgar créditos en pesos a privados para comprar pasajes al exterior.
A pesar de la penuria, los dólares son valorados de modo diferenciado por los gobernantes. Imponen fuertes retenciones a las exportaciones agropecuarias principales, limitan las de carnes y otras. Favorecen importaciones para las armadurías de bienes electrónicos en Tierra del Fuego.
Pérdida de competitividad
No debiera sorprender. La pérdida de competitividad por imponer actividades preferidas por funcionarios, en lugar de las eficaces, agrava la pobreza. La inflación fuerza cambios continuos de normas, recortando contratos en pesos. Restringen emplear la moneda preferida, el dólar, en transacciones con residentes locales.
Adam Smith, en su obra “La Riqueza de las Naciones”, explica que un operario calificado aislado producía un alfiler por día. Pero asociado con otros calificados cada uno producía 5.000 alfileres diarios. Modernizarse y competir multiplica los ingresos.
El progreso es consecuencia de aprender y organizarse buscando habilidades, derrumbando obstáculos redundantes a la competencia. Especializándose cada uno en lo que le resulte mas ventajoso, en todo el mundo. Finalmente, los más competitivos en suministrar bienes también son los más ávidos compradores. Los que venden mas, compran mas, ordena la partida doble de la contabilidad.
El comercio, donde cada individuo coincide en entregar bienes que necesita menos que los que adquiere de su contraparte, multiplica los ingresos y propiedades individuales. Las transacciones libres articulan entramados institucionales, inclusivos, que ningún particular podría haber diseñado. Por eso, los legisladores debieran ser muy precavidos cuando intentan modificar lo que no pueden comprender.
Competencia: habilidades particulares de los pueblos para satisfacer sus propias necesidades, comerciando entre sí y con el resto de la humanidad. El gráfico de los ingresos promedio por habitante (PBI/H) de cada país configura el boletín de las competencias nacionales. A mayores interferencias de los gobernantes, menores ingresos promedio.

La competitividad no está determinada por el tipo de cambio si no por las regulaciones que imponen trabas. Los países con PBI/H entre los USD 102.000 por año de Irlanda, y los USD 46.000 del Reino Unido generan la mitad del PBI mundial, con sólo 10% de la población del planeta. Las libertades individuales los distinguen de los demás.
Postulamos, con libertades plenas, todos los humanos competirían en igualdad de condiciones, sin trabas y sus ingresos promediarían valores similares. Pero sometidos a las imposiciones dominantes de funcionarios de cada país, los ingresos difieren.
La brecha entre el ingreso promedio de cualquier país y el de Irlanda refleja impedimentos arbitrarios. La diferencia entre los USD 100.000 anuales de Irlanda y los USD 10.000 anuales de la Argentina, marca el costo de las imposiciones caprichosas. Los argentinos multiplicarían sus ingresos por diez con las libertades individuales de los irlandeses. Desaparecería la pobreza.
Gobernantes: el país que queremos es el de la ley estable e igual para todos. No el de las ocupaciones regidas por funcionarios. Reclamamos la tierra de las libertades, no la de las imposiciones arbitrarias.
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